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Tres amigos de más de 60 y un premio al esfuerzo por el Camino del Inca

Lecciones de vida, caminando por un trecho corto hacia Machu Picchu

Domingo 26 de noviembre de 2017
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El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Eduardo Favier Dubois. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés enviarnos textos de hasta 3000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar

Estamos en Ollantaytambo, en el valle sagrado del Inca, cerca de Cuzco, Perú, y madrugamos para la gran aventura: hacer a pie el famoso Camino del Inca, pero en el trecho corto, apto para mayores de sesenta, que va del kilómetro 104 del tren hasta la ciudadela de Machu Picchu. Son sólo doce kilómetros en el mapa pero exigen todo un día de caminata.

Vamos temprano a la estación a tomar el tren. Nos informaron que habrá momentos de frío y otros de mucho calor y que puede llover, por lo que llevamos zapatillas de trekking, camperas, una capa, una mochila con una muda de ropa y una bolsa de comida que nos preparó la agencia. Muy linda, pero pesa una barbaridad.

El viaje se hace corto y estamos atentos a la parada. Por fin llegamos al famoso km 104, el tren para y nos está esperando Richard, un joven guía de 33 años, cruzamos un puente y empieza la aventura.

Del otro lado del río hay una especie de campamento llamado Chachabamba donde compramos agua y Richard nos instruye sobre el camino. Enseguida empezamos la caminata y ahora Richard nos habla de la Pachamama, de cómo nos provee de todo lo que necesitamos y también nos pide compensar todo lo que le saquemos. Lo vemos convencido, un verdadero creyente de una religión casi extinguida pero que hoy llamaríamos ecología. Nos contagia su entusiasmo y su fe.

Todo es sagrado

El camino se empieza a hacer difícil. Por momentos parece una gran escalera de piedra con interminables subidas y bajadas. Sentimos el esfuerzo. Uno de mis compañeros de viaje, Dicky, se agota pronto y Richard se ofrece para llevarle la mochila. Pongo fuerte la música del celular para animar al grupo. Al mismo tiempo hay una gran compensación: el paisaje, que es extraordinariamente bello, selva subtropical por un lado, ya que nos adentramos en la selva alta peruana, y precipicio por el otro lado, donde el río Urubamba ruge en el fondo.

Hay muchas orquídeas y se me ocurre cortar una. Cuando Richard me ve, me reprende amablemente y la vuelve a plantar. Todo es sagrado y nada debe ser modificado sin una causa y una compensación. Por momentos aparece algún colibrí y hace su danza sobre las flores. Cruzamos varios arroyos sobre puentes precarios, vemos pequeñas cascadas y hacemos muchas paradas para recuperarnos.

Nos cuenta Richard que en la zona vive el famoso oso de anteojos. Carlos, mi otro compañero, se preocupa porque conoce a los peligrosos osos de California, pero Richard le dice que son pequeños y nunca atacan.

Wiñay Wayna

Encontramos dos construcciones incaicas muy bellas, primero la Wiñay Wayna (siempre joven), que es el nombre de la orquídea local, y luego el Intipata, con sus cuarenta y cinco andenes agrícolas que cortan la montaña y la embellecen. En esos andenes descansan los caminantes mientras muy cerca juegan las llamas como si fueran sus mascotas. En estas paradas se siente a pleno la enorme energía de estas montañas y uno entiende por qué eran sagradas.

Cuando estamos por desfallecer y descubrimos un arco iris sobre el río que nos renueva la energía. Después de todo un día de marcha, al cruzar otro brazo del río nos topamos con el campamento final. Un gran número de carpas y de caminantes descansan luego de tres días de marcha para salir antes del alba al día siguiente y llegar a la puerta del sol en la madrugada. Nosotros lo haremos hoy mismo.

De golpe, luego de una curva del camino, llegamos a la puerta del sol (Inti Punku), desde donde el camino baja y puede verse todo el complejo de Machu Picchu en su grandiosidad y hermosura. Hay un momento de decepción. Solo se ven nubes bajas y tenemos que imaginarnos lo que hay detrás. Otros caminantes nos acompañan frustrados. Pasa un rato y, mientras descansamos y charlamos, las nubes se elevan y vemos a la ciudadela con todo su esplendor. La contemplación de Machu Picchu, coronado por detrás por el Huayna Picchu (montaña joven), justifica, compensa y premia todo el esfuerzo.

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