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No tenemos que pensar igual

Ariel Torres
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29 de noviembre de 2017  

Dos mitos obstaculizan casi toda forma de diálogo entre las personas. El primero es el que sostiene que para que una organización funcione todos debemos pensar igual. Una pareja, un consorcio, una compañía, un país. Sólo podemos seguir adelante si todos pensamos igual, si nos ponemos todos de acuerdo.

Les voy a dar una mala noticia. Nunca nos vamos a poner todos de acuerdo. Es imposible. No sólo porque los asuntos sobre los que nos formamos una opinión son innumerables y muy variados, sino también porque nuestro parecer muta qual piuma al vento. Incluso si se alinearan los planetas y durante una millonésima de segundo todos coincidiéramos en los mil asuntos de la política, en la decoración del dormitorio, en los métodos más adecuados para combatir la inflación, en el destino que elegiremos para las vacaciones o en cómo se originó el Universo, enseguida alguien cambiaría de idea y el castillo de naipes del estar todos de acuerdo se vendría abajo.

Vamos, quizá soy el único al que le ocurre, ¿pero no han sentido muchas, muchísimas veces, que opinan tres o cuatro cosas diferentes y contradictorias sobre una misma cuestión? No, no tenemos que pensar igual. Sólo tenemos que pensar. Alcanza con que todos nos pongamos a pensar.

Pero es allí donde se nos cruza el otro mito, y este es todavía más nefasto. Lo advertí hace unos días, cuando le hice una entrevista pública (la tercera desde 2009, en rigor) a Marcos Galperin, fundador y director ejecutivo de MercadoLibre. Sobre el final, uno de los asistentes le preguntó, agudo, cómo lograba, vistos su historial de éxito y su encumbrada posición en la compañía, que su palabra no fuera tomada como verdad revelada.

Galperin describió entonces un esquema en el que el planteo, el debate y la diversidad de ideas se fomentan mediante un procedimiento estandarizado. Entonces me di cuenta de algo. En muchas de estas compañías de última generación importa menos el poder que la búsqueda de la verdad.

Exactamente al revés de lo que ocurre en gran parte de las controversias humanas. Las polémicas. Los altercados conyugales. Los debates políticos. Mientras Galperin hablaba entendí que rara vez discutimos para alcanzar la verdad. Discutimos para demostrar que tenemos razón. Queremos tener razón, no queremos la verdad.

Hay una paradoja aquí. Como dijo el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, la verdad es sinfónica. Por lo tanto, la única forma de alcanzarla es aceptando que nunca vamos a tener toda la razón. Que cada uno -si piensa, no si piensa igual que nosotros- puede aportar una pieza para completar ese monumental y siempre cambiante rompecabezas al que denominamos verdad.

Descubrí todavía una cosa más, mientras Galperin hablaba. Descubrí que tener razón no sirve para nada. He observado cientos de disputas, y de esos intercambios de emoción violenta cada cual se retira pensando exactamente lo mismo que antes, sólo que, además, con los nervios como alambre de púa.

Dado que la siguiente escaramuza partirá de un grado todavía más alto de odio, la instalación de esta dinámica es letal para una sociedad, de cualquier tipo, porque la divide y, al hacerlo, la debilita.

Pero no lo sé. Estoy seguro de que todo lo dicho hasta aquí suena de lo más razonable. Es probable que contenga algunas astillas de verdad. Pero los años me han enseñado algo bastante importante, y es casi lo único bueno de sumar años.

Me han enseñado que la paz interior sólo se alcanza cuando vemos en el otro a un prójimo, aunque opine algo con lo que no estamos de acuerdo; cuando nos atrevemos a poner en duda nuestras convicciones; cuando nos volvemos más humildes y nos animamos, cosa de lo más rara, a escuchar.

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