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Plegarias desatendidas

Víctor Hugo Ghitta
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25 de noviembre de 2017  

Un colega me dice que la extensa tradición del duelo ha tendido a declinar en los últimos años. De acuerdo con su visión, que algo le debe a la escuela freudiana, las personas tienden hoy a tomar distancia de las situaciones de dolor, pues están más dadas al disfrute y el hedonismo aunque esa celebración del placer sea algo engañosa; ese distanciamiento, que puede entenderse como una pulsión de vida, es un modo de no enfrentar la idea atroz, salvo para los hombres de fe, de que nos vamos a morir.

Conversamos acerca de las tensiones entre la vida y la muerte en medio de la atmósfera de pesar que en todos ha impuesto la desaparición del submarino que navegaba las aguas del Atlántico Sur. Somos ambos periodistas, de manera que prontamente reflexionamos sobre el impacto que esa noticia ha tenido en los medios de prensa. Todos los manuales del oficio enseñan que en situaciones de esta naturaleza debe imponerse la cautela; el dolor de los familiares, demasiado hondo como para que sea desatendido, exige respeto y decoro. Deben erradicarse la estridencia, el apresuramiento, la sensiblería hueca.

Todos nos sentimos irremediablemente un poco banales aun en nuestra vida cotidiana, cuando nos distraemos del dolor colectivo metiéndonos con sucesos triviales que en otras condiciones no nos provocarían incomodidad ni culpa. La vida debe continuar, desde luego, como continúa para los deudos cuando ha muerto un ser querido; no obstante, a menudo, y sobre todo entre las personas de generaciones mayores, esos tempranos gestos de vitalidad se parecen a las primeras tentativas de conquista después del duelo que sigue a la ruptura de un gran amor: el impulso de reencontrarnos con esos primeros signos vitales se entremezcla con un sentimiento de desasosiego.

En tiempos antiguos era frecuente que el luto, de seguro visible en los atuendos negros o grises, se extendiera al interior de la casa donde había vivido el difunto. Nadie se atrevía a jugar una broma durante las comidas, y menos aun se permitía escuchar música, a menos que se tratase de música clásica, de tal manera que su atmósfera de manso ensimismamiento acompañase el sentimiento íntimo de recogimiento.

La súbita desaparición de los 44 navegantes sumió al país en un estado de desazón. El signo de la tragedia -si no ha habido negligencia, algo que deberá determinar la Justicia- exigió de los medios periodísticos una prudencia que en muchos casos fue atendida, aunque también aparecieron aquí y allá escenas en las que se impusieron la necesidad de cubrir durante veinticuatro horas los hechos y la idea de que los grandes dramas deben ser narrados con fuertes dosis de emoción. Ambas ideas son falsas.

Ese desatino tuvo quizá su expresión más degradante cuando, en medio de un enjambre de micrófonos, una familiar de un submarinista reaccionó con desconsolada vehemencia el jueves, el día en que prácticamente se hicieron trizas las esperanzas de encontrar a los tripulantes del San Juan. Atizado por ese drama íntimo, con la misma excitación con que en la vastedad del océano a un tiburón lo incitan una gota de sangre o las vísceras de un animal a cuatro mil metros de distancia, el cronista quiso saber cómo la madre habría de contarles a sus hijos esos hechos desgarradores; la pregunta fue hecha en un tono de sentimentalismo lúgubre en cuyo fondo viscoso podía advertirse una canallada. Hubo una pausa de dos, tres segundos, quizás.

-No tengo hijos -atinó a responder la mujer con amarga incredulidad.

Las catástrofes que hieren de este modo el ánimo social invitan a revisar los procedimientos periodísticos. En noviembre de 2001, cuando yo dirigía en Buenos Aires la revista Rolling Stone, un alto miembro del staff de la edición norteamericana me anticipó en un mail que la tapa siguiente de la publicación, la que cerraba el año de los atentados a las Torres Gemelas, sería un retrato muy sobrio de la cantante Alicia Keys, vestida con una remera blanca en cuyo borde inferior apenas se vería la tela dañada por la acción del fuego. Casi tres meses antes, el 11 de septiembre, la sociedad norteamericana y el mundo entero habían asistido con estupor a uno de los atentados más salvajes en la historia de los Estados Unidos.

Hasta entonces, el departamento de fotografía de Rolling Stone había ganado un enorme prestigio global con las imágenes de sus portadas, muchas de ellas pertenecientes a un género conocido como fantasy y otras deslumbrantes por su ambiciosa producción o su humor bizarro o punzante. Pocas horas después del siniestro, y en medio de un estado de ánimo colectivo lúgubre, Jann S. Wenner, que había fundado la revista en 1967, dio indicaciones precisas para que las fotografías, y especialmente aquellas que ilustraran las portadas, ganaran en sobriedad. La fiesta había concluido.

Recemos, aunque nuestras plegarias hayan sido hasta hoy desatendidas. Seamos pacientes. Ya lo dijo el poeta inglés Samuel Johnson: "Todo intento de eliminar el duelo sólo lo irrita aún más. Debes esperar hasta que es digerido, y luego la diversión dispersará sus restos".

La columna de Carlos M. Reymundo Roberts volverá a publicarse el sábado 2 de diciembre

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