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Luis Novaresio: "Todo paciente que llega a análisis es un paciente que sufre. No soy una excepción. La pregunta es por qué es tan arduo el camino a la felicidad"

Lunes 20 de noviembre de 2017
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LA NACION
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Foto: LA NACION / Silvana Colombo

BIO

Profesión: periodista

Edad: 53 años

Reciente ganador del Martín Fierro de Oro a la actividad radial y del Premio Konex como uno de los cinco periodistas radiales de la última década. Conduce Novaresio 910 y los domingos es anfitrión en Debo decir, por América TV

Lo primero que llama la atención es la mirada: los ojos escrutadores e inmóviles, de una fijeza apenas interrumpida por un ocasional parpadeo, la invitación a una conversación franca o, quién sabe, la empalizada que alza aquél que busca protegerse de un desconocido que acaba de llegar a su vida con el afán de husmearla. El encuentro sucede en los jardines interiores de un edificio en Palermo. "Hay un barcito manso ahí dentro en el que se puede conversar muy bien", ha dicho el día anterior. Fatigado de los agobios y el movimiento electrizante de la televisión (donde los domingos conduce el ciclo Debo decir,por América TV), agradece el reposo.

Durante la charla, entrega respuestas no especialmente extensas. Esa sobriedad puede ser hija de un espíritu discreto o, más sencillamente, el celo de que quien teme caer en la trampa de un sabueso y terminar dando cuenta de su mundo interior más allá de lo recomendable. Sucede eso -el recato en la réplica, que viene acompañada de una mirada que sin ser hostil establece que hasta acá hemos llegado- cuando, por ejemplo, se le consulta sobre las razones que lo llevaron tardíamente al psicoanálisis o sobre sus sueños de paternidad. Hay que aguzar el oído si se quiere saber quién es este hombre que a los 53 años, con más de treinta de oficio sobre sus espaldas, condujo el primer debate presidencial en la Argentina, realizó la primera entrevista concedida por Cristina Kirchner antes de las últimas elecciones legislativas y acaba de alzarse con el Martín Fierro por su labor radial en Novaresio 910.

-Comencemos por tu casa. ¿Qué nos dice de vos?

-Tengo una casa en Rosario y otra, acá. Ambas tienen cosas en común: las dos son un loft (me acostumbré a vivir sin paredes), las dos tienen mucha luz, las dos tienen bibliotecas que hice con mis propias manos. Tengo la mitad de los libros en Buenos Aires y el resto, allá, y por supuesto cuando necesito alguno de ellos está en la biblioteca equivocada. Reynaldo Sietecase, que es rosarino como yo, suele sintetizar ese sentimiento con una expresión utilizada en los estudios de la televisión cuando se va al aire: Vamos que venimos. Son casas netas, básicas. Hay muchos libros, sí. Los estantes que están más a la mano tienen libros muy que son muy importantes para mí: por lo pronto, las obras completas de Borges, Cortázar y Bioy. Libros que alguna vez me impactaron por algo: el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa; la obra de Clarice Lispector, muchos libros de teatro que fue regalándome mi viejo. Al lado hay libros de una carrera frustrada y a cuyos autores he leído de manera muy anárquica: la filosofía. Ediciones de Sartre que compré siendo muy pibe y otros autores decisivos para mí. Mi viejo fue un inmigrante italiano, vino en 1948 desde Turín, pos segunda posguerra, y tenía una gran afición por el teatro. Siempre recuerdo el mismo cuento: el día en que mi padre me llevó al Club Italiano de Rosario y había sobre un escenario un grupo de gente haciendo La tinaja, de Pirandello. Desde entonces fui mucho al teatro, especialmente con él. Mi padre también está asociado a la música. Era un gran oyente de ópera, género que yo detestaba. Afortunadamente, antes de que muriera un domingo escuché una genialidad, quise saber de qué se trataba y él dijo bueno, finalmente, bienvenido, se llama María Callas. Escucho mucha ópera, voy a escuchar ópera. Yo tengo esa mirada trágica de la vida tan propia del melodrama italiano. Mi analista suele decirme que no es necesario subirse cada vez a la torre del Castel Sant'Angelo para suicidarse. [La alusión es al tercer acto de "Tosca", la ópera de Puccini.]

