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El libro recomendado: Las malas lenguas

Irónica y triste, ágil y profunda, así es Las malas lenguas, la tercera novela de Alejandro López, que tiene un cadáver como disparador e infinidad de registros para reconstruir la trama de una familia.

Viernes 01 de diciembre de 2017 • 00:00
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PARA LA NACION
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Alejandro López
Alejandro López.

Hay muchas formas de contar cómo es Las malas lenguas (Blatt & Ríos), la última novela de Alejandro López (Goya, Corrientes, 1968). Es un relato fragmentado sin dejar de ser una historia completa que se arma como una constelación deforme y perfecta. Tiene un tono irónico, pero también triste. Es camp, y a la vez profunda, repleta de capas. Es ágil, aunque enrevesada. Transita oscuridad mientras se sucede un relato luminoso. Es una historia coral familiar, una compilación de situaciones cachondas, un policial, un juego con los géneros, una experimentación literaria.

"Un cadáver enterrado en el patio de la casa de Máximo Posse es descubierto por unos albañiles que trabajan en trasplantar un árbol de granada para poder colocar en su lugar una pileta de poliuretano. A partir de este incidente, Las malas lenguas empieza a desentramar una historia familiar que se vuelve cada vez más compleja, oscura y fascinante", intenta describir la contratapa. Acierta, pero es solo otra de los infinitos modos posibles de describir el libro.

López trabaja sin pausa, pero la salida al mundo de su obra es espaciada. Comenzó con La asesina de Lady Di, que fue finalista del Premio Clarín 1999, la publicó Adriana Hidalgo en 2001 y se tradujo al portugués y al inglés. Para romper con el ritmo cansino, empezó el año con Rubias del cielo (Mansalva), que expone el proceso de lo que finalmente fue esa primera novela. Aquel trabajo rupturista y desfachatado en su trama y forma, repleto de supersticiones, y misterios, es el puntapié inicial del estilo que el autor perfeccionó en lo que va del siglo XXI.

En Las malas lenguas, su segundo libro en 2017, López vuelve a trabajar con Damián Ríos (y ahora su socio Mariano Blatt), que fue el editor de Keres cojer? = Guan tu fak (2005), en la entonces incipiente editorial Interzona. Aquella es la historia de Vanesa Hotmail, una travesti tan mala como heroica, y sus relaciones familiares, el mundo que la rodea, y una trama policial fuera de género, contada con chats, videos, mails y expedientes judiciales. Esta, su tercera novela, tiene el mismo ADN de las anteriores, y sigue la exploración por los márgenes de la literatura.

Las historias de Las malas lenguas llegan desmenuzadas y tienen su eco en la tapa, realizada con una obra del autor que, no casualmente, es un collage. Ese muerto en el jardín es el disparador de una trama detectivesca que se ramifica en escenas del presente y el pasado de los personajes que rodean a de Maxi, un pichón de cheto venido a menos antes del auge económico, profesor de tenis, taxi boy y aspirante a artista que transita aturdido, hipocondriaco y místico, una suerte de viaje de autoconocimiento.

Las malas lenguas - Blatt & Ríos
Las malas lenguas - Blatt & Ríos.

López narra la historia en episodios, con diálogos, chats, desgrabaciones de sesiones psicológicas, fichas de personajes, avisos clasificados, cartelitos que piden mucamas, sueños, perfiles en páginas para buscar sexo, poemas, canciones, subrayados de cartas astrales, listas, búsquedas en internet, frases para remeras hypsters, recuerdos, fantasías, necrológicas y cartas anónimas.

Las malas lenguas es una evolución de Cuentos putos, una obra de teatro estrenada en 2008 (dirigida por Inés Saavedra). Antes, había sido un proyecto experimental que proponía ordenarse solo, en tarjetas que armaban un libro deconstruido. Todas las versiones fueron el camino necesario para este resultado: lo que era una chispa, ahora explota.

Es una novela incómoda, pero como aparece rodeada de una aparente frivolidad, cierta acidez, una engañosa liviandad, hace reír. La hija de desaparecidos no es heroica, es una estafadora y no quiere saber nada sobre su origen. El niño abusado no está traumado, se venga al crecer, pero no justicieramente, si no por codicia y comodidad. Las videntes son ciegas. Hay temas escabrosos, sordidez, y un fondo áspero que se va dosificando de a gotas, así que en pleno entretenimiento, de pronto llega el trago algo amargo, que se acumuló sin que el lector se dé cuenta. La diversión tiene un eco reflexivo. Qué tipo de gente somos, qué es la bondad, cómo son el amor, las relaciones, este país, las familias. Nada es bueno o malo. Todo es ese mix que Las malas lenguas desparrama y reúne.

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