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El Papa llamó a la comunidad internacional a ayudar a Bangladesh a resolver la crisis de los rohingya

Francisco elogióla acogida de más de 600.000 miembros de esa minoría islámica

Jueves 30 de noviembre de 2017 • 12:36
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LA NACION
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El papa Francisco en Bangladesh
El papa Francisco en Bangladesh. Foto: AFP

DACCA.- Si en Myanmar evitó mencionar a los "rohingya", palabra prohibida en ese país, al llegar hoy al vecino Bangladesh, Francisco habló en forma directa de su drama.

En su primer discurso en este país de 160 millones de habitantes en un territorio que es un tercio de Myanmar, de hecho, agradeció a Bangladesh por haber recibido desde agosto pasado a más de 600.000 miembros de esta minoría islámica. Sin pronunciar nuevamente el término, denunció el hacinamiento de "tantos de nuestros hermanos y hermanas" en campos de refugiados y lanzó un fuerte llamado a la comunidad internacional "para que ofrezca asistencia material inmediata a Bangladesh", uno de los países más pobres del sudeste asiático.

"En los últimos meses, el espíritu de generosidad y solidaridad, que es un signo distintivo de la sociedad de Bangladesh, se ha manifestado con más fuerza en el impulso humanitario con el que han atendido a los refugiados llegados en masa del estado de Rakhine, dándoles refugio temporal y lo necesario para la vida", dijo, recién llegado a esta nación de mayoría musulmana, ante autoridades políticas y miembros de la sociedad civil y el cuerpo diplomático, en el Palacio Presidencial de Bangababhan, espectacular edificio de principios del siglo XX, construido en estilo "moghul", mezcla de arquitectura islámica e hindú.

Francisco elogió la acogida de Bangladesh a los refugiados "que se ha realizado con no poco sacrificio, como todo el mundo ha podido contemplar". "Ninguno de nosotros puede ignorar la gravedad de la situación, el inmenso costo en términos de sufrimiento humano y de la precaria condición de vida de tantos de nuestros hermanos y hermanas, la mayoría de los cuales son mujeres y niños, hacinados en los campos de refugiados", sentenció. "Es necesario que la comunidad internacional tome medidas decisivas para hacer frente a esta grave crisis, no sólo trabajando para resolver los problemas políticos que han provocado el desplazamiento masivo de personas, sino también ofreciendo asistencia material inmediata a Bangladesh en su esfuerzo por responder eficazmente a las urgentes necesidades humanas", urgió.

A su turno hizo lo mismo el presidente bengalí, Abdul Hamid, que en su discurso sí nombró con todas las letras a los rohingyas, denunciando las "atrocidades inhumanas" cometidas en su contra por el ejército de Myanmar. Hamid reclamó, además, su "retorno digno y sostenible a su hogar ancestral", en el estado de Rakhine, en Myanmar. Y elogió al Papa por "la loable postura adoptada en favor de los sufridos rohingyas y su apasionada voz en contra de tal brutalidad, que hace esperar que pueda resolverse la crisis".

Más allá a su directa referencia al drama, Francisco aseguró en su discurso que llegó a este país siguiendo los pasos de sus predecesores, Pablo VI (que vino en 1970, cuando Bangladesh era aún Pakistán oriental) y Juan Pablo II (1986). Y que su visita, que durará hasta el sábado a la tarde, está dirigida principalmente a la minúscula comunidad católica, de apenas 375.000 fieles.

Destacó, sin embargo, la importancia que tendrá mañana su encuentro con líderes de otras religiones, en el que se espera la presencia de un pequeño grupo de rohingya.

"Juntos oraremos por la paz y reafirmaremos nuestro compromiso a trabajar por ella", dijo. "En un mundo en el que la religión a menudo se usa escandalosamente para fomentar la división, el testimonio de su poder reconciliador y unificador es muy necesario", afirmó.

En este marco, recordó que después del terrible atentado terrorista del 1 de julio del año pasado en un café de Dacca -en el que murieron 20 personas, entre los cuales 9 italianos-, hubo una "reacción unánime de indignación". Entonces las autoridades religiosas de la nación coincidieron en afirmar que "el santísimo nombre de Dios nunca se puede invocar para justificar el odio y la violencia contra otros seres humanos, nuestros semejantes".

Sobre este punto, el presidente bengalí en su discurso destacó la política de "tolerancia cero" puesta en marcha por su gobierno "para erradicar las causas profundas del terrorismo y de la violencia extremista". Al mismo tiempo, manifestó su preocupación por la creciente "islamofobia" en "muchas sociedad occidentales".

Un catolicismo todavía presente

Como ya había hecho en Myanmar, país de mayoría budista, el Papa también recordó la importancia de la Iglesia católica, que aquí tiene muchísimas escuelas, clínicas y dispensarios, a los que asisten muchos no cristianos. "Estoy convencido de que, en sintonía con la letra y el espíritu de la Constitución nacional, la comunidad católica seguirá disfrutando de la libertad de llevar a cabo estas buenas obras como expresión de su compromiso por el bien común", dijo el Papa. La frase dejó entrever la preocupación entre los católicos del auge de una visión cada vez más integrista del Islam, que en 1988, durante la dictadura, fue proclamado religión de Estado.

Si bien Bangladesh nació como un Estado laico, en las últimas cuatro décadas, debido a la influencia de países musulmanes como Arabia Saudita y el vecino Pakistán, el islam bengalí -tradicionalmente más relacionado con corrientes moderadas, que al fundamentalismo-, sufrió un proceso de radicalización, que se acentuó después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. En los últimos años partidos islamistas retomaron fuerza y se multiplicaron los homicidios y las agresiones contra blogger, intelectuales, misioneros, líderes religiosos y cooperantes bengalíes. Y Bangladesh se ha vuelto un terreno fértil para la propaganda de grupos como Al Qaeda y Estado Islámico.

Seguridad extrema

No por nada la llegada del Papa -que coincidió con la noticia del secuestro de un sacerdote católico de un poblado al norte del país-, estuvo marcada por medidas de seguridad extremas, mucho más fuertes que en Myanmar.

Cuando el Papa llegó a las 15 locales al aeropuerto internacional de Dacca, donde fue recibido por el presidente bengalí con todos los honores, salvas de cañón, niños en hábitos tradicionales y piquetes militares, era visible un fuerte despliegue de seguridad, con francotiradores en los techos.

La presencia del Papa en Dacca, con 18 millones de habitantes, una de las ciudades más pobladas del mundo, colapsó el ya caótico tránsito de la ciudad. Para que pasara el convoy papal, de hecho, la policía cerró diversas arterias, provocando un bloqueo total. Pero nadie se quebaja. "Es un gran honor para los bengalíes recibir al líder de Roma, aunque la gran mayoría es de religión musulmana, la gente sabe que él es amigo de los pobres y aquí somos muy pobres", explicó el sacerdote bengalí Gabriel Costa.

Fiel reflejo de la importancia que le da Bangaldesh a su ilustre huésped, las paupérrimas avenidas de Dacca lucían varios carteles de bienvenida a "His Holiness Pope Francis". Con su tránsito enloquecido, rickshaw y autobuses destartalados, las calles lucían decoradas por decenas de banderas del Vaticano y Bangladesh. Algo que no se vio en Myanmar.

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