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La última de las estrellas modernistas

Viernes 24 de noviembre de 2017
PARA LA NACION
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En "The Gate", uno de los adelantos de Utopia, el décimo álbum de Björk, vemos a la sirena electrónica finalmente convertida en lo que siempre fue: una Blancanieves del underground digital. Envuelta en un vestido de gala marciano, Björk interactúa con un personaje virtual y por momentos trae memorias de videoclip del "Hard Woman" de Mick Jagger (ella odiaría esta relación) remixado por el Disney más vanguardista (Fantasía). Utopia también parece un nombre apropiado para enmarcar casi veinticinco años de Björk en la galaxia pop desde su radiante aparición con Debut (1993), cuando dejó de ser la cantante de los Sugarcubes para convertirse en la voz (en un inglés asmático y extrañado) del futuro inmediato, ensamblando la tradición europea de las cuerdas con los beats del dance y los imaginarios naturalistas con los cibernéticos.

Hace años, sin embargo, que Björk parece prescindir de la coyuntura de la música pop para aferrarse a su proyecto: ser la última de las estrellas modernistas. Con el riesgo de que su estilo edifique un laberinto de espejos que le devuelvan irremediablemente su propia imagen, ha navegado (es una vikinga, al fin y al cabo) contra la ironía del arte contemporáneo, el consumo irónico y la autocelebración del pop ¿Gira aniversario de Vespertine? ¿Homenaje a Bowie? Nada de eso. Nuestra Blancanieves élfica está más cerca del MoMA que de Lollapalooza (acaso haya que pensar la rutina de festivales como una nueva forma de museo) y es capaz de chocar la cabeza contra los límites de su propia burbuja hasta sangrar antes de mirar atrás.

Desde siempre, Björk ha iluminado a un público masivo zonas de experimentación de la cultura digital. Aun en la cornisa entre el avant garde y lo "avant gagá" (esa pulsión por lo novedoso con caducidad inmediata: del reactable a los bitcoins), siempre fue una curadora experta. Ahora la escuchamos junto a Arca, un venezolano con residencia en Londres que ha creado los soundscapes más inauditos de su discografía. El modernismo ha muerto, ¡que viva Björk!

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