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¿España en la primera rueda? Tal vez no sea una mala idea

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 19 de noviembre de 2017

Cada cuatro años llega el Mundial y nos transforma. Es una competencia corta y cruel que concentra el interés hasta de los más indiferentes para convertirse en una cuestión social, incluso patriótica, y que vivimos con clima festivo desde mucho tiempo antes. Por eso, ya "estamos jugando" Rusia 2018, palpitando el sorteo de los grupos como si fuera más decisivo de lo que es.

Así lo viven también los jugadores, con idéntica expectativa. Los futbolistas también estamos pendientes de quién puede tocarte y cada uno tiene su lista en ese sentido. Me recuerdo mirando qué equipo podía complicarnos, a cuál no quería enfrentarme y esperando evitarlo al principio de la competencia. En definitiva, los que entramos en la cancha no somos ajenos a las generales de la ley: también preferimos a los rivales más accesibles, aun sabiendo que a medida que vayamos pasando de etapa iremos encontrándonos a los más fuertes.

Ante una competición como el Mundial, el futbolista argentino se prepara para jugar lo mejor posible y llegar lejos. En ese sentido, conocer el adversario del primer partido no condiciona el trabajo previo, pero todos sabemos que pasar la etapa de grupos y entrar en el cuadro final es la primera gran meta. No llena los bolsillos, pero anota un poroto y te quita un peso.

En estos días, el juego consiste en debatir de qué manera el bolillero favorecería más o menos a la selección. Si conviene eludir a un rival fuerte (España) en el grupo, o que nos toque para evitarlo en octavos de final. Mi opinión es que deberíamos mirar las cosas en sentido contrario, y que más allá del interés que puedan generar los primeros adversarios, deberíamos atender antes a las vivencias de los jugadores y a la definición de una identidad de equipo.

Me parece que por un lado no podemos soslayar la carga con la que algunos de los integrantes de esta generación encararán la competencia, porque estará presente desde el silbato inicial. Javier Mascherano ya anunció que será su despedida; varios más pueden sospechar que será la última vez, y todos llevan consigo la sensación de vacío, de haber defraudado la desesperación del hincha argentino por ganar un título. Son hombres experimentados, curtidos en estas lides, pero tendrán que demostrar un temple y una mentalidad muy especiales para que no les invada el comportamiento ni interfiera en el juego colectivo.

Y en cuanto al equipo, seamos claros: en este momento Argentina no integra el pack de favoritos. La reciente gira enseñó que todavía existen demasiados puntos vacíos, que se debe consolidar el estilo, aumentar la riqueza de variantes, aprender a jugar partidos adversos en los que el rival te supera.

La selección es un equipo que está naciendo mientras hay otros que llevan diez años con la misma pauta de juego, que tienen bien claro lo que quieren, cuál es su ideal global, y con sinceridad, no sé cuál es hoy el antídoto para combatir esa desventaja.

A la Argentina actual la complicarían tanto un equipo que ponga los once jugadores detrás de la pelota como otro que le discuta la vocación dominante y la pretensión de imponer las condiciones. En un caso por falta de funcionamiento y alternativas de ataque; en el otro, porque parece difícil resistir la pulseada ante conjuntos como España o Alemania que llevan el control de la pelota a su máxima expresión. Pero la única manera de medirlo es jugando, y admitiendo de antemano que el aprendizaje, lamentablemente, conlleva el dolor de la incertidumbre.

¿Entonces? ¿Con qué perspectivas nos asomamos al sorteo? Para mí, lo mejor quizá sea enfrentarse con España, para saber con exactitud dónde estamos, y a dos rivales más débiles ante los que para ganar pueda bastar un golpe de inspiración como el de Messi frente a Irán en Brasil.

La camiseta argentina tiene un peso, un reconocimiento. La historia -y algunas cuestiones del presente- sirven para que los demás digan cuidado, jugamos contra Argentina, contra Messi, contra Agüero, contra jugadores con orgullo y carácter competitivo suficientes para estar por encima de un montón de contingencias; la principal, no tener un buen equipo.

Empezar desde ahí es un capital, pero hay que saber cuidarlo y dotarlo de otros condimentos, que no necesariamente son la fantasía y el facilismo de creernos los mejores sólo por tener a Messi.

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