-¿Por qué decidiste estudiar Derecho?

-Ocurrió ni bien terminé el secundario. Yo quería ser periodista, particularmente quería hacer radio. En casa se escuchaba mucha radio y se leían los diarios, la nacion, especialmente. Mi abuelo les decía a cada uno de sus hijos que comprara un diario distinto para aprender el idioma. La lectura del diario fue un rito de iniciación del lenguaje: aprendieron el castellano leyéndolo. Cuando terminé la secundaria, en pleno proceso, la facultad de periodismo había sido degradada. Como buen hijo de inmigrantes, yo quería ir a la universidad. Quise seguir aquello que me presentara menos dificultades. Y así fue. Serás lo que debas ser o serás abogado. Pero lo que quería verdaderamente era trabajar en la radio. Para mí fue siempre el lugar donde contar historias. En aquella época las historias tenían un peso literario mayor. Además, la radio tenía la ventaja de que no tenía que exponerme físicamente. En el 90 me recibí de abogado y busqué una beca para escaparme un rato. Mi intención secreta era quedarme en Italia.

-Estudiaste allí un año. ¿Llegaste a tener un sentimiento de extranjería?

-Sí. Fui a estudiar a la universidad de Siena, una ciudad medieval que está entre las mejores conservadas de Europa y probablemente es de las más xenófobas. Ese sentimiento se sintetiza en la tradición del palio, una carrera de caballos que se hace en la plaza y enfrenta a las contradas de cada barrio. Italia era en ese tiempo xenófoba, tanto como ahora. Yo no luzco como un inmigrante latinoamericano y hablo italiano, pero en cuanto era descubierto comprendía en cierto modo el drama de los inmigrantes.

-El drama de los desplazados: Rosario-Buenos Aires.

-Todos los que venimos del interior tenemos siempre la ilusión de trabajar en Buenos Aires. A mi me trató muy bien esta ciudad, sigue pareciéndome increíble. Los porteños no toman nota de la ciudad que tienen. Como siempre he hecho ostentación de ser rosarino, no he tenido demasiados problemas con eso.

-¿Qué es Rosario?

-La familia. Mi familia de sangre y mi familia de adopción. Es una ciudad razonable, como decía el Negro Fontanarrosa. Muy vinculada con el río, abierta como su gente. Hay un vínculo de afecto muy fuerte entre las personas, de camaradería rosarina, son gente muy amable.

-¿Tu madre?

-Hija de piamonteses. Una ama de casa autodidacta, llena de curiosidad y con una voluntad feroz. Para ella era imposible que algo fuera que no. De mi viejo aprendí la rigurosidad y de mi vieja, la tenacidad.

-¿Qué recordás de los tres juntos?

-Soy hijo único. Recuerdo como buena cosa la charla en la mesa familiar. Es un recuerdo muy presente. Grandes charlas con grandes desacuerdos. No sólo en lo político. Disidencias en lo que fuera. Soy de una familia bastante gorila. Mi padre no lo era tanto, pero mi madre sí porque vivió en la escuela el peronismo y su padre también lo era. Mi padre no se manifestaba demasiado en ese sentido, pero creo que no se sentía demasiado cómodo con el peronismo.

-¿Esa "herencia" pesa de alguna manera en tu trabajo?

-Sí, por supuesto. Conscientemente, no; inconscientemente, supongo que sí. Siempre me defino como gorila, porque es un desprecio tan grande recibir ese mote que decidí pegarle la vuelta para neutralizar esa adjetivación y ver entonces cuáles son los argumentos que tiene quien lo dice.

-En medio de las confrontaciones entre periodistas que vienen ocurriendo, ¿qué gesto debiéramos tener quienes compartimos este oficio?

