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A Lanús se le rompió el sueño de gloria y le queda refugiarse en su entereza

Con gran sentido colectivo e inmune a la caldera exterior, Gremio desplegó toda su jerarquía para abrazarse a la tercera estrella de su historia; el fin de ciclo para el DT Almirón y varios históricos los encontró de pie

Miércoles 29 de noviembre de 2017 • 23:38
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LA NACION
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A Lanús se le rompió el sueño de gloria
A Lanús se le rompió el sueño de gloria. Foto: Mauro Alfieri

No tuvo con qué darle a Gremio, pero sí dignidad y vergüenza deportiva para que más de 40.000 hinchas le reconocieran el esfuerzo y la voluntad. En la derrota ante un rival que fue superior, Lanús sintió que no tiene mucho para reprocharse. Puede apoyar la cabeza en la almohada con la conciencia tranquila. El sueño de la primera Copa Libertadores, que parecía tan cerca, se le alejó en una final en la que siempre corrió de atrás, con la lengua afuera y los ojos desorbitados. Al margen de los milagrosos 25 minutos contra River había otra realidad, que fue la que se impuso en esta serie final: el equipo no venía atravesando por su mejor momento. No sobraban los recursos y hacía falta que todos tuvieran un alto nivel para subir a la cumbre continental. No pudo, no supo. Anoche lo intentó tardíamente, cuando Gremio ya le había dado dos golpes de knock-out y le estaba contando hasta diez, pero se levantó para dar una última pelea, insuficiente, arrebatada, atendiendo al llamado al orgullo.

A Lanús le duele porque la obtención de esta Copa era una manera de coronar un fin de ciclo. Era la graduación del que a lo largo de su existencia había pasado por todo tipo de aprendizajes, algunos muy duros. Era el broche a un largo ciclo de crecimiento institucional y deportivo. Ahora, seguramente deberá empezar de nuevo, con otro director técnico y una renovación en el plantel.

Se había ganado respeto y reconocimiento Gremio en los partidos de visitante. Lo ratificó con creces en la Fortaleza, donde desdibujó a Lanús durante gran parte del primer tiempo. Mejor con la pelota, siempre bien ubicado, rápido para combinar, lúcido en los cambios de frente, punzante para moverse ante una defensa estática y en estado de pánico. Eso fue Gremio en los primeros 45 minutos. Un equipo que jugó en una sintonía muy superior a la de su rival. En todos los rubros: futbolístico, físico, mental, anímico. Se sintió dueño del partido con más autoridad que la había mostrado en Porto Alegre. Manejó dos registros básicos del fútbol: firme y sólido para bloquear al adversario, y suelto y centelleante con la pelota en ataque.

Lanús la sufrió de arranque la final. No tardó en darse cuenta de que el desafío era durísimo. No encontraba la pelota ni la línea de pase. También llegaba un segundo tarde a casi todo, no estaba físicamente ágil ni fresco. De ahí al nerviosismo y la impotencia hubo un paso muy corto. No mostraba más recursos que la pelota a Sand, que de espaldas aguantaba como podía, pero sus compañeros no le daban muchas opciones para la descarga. Por momentos fue Sand contra todos, muy poco ayudado por el resto. Así Lanús no iba a complicar mucho a un equipo que jugaba con gran sentido colectivo, inmune a un ambiente que era una caldera.

De movida no hubo acoso de Lanús. Recién a los 9 minutos Silva pudo sacar un remate desde fuera del área que salió bastante desviado. Gremio sentía que tenía todo bajo control. No se equivocaba. El que más se exponía constantemente al error con la pelota era Lanús. Como le ocurrió al lateral Gómez, que de un mal control no hizo más que fabricar la corrida y la gran definición de Fernandinho.

En las pocas veces que Lanús podía ilusionarse, Gremio le recordaba que también tenía un gran arquero: Grohe le sacó al ángulo un tiro libre de Velázquez. El Granate era un tembladeral. No cortaba en el medio y atrás padecía con las entradas de Fernandinho y las gambetas de Luan. Este último hizo un golazo, fue esquivando marcadores como si fueran sillas. 0-2, otro Everest, como contra River, con la diferencia que ahora no había un rival con pinta de que se iba a distender o caer en una laguna.

Lanús no consiguió en el cierre del primer tiempo el descuento que había sido el gran envión en el repunte contra River, pero tuvo a su favor una circunstancia importante: a los vestuarios se fue lesionado el volante central Arthur, un crack para administrar la pelota y los tiempos. Tiene 21 años y juega como si llevara una vida en el fútbol. Hizo bien Gremio en renovarle el

contrato y ponerle una cláusula de rescisión de 50 millones de dólares. Sin su batuta y dirección, el campeón lo extrañó una enormidad en el segundo tiempo, que tuvo otro color, el del empuje granate.

Lanús necesitó más de algunos jugadores. Gómez, condicionado por el error, jugó toda la noche sin seguridad ni confianza. Román Martínez falló muchos pases. Pasquini pasó de puntas de pie por el partido. El uruguayo Silva estuvo invisible. La zaga central no mostró la categoría que demandaba el partido.

Sand siguió siendo un titán en la segunda etapa; levantaron Marcone y el Laucha Acosta. Entró Marcelino Moreno para percutir por la izquierda. Con el corazón, Lanús descontó con el penal de Sand. Gremio se metió en algunas escaramuzas y se fue expulsado Ramiro. Igual Gremio no se agrietó. Aguantó a pie firme el último y turbulento acoso granate.

Le quedará bien a Gremio la tercera estrella de una Copa Libertadores (alcanza a Santos y San Pablo en la cantidad de trofeos). Lanús hoy es lamento y tristeza. No hubo gloria, le queda refugiarse en su entereza.

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