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Reseña. Una casa junto al tragadero, de Mariano Quirós

Una voz hipnótica y vertiginosa
Carolina Esses
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3 de diciembre de 2017  

Hay algo de Faulkner en Una casa junto al Tragadero, la novela que le valió el último premio Tusquets al argentino Mariano Quirós. Se podría decir que el autor construye a su narrador y personaje principal, el Mudo, a partir de historias que circulan por el monte chaqueño pero también en torno a esos freaks que pueblan la literatura del sur de Estados Unidos. Hay, también, algo de ese Congo que inmortalizó Conrad en El corazón de las tinieblas -Kurtz clavaba cabezas humanas a modo de antorchas en la entrada de su casa; el Mudo utiliza cabezas de monos- o algo de la búsqueda de Sara Gallardo en Eisejuaz, esa obsesión por la particularidad del habla de un personaje. Sin embargo, cualquiera de estas filiaciones sería incompleta. Si hay algo que caracteriza esta novela es la construcción de un lenguaje, de un tono, de un habla particular y originalísima que es la de la primera persona que narra -el Mudo- pero que bien podría ser la de todo el monte en que transcurre.

Quirós (Resistencia, 1979), que ya ganó varios premios -entre ellos el de la Semana Negra de Gijón y el del Fondo Nacional de las Artes-, elige el punto de vista y la voz de un personaje que, paradójicamente, no puede hablar. Esto le aporta una gran carga de interés a la narración, a la manera en la que se narra. El Mudo llega desde la ciudad y, sin demasiada explicación, se instala en una casa en ruinas. Esta extranjería le permite al autor indagar en el asombro que provoca un escenario asfixiante donde todo aparece deformado. "Lo que más me costó fue acostumbrarme a la oscuridad", dice el Mudo. "Acá se hace de noche y el mundo desaparece. Y yo no había previsto una cosa así, no había previsto nada en realidad." Las casas, construidas sobre el barro y la maleza, están esparcidas por caminos imposibles de atravesar. Las personas son mucho más fantasmas que seres de carne y hueso. El río -el Tragadero del título- es una presencia que devora todo aquello que se le acerca. Por la zona circulan gauchos que, envalentonados por la cocaína, luchan cuerpo a cuerpo con yacarés. Insúa -lo más parecido a un amigo que tiene el protagonista- tiene dos ejemplares, les pone correas y se sienta custodiado por los animales en la galería de su almacén.

El código de conducta del Mudo es singular. Se las ingenia para manipular un cadáver en descomposición; se le da por espiar las relaciones sexuales de los vecinos pero no tolera la grosería ajena; es capaz de matar si la situación lo requiere pero puede ser de una gran ternura; pasa el tiempo echado debajo de un árbol tomando vino, preocupado por una particular idea de la limpieza -todo es tierra y barro, pero él se cuida de no ensuciarse al comer una naranja-, atento a su perra y cazando monos que despelleja y cocina.

La trama se articula entre un pasado que narra sus comienzos en el monte, con el presente: un grupo de la Asociación Vida Silvestre se instala a pocos metros, río Tragadero de por medio. Él ya ha recibido la visita de otros como ellos que, guiados por Soria -un vecino que parece empecinado en arruinarle la vida- intentan hacerle ver la ilegalidad de la caza de monos. Estos torpes ecologistas se ven rápidamente inmersos en una situación de violencia anunciada que podría formar parte del guión de una película de terror clase B -otro gran acierto de Quirós es su trabajo con el género-, sólo que aquí la locura no es patrimonio exclusivo de nadie y el monte termina siendo ese pozo ciego en el que todos caminan en círculo.

En Una casa junto al Tragadero Quirós construye un mundo único porque narra, justamente, desde un protagonista que está fuera del mundo y de la interacción convencional. "Quién sos", le pregunta, asustado, uno de los personajes. Dice el narrador: "Abrí la boca para contestarle pero entonces me acordé que yo no hablaba, que yo era el Mudo y que -según se decía en la Colonia- estaba medio loco". Sin habla, el Mudo es para los demás brujo, enfermo, loco. Es el marginal, el desplazado, el que elige correrse de una civilización de la que no ha podido o no ha querido formar parte. La contrapartida de su mudez es la verborragia que le ofrece al lector y que construye una narración vertiginosa e hipnótica que Quirós sostiene a lo largo de la novela y que lo coloca como uno de los nombres a tener en cuenta en la actual literatura argentina.

UNA CASA JUNTO AL TRAGADERO. Mariano Quirós, Tusquets. 232 págs., $ 349

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