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Los árbitros, ni culpables de todo ni inocentes absolutos

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 26 de noviembre de 2017
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Partido de Gremio Vs Lanús el 22 de noviembre
Partido de Gremio Vs Lanús el 22 de noviembre. Foto: AP / Wesley Santos

Dirigir un partido en este lado del mundo, manejarlo emocionalmente, no es para cualquiera. Tuvimos una demostración práctica esta misma semana en los encuentros por las copas continentales y la tenemos en cada fecha de nuestros torneos. Al fútbol se juega según el lugar donde se vive y en este lado del mundo siempre hay demasiado "ruido" antes y durante cada partido. En definitiva, los protagonistas de un partido, árbitros incluidos, son parte de una sociedad.

En la Argentina, o en toda Sudamérica, no es sólo que ninguno de los protagonistas, centrales o periféricos, contribuyamos con la tarea de unos señores que sirven de coartada ante cualquier derrota. Se trata de algo aún peor: la instalación de la idea de la conspiración permanente, del "nos están robando" y que los árbitros son funcionales a los directivos y a los poderosos. Entonces, cada falta y cada error llega con una sospecha debajo del brazo.

Tampoco resulta nada novedoso. Siempre ha habido escándalos. Por algo Francisco Varallo, histórico goleador de Boca de principios del profesionalismo, manifestó alguna vez su vergüenza al ver cómo se perjudicaba a los equipos más chicos; y en 1948, la AFA decidió importar referís ingleses para intentar darle algo más de equilibrio a la balanza. Sólo que ahora las condiciones son aún más difíciles, y los propios árbitros tampoco suelen estar a la altura de las exigencias.

El miércoles, en la primera final de la Libertadores entre Lanús y Gremio pudimos ver cómo al chileno Bascuñán el partido se le tornó ingobernable. ¿Por qué? ¿Quiénes fueron los responsables? Todos, incluido él mismo.

Siempre tiendo a pensar que el futbolista entra en la cancha enfocado en el partido y siente cierta indiferencia hacia el personaje del árbitro. Es cierto que depende de cada uno, y que de un lado están los más "bohemios" (por lo general, los habilidosos), y del otro, los más dados a las mañas, las faltas y los cálculos de hasta dónde se puede "conversar" con el juez o provocar que los hinchas le hagan sentir el peso de determinados estadios.

En lo personal, nunca presté demasiada atención ni a la nacionalidad ni al estilo de quien fuera a dirigirme, salvo que lo conociera de antes y recordase alguna característica muy concreta. Pero resulta innegable que acá el futbolista atenta contra el desarrollo del juego, quiere sacar ventajas haciendo tiempo, pegando cuando no lo ven.

Por otra parte, adentro del campo el jugador sabe oler la pérdida de autoridad, y cuando esto sucede el control del partido escapa de las manos del encargado de dirigirlo. Y ahí la responsabilidad le cabe al hombre del silbato.

Hay un punto clave en la tarea de un árbitro que va más allá de su capacitación y preparación: es el entendimiento del espíritu del juego. La comprensión de lo que está sucediendo lo convierte en partícipe del espectáculo y lo ayuda a aplicar mejor el reglamento, pero sinceramente creo que son muy pocos los que suman esta cualidad a sus restantes méritos.

Es verdad que el aumento en la velocidad y agilidad del juego han complicado la tarea de quien debe ordenarlo, pero justamente por eso haría falta un enriquecimiento cada vez mayor de sus conocimientos, una agudización de sus sentidos. Y sobre todo, una capacidad bien aceitada para saber aislarse de lo que llega desde afuera. Hoy en día un juez recibe casi de inmediato la información de que ha cometido un error, y tiene que estar capacitado para resistir la tentación de la compensación instantánea, porque si no lo hace hará evidente su falta de autoridad y el partido acabará desnaturalizándose, como sucedió en Gremio-Lanús.

Reservé para el final una mención al VAR. A todos nos gustaría que no hubiera errores ni se cometieran injusticias, y si el video puede aportar para achicar los márgenes, bienvenido sea. Pero no puede despersonalizar ni reemplazar al árbitro, que debe dirigir como si el VAR no existiera.

El fútbol tiene propiedades que no se pueden mensurar ni con la estadística ni con la tecnología. Y así como los demás haríamos bien en sentarnos a ver la actuación de un árbitro sin el cinismo de pensar en los intereses que pueda estar defendiendo, ellos mismos deberían hacer un esfuerzo mayor por entender el juego más allá del reglamento frío. Todos saldríamos ganando

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