-Bajarnos del ego. Somos profundamente egocéntricos, vanidosos, frívolos; no podemos parar de mirarnos entre nosotros. El nivel de vanidad y dogmatismo es tremendo. Nos complica escuchar, aceptar al otro; lo descalificamos tan solo por su procedencia ideológica.

-¿Te sentís presa de eso?

-Sí, claro. A veces me doy cuenta de mi propia vanidad y superficialidad, sobre todo porque trabajo en la tele. La tele es la muestra exponencial de esa vanidad. Quizá en los últimos años haya crecido en los medios gráficos. La radio, en todo caso, sigue siendo una lugar de intimidad y argumentación. La grieta es la abdicación de nuestro oficio. Estamos obsesionados en quién argumenta y no en qué argumenta. Usamos una adjetivación delirante. Escribir me genera un sentido mayor de la responsabilidad. Reviso mucho el texto, siento que no puedo escribir cualquier cosa. La escritura obliga a ser más responsable.

-¿Escribís ficción?

-Escribo, pero no la muestro. El sueño es escribir una novela que sea traducida a cincuenta idiomas, claro; irme a vivir a la Costa Amalfitana y publicar un libro por año.

-¿Qué temas circulan en esos textos?

-Las historias de familia. En toda familia hay un cuento que merece ser contado. Me interesan esas voces íntimas, esas historias personales.

-¿Qué novela te hubiera gustado escribir?

-Libro del desasosiego, de Pessoa, y el cuento más atrapante, épico y divertido que se haya escrito jamás, que es El Quijote. Sigue siendo la gran aventura.

-Dijiste hace algún tiempo que sos más apolíneo que dionisíaco.

-He leído filosofía anárquicamente. Un día me cruce con esa interpretación de Nietzsche en un curso que daba José Pablo Feinmann en el Club Italiano y que terminó siendo el libro La filosofía y el barro de la historia. Apolo, el dios de la perfección y las divinas proporciones, y Dioniso, el Baco de los placeres. Está claro que no soy apolíneo en lo físico, pero vengo de la rigurosidad de mi padre. Soy más del deber que del placer.

-¿Hacés análisis?

-Sí, es una de las buenas cosas que me trajo Buenos Aires. Tardíamente.

-¿Qué preguntas te llevaron al consultorio?

-Juan David Nasio, que es psicoanalista y psiquiatra, lo dice muy bien en su último libro: todo paciente que llega al análisis es un paciente que sufre. No soy la excepción.

-Pensemos en dos o tres preguntas esenciales que te hiciste allí.

-Supongo que las que se hace todo el mundo. Por qué me duele una pérdida, por qué me duele un desamor. Y quizá algo más profundo: por qué el camino que conduce a la felicidad es tan complicado.

-¿Hubo muchas pérdidas?

-Uno tiende a comparar, y si comparo la mía con otras historias que he conocido debería decir que no. Pero sí las hubo. Tengo una familia muy pequeña; la rama paterna se quedó en Italia y la materna emigró en los 60 a los Estados Unidos. Es muy concentrado el vínculo, muy fuerte.

-Otra vez, la familia. ¿La paternidad es algo pendiente?

-Durante mucho tiempo fue una preocupación, un mandato. Sobre todo porque soy el último varón de mi apellido. Pero hoy es más una pregunta que un sueño.

Momentos: el placer de la conversación

Novaresio se caracteriza por sus dotes como conversador. En su carácter de entrevistador, cobró especial notoriedad cuando fue el primer elegido para entrevistar a la ex presidenta Cristina Kirchner antes de las últimas elecciones legislativas. ¿Cuál ha sido el entrevistado que más lo ha conmovido o deslumbrado en todo este tiempo?

"Los personajes menos notorios, que con muchísimas menos prevenciones que las que tienen los que tienen el hábito de las entrevistas te ubican en el centro de algo: la felicidad, la solidaridad. Si tengo que pensar en una entrevista soñada, quizá Maria Bethânia: adoro la música brasileña, y en particular a ella."

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