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"Las arcas están vacías, gobernador"

Gloria Casañas

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PARA LA NACION
Miércoles 22 de noviembre de 2017 • 00:24
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Las arcas están vacías. Era la frase que resaltaba en cada una de las cartas que respondían a su pedido. Salvo Mendoza, ninguna de las provincias requeridas parecía poseer bienes o tropa que ofrecer al gobernador de la Intendencia de Salta.

¿Se habrían diluido los ideales de Mayo? ¿Acaso estaban agotadas las fuerzas para sostener la gesta del Alto Perú?

¡Ah, es que su pedigüeñería se había vuelto incómoda para todos!

Güemes se atusó la barba, pensativo. Su fe no menguaba pese a la escasez de recursos de muchos y la remolonería de algunos. San Martín lo había honrado con su nombramiento, y en esa epopeya tenía puesto el corazón.

A la distancia, que todo lo emborrona, habría quienes creyesen ganada la revolución, y que había sonado la hora de ocuparse de asuntos personales, haciendas y negocios, pero don Martín Miguel era un hombre que no perdía el rastro del camino trazado.

Tomó la pluma y mojó en el tintero la respuesta que marcaría su rumbo:

"Todo me falta", escribió a O' Higgins con letra firme, "porque nada he podido conseguir de las Provincias Unidas pese a mis reclamos."

Mientras meditaba la frase siguiente y rumiaba la decisión que tomaría, advirtió en el patio una figura que apenas hacía sombra bajo el sol de la tarde.

La telerita lo esperaba con temor reverencial, apretando entre sus brazos morenos un fardo que le pesaba y mucho.

-Pasá.

La muchacha desplegó ante el gobernador su tesoro de mantas, bayetones y ponchos de lana de los valles calchaquíes. El humilde aporte de su pueblo, hundido entre los cerros. Güemes contuvo el aliento. Para muchos él era el tirano de Salta, un demonio; para otros el Tata Güemes, un protector. Y desde lo profundo de su provincia le llegaba justo ese día, como mensaje del destino, todo ese amor envuelto en frazadas.

Era poco, casi nada para las necesidades de sus desharrapados gauchos, pero la mirada anhelante de la joven le dictó la frase con que cerraría la carta recién empezada:

"Entre la miseria que vivimos y el triunfo que anhelamos, me decido a mandar la primera de las divisiones del Ejército de Observación a las órdenes del coronel Lanza, porque si hay que morir, morir por la patria será la gloria."

El sello de la gobernación coronó aquella decisión temeraria. Ya no habría vuelta atrás. Para su bien o para su mal, había hecho la jugada. En su corazón de quebracho, de savia densa y caliente, intuía que era lo correcto, lo que se esperaba de él. Jamás defraudaría la confianza que San Martín había demostrado tenerle.

-¿Y cómo te llamás? -le preguntó a la telera antes de despedirla.

-Trinidad, señor.

Aquel nombre encendió una mecha de anhelo y nostalgia en el gobernador. El mismo nombre de la mujer que le atrajo tantos odios como la vida política. Otras guerras, aunque no de lanzas, lo mantenían cautivo y tal vez lo mandaran al infierno un día.

Güemes suspiró.

-Andá, y decile a tu gente que no olvidaré este sacrificio.

Se quedó solo en el patio que atardecía, envuelto en el último sol y el trino del zorzal.

Morir por la patria, había escrito.

Y supo con fatal certeza que aquella frase se cumpliría

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