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Fueron amigos en la universidad, hasta que la vida los reencontró para un amor con final impensado

Una mujer del pasado, un matrimonio fallido y una historia de amor y dolor extremo

Señorita Heart

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PARA LA NACION
Viernes 24 de noviembre de 2017 • 00:43
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La primera vez que la vio fue a comienzos de los años 80. Por aquellos días, Pedro recién comenzaba la universidad y, ante él, emergía un nuevo mundo.

Entre tanta gente, ella recién se hizo visible hacia la segunda semana de clases, exactamente al otro extremo del aula. ¿Por qué le llamó su atención? No lo sabe. Algo tenía esa carita que lo atraía; sin embargo, no se dirigieron la palabra. Pedro tenía la esperanza de que se cruzaran, pero se complicaba: él era de los que llegaba tarde siempre y ella, todo lo contrario.

La fortuna le sonrió un par de meses después, cuando con un amigo que tenían en común, comenzó a cursar Análisis Matemático. Él los presentó y, desde entonces, fueron amigos inseparables. Las horas, se transformaron en días y años juntos; largas jornadas en donde compartieron muchas materias y bares, e incluso reuniones políticas en los días de la temprana democracia.

Aplazados por la vida

Pero la vida, que a veces no entiende de razones emocionales, comenzó a hacer su trabajo para separar una amistad inexorable. La urgencia por recibirse, los empleos, los noviazgos y, finalmente, el casamiento y los hijos, impactaron. Ya profesionales, y en tiempos donde no existían celulares, mail, whatsapp o redes sociales, los contactos se hicieron más esporádicos hasta languidecer por completo.

Con la existencia pasada borroneada, transcurrieron años y ríos de vida. Mucho tiempo sin noticias uno del otro; días y noches tormentosas en ambos caminos.

Ya muy pasado el cambio de siglo, en el año 2009, Pedro, un hombre acostumbrado a su rutina, recibió con mucho desagrado una noticia que lo obligaba a un cambio: la empresa para la cual trabajaba había decidido mudarse del centro porteño (tan cerca de su casa) a Vicente López. "Cuando todo está acomodado, la vida, que siempre juega con cartas marcadas, tiene una sorpresa que nos descoloca", explica hoy, convencido.

El reencuentro

En su nueva realidad, y para matar el tiempo en sus viajes en tren, Pedro comenzó a buscar viejos amigos o conocidos en Facebook. "¿Por qué no? A ella fue fácil hallarla y aún más enviarle un "Hola. ¿Sos vos?" para jugar con el tiempo y viajar a otros días. Respondió y para mi infinita sorpresa, vivía en Martínez. La vida es rara", reflexiona.

Quedaron en juntarse para almorzar; ese terminó siendo el primero de varios encuentros. Los amigos habían vuelto y se ponían al día. Ambos con un hijo cada uno, ella que se había separado y no podía reconciliarse con el amor y él, que seguía casado casi por costumbre, estaba en una etapa muy crítica, casi terminal de la pareja. Cada encuentro era diferente al anterior; y cada vez, resultaba más intenso. El contacto más allá de los almuerzos, y que ahora sí se sucedían por todos los medios disponibles, se volvió cada vez más frecuente. Con una excusa cualquiera, se encontraban siempre una vez más y, de a poco, las miradas dejaron de ser las del primer almuerzo.

"Entonces decidí jugar nuestra amistad de años y cederla a la magia de un beso casi adolescente, ese que tal vez nos debíamos, para cambiar el curso de esta historia. Así, decidimos dejar de ser amigos y comenzar a transitar una nueva vida juntos. La amistad dejaba paso al amor", cuenta Pedro con una sonrisa.

Lo que siguió fue un estado de felicidad mágico. Pedro ya había decidido su separación para estar y vivir con ella "porque no necesitábamos meses de noviazgo para conocernos, y porque cada uno encontró en el otro toda la pasión, la amistad y el amor que nunca habíamos experimentado. La vida nos besaba en la boca."

Un instante de felicidad

Un lunes desangelado de julio, ella fue al médico por una tos que no se le iba. El diagnóstico cayó como un rayo: cáncer de pulmón en un estado tan avanzado, que reducía las posibilidades de tratamiento. "Me lo contó inmediatamente y, sin soltarnos las manos, pasamos del amor más puro al amor rebelde, ese que le da pelea a todo lo que se pone enfrente, ese que dice: de ésta salimos juntos, porque nada ni nadie nos va a impedir nuestra felicidad", recuerda Pedro, conmovido.

Pero no pudo ser. La vida se propuso usar sus peores armas contra ellos y, 52 días después, una madrugada de domingo, se la llevó.

"Ahora estoy parado en el Puerto de Olivos, en el mismo lugar donde nuestra pasión de adultos adolescentes desbordaba el asiento trasero de mi auto. Estoy mirando el río y las lanchas en una tarde tibia, pero con el corazón destrozado y el alma ahogada en lágrimas; decido que no tengo otra elección, porque siento que me robaron el futuro y eso no deja muchos caminos. Sólo uno. Seguir."

¡Dios mío! ¡Un instante de felicidad! Pero ¿acaso no es eso suficiente para toda una vida humana? (Noches blancas - Fiódor Dostoievski)

Si querés que la Señorita Heart cuente tu historia de amor en sus columnas, escribile a corazones@lanacion.com.ar

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