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Apuntes de viaje: la París de los escritores

Entre Hemingway y un café con Volatire, por qué la capital francesa es y será magnética.

Lunes 27 de noviembre de 2017 • 00:00
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LA NACION
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París, la ciudad de la luz
París, la ciudad de la luz. Foto: Archivo

"Siempre nos quedará París": desde la primera vez que vi Casablanca, en esos meses de la adolescencia en que tuve el berretín de formarme en cine clásico, la frase se convirtió en una curiosidad persistente. Muchas veces me pregunté por qué de tantas cosas, todas geniales, que dice Rick, esa es la que perdura en el inconsciente colectivo (la otra más repetida, "tócala de nuevo Sam", nunca se dice en la película). Pasa que "siempre nos quedará París" es una promesa de esperanza aun en lo más aciago de la vida: si de Ernest Hemingway aprendimos que París era una fiesta, y Enrique Vila-Matas nos enseñó que París no se acaba nunca, la ciudad en la que se puede ser muy pobre, pero muy feliz, deja la huella de una fantasía eterna que también es una herida: como decía el poeta John Ashbery, después de vivir en París, uno queda incapacitado para vivir en cualquier sitio, incluido París.

En un verano de París tomé un espresso en el café Procope, donde Voltaire tenía una mesa fija en la que bebía muchas de sus 80 tazas diarias (mesa que sirvió de altar improvisado para sus cenizas cuando su cortejo fúnebre se detuvo ahí de camino al cementerio), padecí las proverbiales puteadas de los taxistas, ofrecí mis mejores pasos en una fiesta del barrio Le Marais, comí una baguette sentado en el piso frente al centro Pompidou, compré una boina que todavía tengo, admiré la elegancia sin esfuerzo de los franceses y, como todos los turistas del mundo, hice horas de fila en la puerta del Louvre para confirmar una decepción mayor: el minúsculo tamaño de la Gioconda, escondida detrás de una lámina de vidrio. Como hago en todos los viajes, llevé un libro que me conectara con el lugar: París era una fiesta, en el que Hemingway me enseñó que nunca hay que salir de viaje con una persona a la que no se ame. En París, la belleza se vuelve intolerable: aunque un porteño mediopelo diga que "es igualita a Buenos Aires", los días que uno pasa allí solo adquieren sentido si admiten la posibilidad de un regreso, que siempre es un renacer. "Todo se acaba, pensé", escribe Vila-Matas en París no se acaba nunca, el diario de los años que pasó como estudiante en la Ciudad Luz: "Todo menos París, me digo ahora. Todo se acaba menos París, que no se acaba nunca, me acompaña siempre, me persigue, significa mi juventud. Vaya adonde vaya, viaja conmigo, es una fiesta que me sigue. Ya puede acabarse este verano, que se acabará. Ya puede hundirse el mundo, que se hundirá. Pero mi juventud, pero París no ha de acabarse nunca. Qué horror".

Siempre nos quedará París porque París nunca se acaba
Siempre nos quedará París porque París nunca se acaba. Foto: Brando / Nicolás Bolasini

Hemingway decía que uno recibía siempre algo a cambio de lo que allí dejaba. En París, uno deja su capacidad de asombro, que va de las fuentes a las gárgolas, y la mirada se encandila ante los mil tonos de lo dorado. Pero se queda con una promesa: volver para sentir una vez más la sensación de la vida en rosa, una fantasía que pone una nota de color aun en los días grises.

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