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Dolor y reflexión

En este momento, es deber de todos homenajear a los 44 héroes del submarino ARA San Juan; más tarde, habrá que replantear la política de defensa nacional

Sábado 25 de noviembre de 2017
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La información sobre una explosión, respaldada en la seriedad de calificados organismos internacionales, disipó la esperanza de recuperar con vida a los tripulantes del submarino ARA San Juan. Son 44 almas, que si la realidad es como todo hace suponer, han entregado sus vidas sirviendo a la Nación. Nada es hoy más importante que esa circunstancia y el dolor de sus familias. Así lo han considerado en general sus conciudadanos y también LA NACION, que les hace llegar su acompañamiento y solidaridad.

La magnitud humana de la desgracia, así como la duración de la angustia hasta arribar a estas evidencias, han sacudido a la opinión pública. Inevitablemente se ha entrado ahora en la etapa de buscar causas y culpables, pero a diferencia de otros hechos luctuosos, este toca a las Fuerzas Armadas, que despiertan en la Argentina sentimientos y antagonismos que el transcurso del tiempo lamentablemente no ha logrado disipar.

Siendo una explosión, los primeros diagnósticos han convergido hacia la falta de un mantenimiento adecuado. Sea por una filtración de agua o por una falla en las baterías, la causa parecería estar en defectos en la reparación integral de la nave tres años atrás o bien en el mantenimiento posterior.

Aceptado esto, una parte de las opiniones se vuelcan a asignar responsabilidad a la cúpula de la Armada, la que es acusada del deficiente mantenimiento, de haber demorado el inicio del salvataje y de no haber informado prestamente al Presidente y a las autoridades civiles. Su remoción daría satisfacción a esta parte de la opinión y también le generaría más espacio al primer mandatario.

Sin embargo, otras opiniones ponen énfasis en la escasez de los fondos destinados al mantenimiento y, en particular, al submarino accidentado. Algunos han hecho un parangón con el accidente ferroviario de la estación Once, en el que murieron 51 personas. Sin duda esta es una comparación inapropiada, ya que la insuficiencia de mantenimiento en el caso de Once se debió al desvío de los subsidios, mientras que en el equipamiento militar, el problema ha sido principalmente la insuficiencia de sus presupuestos.

Más allá de que hayan existido deficiencias y fallas en las Fuerzas Armadas, la cuestión de un sistemático castigo presupuestario debe interpretarse principalmente por razones políticas e ideológicas.

Prácticamente, desde el retorno a la democracia, en 1983, no hubo renovación del equipamiento militar. Los pocos equipos o armamentos que se incorporaron en los primeros años de la presidencia de Raúl Alfonsín, entre ellos el submarino San Juan, lo fueron en cumplimiento de contratos anteriores. Gran parte de los barcos, aviones y equipos que habían superado la Guerra de Malvinas, fueron deteriorándose y se radiaron o canibalizaron gradualmente.

Desde 1983, la provisión de repuestos, combustibles y municiones fue absolutamente insuficiente, al extremo de impedir el adiestramiento adecuado del personal. Sin que hubiera un convenio de protección militar con una potencia internacional, ni tampoco un acuerdo regional de desarme, la Argentina lo practicó de hecho y unilateralmente. Se convirtió prácticamente en un país desarmado.

La compra de los submarinos construidos en el astillero Howaldtswecke a la firma Thyssen de Alemania, fue acordada en el año 1969. Contemplaba también la construcción de un nuevo astillero local, luego denominado Domecq García, para continuar la fabricación en la Argentina y realizar el mantenimiento. Se complementaba con el sistema de izado de buques instalado en Tandanor. A principios de los años noventa, en el marco de la reducción del gasto en defensa, cuando estaba en construcción el primer submarino, el astillero Domecq García fue parcialmente desmantelado. Por esa razón, la reparación y el reciclado del submarino Salta y, luego, del San Juan se realizaron sin disponer de aquel equipamiento especializado. El San Luis, primero de la serie alemana, que combatió en las Malvinas, está hoy abandonado.

Una historia similar corresponde a las fragatas misilísticas construidas en los años setenta en Gran Bretaña y alistadas en el astillero Río Santiago. La fragata Santísima Trinidad fue hundida durante su construcción mediante una bomba colocada por los montoneros. Reflotada luego y puesta en operaciones, finalmente, se hundió estando en desuso, amarrada en Puerto Belgrano.

Al deterioro material de las Fuerzas Armadas argentinas debe sumarse la falta de organización y de acción militar conjunta, que deriva en que cada fuerza actúa frecuentemente con una llamativa independencia de lo que hacen las restantes y de una ostensible desorientación estratégica.

Estos hechos que hablan por sí solos constituyen un marco histórico que ayuda a entender, aunque no a aceptar, el doloroso accidente del San Juan.

Es muy probable que el análisis de la tragedia revele equivocaciones y diferentes responsabilidades. Pero habrá tiempo para una investigación que debería ser implacable y lo más transparente posible. Llegado el momento, será necesario precisar en la medida que se pueda los detalles de lo acontecido y, finalmente, replantear en profundidad la política de defensa. Para ello deberá dejarse atrás la brecha ideológica derivada de los hechos de los años setenta, que han teñido de venganza el tratamiento judicial de los miembros de las Fuerzas Armadas y que ha destruido irracionalmente la capacidad operativa militar de nuestro país.

En estas horas, es el deber de todos homenajear a los 44 héroes que tripulaban el submarino ARA San Juan y acompañar a sus familias.

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