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¿Está bien que Meghan Markle deje su carrera de actriz para ser princesa?

Desde el feminismo seguimos trabajando para que toda mujer que lo desee pueda llegar a lo más alto posible de su profesión, pero ¿no puede haber personas que busquen el sentido de sus vidas en otros formatos vitales?

Miércoles 29 de noviembre de 2017 • 12:54
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LA NACION
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Foto: Reuters

Las celebridades son nuestra versión del Olimpo griego: seguimos sus desventuras porque nos sirven para hablar de nosotros mismos. Esta semana le tocó el turno a Meghan Markle, la actriz norteamericana que anunció, después de muchos rumores, que dejará su carrera para casarse con el Príncipe Harry. Los fanáticos del cine o de los chismes monárquicos saben que no es la primera: en 1956, Grace Kelly colgó los botines para convertirse en la princesa de Mónaco. Ya en su momento el asunto despertó polémicas: Grace Kelly había ganado un Oscar, trabajado con los mejores directores de su época y probablemente de todos los tiempos y era considerada una de las actrices más talentosas de su generación. Teniendo en cuenta además que en 1962 estuvo a punto de regresar brevemente a los sets (decisión que llegó a ser anunciada y fue luego revocada, se presume, por presiones gubernamentales), no es difícil afirmar que fue un sacrificio que le costó mucho y que hubiera preferido evitar. Y todo esto pasó, claro, hace más de sesenta años. ¿Es Meghan Markle una "traidora" por renunciar con tanta alegría a su carrera profesional, en pleno auge feminista, en pos de un matrimonio y una corona? ¿Llama el feminismo a condenarla? Muchas y muchos parecen pensar que sí.

La mayoría de las mujeres no elegimos si trabajar o no. Algunas tenemos que hacerlo para vivir y tenemos la suerte de poder elegir, dentro de cierto rango, algo que nos gusta hacer. Otras tienen una cantidad de opciones laborales mucho más acotada y, en general, menos placentera (y no verían con malos ojos abandonar ese tipo de trabajos, aunque fuera para "quedarse en casa"). Otras ni siquiera pueden elegir trabajar: dejar su casa y sus hijos al cuidado de otra persona (otra mujer) les resultaría más caro que trabajar. La decisión a la que se enfrentó Meghan es, como esas decisiones que les tocaba enfrentar a los dioses griegos entre el amor y la vida eterna, una circunstancia excepcionalísima en la que probablemente los comunes mortales no necesitemos pensar jamás. Sin embargo, nos toca fibras profundas y personales. Meghan es una chica que lo tiene todo, y que parece estar renunciando por amor a una parte importante de ese todo: a su independencia, nos parece, y al tipo de realización personal que se encuentra en el ejercicio (exitoso, en su caso, aunque no sea Grace Kelly) de una profesión. Pero pensémoslo un poco.

Foto: facebook

En relación con lo primero, la realidad de Meghan no es la de la mayoría de las mujeres profesionales y mucho menos lo será a partir de su matrimonio. El trabajo sostenido en el tiempo es el único camino que conocemos casi todas las mujeres hacia la independencia económica. Trabajar y ganar nuestro propio dinero es lo que nos da la posibilidad de, si algo no nos nos gusta de nuestra casa y nuestra pareja, armar las valijas y mandarnos a mudar. Pero, en primer lugar, Meghan ya es rica; no para vivir para siempre sin trabajar, pero suficientemente rica como para poder separarse sin pensar demasiado en cómo sobrevivir después. En segundo lugar, va a ser aún más rica, no solamente si se convierte en madre de pequeños príncipes y princesas (una madre de realeza jamás sería, presumimos, abandonada por la corona), sino porque como mínimo va a poder capitalizar la exposición y la fama que su matrimonio real está ya garantizándole (el tapado blanco que usó para anunciar el compromiso se agotó en minutos). En relación con esto, una tercera cuestión: para muchas mujeres abandonar su profesión es casi un camino de ida. Por cómo funciona hoy el sistema no tiene costo cero dejar de trabajar unos años para criar hijos, lo saben muy bien todas los que lo han hecho. En el caso de Meghan, sin embargo, la realidad es que ella puede volver cuando quiera; se casa con un príncipe así que no va a desaparecer del centro de la escena, más bien todo lo contrario. Si en unos cuantos años, como Grace Kelly, se arrepiente y quiere volver, lo más probable es que al menos en ciertos circuitos de producción sea aún más codiciada de lo que es hoy.

La cuestión de la realización personal a través del desarrollo profesional es interesante. Es lógico que todos los que tenemos que trabajar para vivir busquemos esa satisfacción: es básicamente lo mejor que tiene para darnos el mundo del trabajo. ¿Pero por qué damos por hecho que trabajar a cambio de un sueldo es la única forma válida de realizarse, de sentir que una tiene un proyecto y una misión en la vida? Es necesario que desde el feminismo sigamos trabajando para que toda mujer que lo desee pueda llegar a lo más alto posible de su profesión, pero ¿no puede haber personas (varones también, claro) que busquen el sentido de sus vidas en otros formatos vitales, especialmente cuando tienen toda necesidad y deseo material posible cubierto? Meghan dijo que va a aprovechar que la actuación es un capítulo terminado para dedicarse a las causas humanitarias que la apasionan. Es un poco una frase hecha pero en su caso bien podría ser verosímil: en la facultad Meghan estudió teatro y estudios internacionales, llegando incluso a hacer una pasantía en la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires.

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Finalmente: es imposible saber lo que pasa en una pareja, pero si Meghan hubiera querido seguir actuando, no parece ser un asunto profundamente innegociable. En última instancia, Harry podría haber renunciado a su título (tiene pocas chances de llegar a la corona de cualquier modo); y la reina Isabel II, como aprendimos todos los que vimos The Crown, trabajó como mecánica de autos durante la Segunda Guerra. No parece que, en una familia ya superpoblada de escándalos, el trabajo de Meghan fuera algo imposible de charlar.

No podemos saber si Meghan Markle pensó en todas estas cosas, pero podemos más o menos (uno nunca conoce a nadie) estimar que están dadas las condiciones para que la decisión sea suya y todo lo libre que una decisión puede ser en el mundo real. Meghan sabe perfectamente lo que hace: su personaje en Suits, la serie que la hizo famosa, es una chica que arranca la serie como asistente legal porque aunque se rompe el lomo tratando de entrar a la facultad de Derecho, sufre de ansiedad ante los exámenes y no logra ingresar; de hecho, las cuestiones de género y las formas de esclavitud contemporánea están entre las causas que más la interpelan. En cualquier caso podemos decir que Meghan está tomando una decisión que muchas no tomaríamos, imaginamos, si estuviéramos en su lugar. ¿Y qué podría haber de malo con eso?

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