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Gerasa, una ciudad que desafió el tiempo

Domingo 26 de noviembre de 2017
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LA NACION
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El Imperio romano cubrió gran parte del mundo conocido en su tiempo, y llegó a extenderse más de cuatro millones de kilómetros cuadrados. Sus territorios se ubicaban en Europa, África y Asia, donde se hablaban más de 50 lenguas. Allí adonde iba el imperio iban sus legiones comandadas por los legados en busca de fama, gloria y un regreso apoteósico para celebrar sus triunfos.

La famosa frase veni, vidi, vici, empleada por Julio César, resume el sentir romano de esos años, donde eran de suma importancia el engrandecimiento del imperio y la cristalización de la dignitas, el prestigio personal que un ciudadano adquiría a lo largo de la vida y que era de vital importancia para quien regía los destinos de millones de personas. Vine, vi y vencí era un preámbulo para la romanización de los territorios conquistados y toda la estructura del imperio se ponía automáticamente en funcionamiento para asegurarse que el estilo romano de vida comandara cada una de las situaciones de la vida cotidiana en sus formas y en sus principios.

Si recorremos lugares que fueron asentamientos romanos seguramente nos encontraremos con una infinidad de vestigios de esa época. Ni hablar de encontrarte en ciudades como Bath, con sus famosos baños, o Pula, en la península de Istria, Croacia, con su increíble anfiteatro, uno de los más grandes y mejor conservados del mundo.

Pero en las marcas más lejanas del imperio también se encontraban verdaderos lugares de excepción que han sobrevivido hasta nuestros días. En los confines de la potestad del senado y, posteriormente, del emperador, donde las arenas comenzaban a ser protagonistas, cualquier viajante se topaba con la Decápolis, una serie de diez ciudades desparramadas en lo que hoy serían Israel, Jordania y Siria. Una de ellas era el objetivo de mi visita: Gerasa, en Jordania.

Salí de Amman rumbo al norte por un camino lleno de tránsito y color. Autos particulares, camiones y transporte público llenaban la carretera. Se escuchaba música por doquier, como si la mayoría de los conductores quisieran demostrar su gusto musical. Lejos de ser molesto, le imprimía una vitalidad espectacular a esa mañana de semana. Al lado mío, Omar, mi versátil y leído guía, no paraba de cantar, mezclando todas las canciones de los artistas locales que iba escuchando, animándome a secundarlo con poco éxito, dado mi total desconocimiento de los hits jordanos.

Los 40 kilómetros que nos separaban de nuestro destino se pasaron volando, y así llegamos a la entrada de este antiquísimo asentamiento. Todo lo que tenía que tener una verdadera ciudad de importancia Gerasa lo tiene y en un impresionante estado de conservación. Recorrí el cardo máximo para llegar al forum, rodeado de imponentes columnas, piedra sobre piedra, erectas y gallardas como desafiando el paso del tiempo. Visité el hipódromo para cerrar los ojos e imaginarme las citas multitudinarias que se debían organizar aquí.

Me sorprendí con el tamaño y la distribución de las edificaciones, todo perfectamente diseñado como si hubieran pensado crear una pequeña Roma. Y también escuché más música.

Con Omar seguimos el sonido de las notas musicales y desembocamos en el teatro de Gerasa, con su enorme hemiciclo de gradas para acomodar cientos de personas y allí en el proscenio dos simpáticos ancianos, vestidos con ropa de fajina color caqui, tocados con sendas Kufiyyas y anteojos negros de sol, amplias sonrisas en sus rostros y pidiéndoles todo lo que tenían para dar a sus instrumentos. Omar, ni lerdo ni perezoso y siempre dispuesto, bajó a trompicones las gradas y se unió con su voz a este dúo. Así que me senté en medio del teatro, puse mi cara al sol y me dispuse a disfrutar de este espectáculo libre, gratuito y para todo el público.

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