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El adiós a Lille: otra vez el misterio rodea la salida de Marcelo Bielsa

Además de los malos resultados, el diálogo con las autoridades de Lille estaba en crisis

Jueves 23 de noviembre de 2017 • 19:34
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LA NACION
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La última imagen: Bielsa, durante la derrota del lunes pasado ante Amiens
La última imagen: Bielsa, durante la derrota del lunes pasado ante Amiens. Foto: AFP

Sólo podría tratarse de un despido por malos resultados. Como tantos. Lille está en zona de descenso en la Liga francesa después de siete derrotas, tres victorias y tres empates. Son tiempos voraces que no reclamarían de más explicaciones., pero Marcelo Bielsa es contracultural. Es diferente. Apasionado, se entrega a un trabajo que lo moviliza hasta la obsesión. Para algunos, incomprensible; para otros, de una brutal honestidad. Quijotesco, siempre intenta descabezar maniobras malintencionadas. Odia la mentira, las intromisiones. Cuando las descubre, el final es inminente. También odia el circo, pero no ha podido evitar en los últimos años que un halo de misterio y desprolijidad envuelvan sus desvinculaciones: AFA, Chile, Athletic Bilbao, Marsella y, ahora, Lille. Todas distintas, pero con finales alborotados.

A Bielsa no lo despidieron por negarle un permiso para viajar a Chile debido al grave estado de salud del profe Luis Bonini (ver aparte). Por cierto, ayer a la mañana Bielsa estuvo en el complejo deportivo del club. Desde Francia, le confiaron a LA NACION que lo echaron por la pobre producción de un equipo que gastó 60 millones de euros en la pretemporada.

A principios de año -el 19 de febrero su confirmó que Bielsa dirigiría a Lille a partir de la temporada 2017/18-, alguien muy cercano al círculo íntimo del DT rosarino le confesaba a este diario: "Marcelo está enojado con la vida....pero por suerte lo veo entusiasmado con el Lille, claro que de aquí a junio puede pasar cualquier cosa". Se refería al comienzo de la pretemporada, tiempo en el que las relaciones humanas empezarían a establecer puentes. O no. Bielsa es un hombre severo, mandón. De una coherencia que no perdona dobles discursos.

El presidente del club, Gerard López, era su principal apoyo. Pero ya no lo pudo sostener ante un frente interno sublevado. Y, más aún, cuando muchos advirtieron en la derrota 3-0 del lunes pasado frente a Amiens que las complicidades con los futbolistas también parecían rotas. Entonces, la figura de Luis Campos, director deportivo, tomó espesor. Campos estaba en descuerdo con algunos manejos unipersonales de Bielsa. Y los reproches arreciaron. El entrenador confiaba en la autogestión y los dirigentes le reprochaban que, en la crisis futbolística, no aceptara un diálogo más fluido.

El trabajo conjunto requiere un mínimo de confianza que estaba en jaque. Bielsa es muy vulnerable a la falta de respeto. Él había perdido la confianza en los dirigentes (salvo Pérez, que se encontró rodeado). Y ellos en él, también. El tironeo se agravaba a medida que se encadenaban derrotas.

Siempre con su feroz autocrítica, Bielsa nunca se hizo el distraído ante la pobre campaña que hundió al equipo a la 19° posición. Públicamente una y otra vez asumió todas las responsabilidades. A diferencia de otras ocasiones, el hombre de hielo se permitió disentir fuertemente con los medios y varias conferencias se volvieron un campo de batalla

Cinismo y trampa aparecen en los pasos que estaría preparando el club para evitar la indemnización por un contrato incumplido. Se avecinan conflictos legales porque Lille buscará culparlo a Bielsa de todo, presentarlo como el responsable único del descalabro. Acusarlo de 'negligente' para ahorrarse 14 millones de euros. Y se filtran bajezas tales como subrayar que a Bielsa se le había escapado la disciplina del grupo y rechazaba la modalidad de las multas para intentar reeducarlo.

El futuro de Bielsa será otra intriga desde ahora. Podría presagiarse la reclusión y un año sabático en su campo de Máximo Paz. No habría que esperar que tome otro club como paso inmediato a su salida de Lille. No actúa así. El misterio vuelve a rodear a Bielsa, el hombre de 62 años, ese inadaptado social al que cada vez le cuesta más afirmarse en un fútbol despiadado.

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