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Cuando gente de la ciencia llega al poder

Domingo 03 de diciembre de 2017
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No cabe duda de que la ciencia tiene mucho que aportar a la política, a la toma de decisiones, a la esfera pública. Pero.¿están los científicos dispuestos a hacerlo? ¿Saben cómo? ¿Lo hacen?

Como suele suceder, la respuesta es muy amplia, y hay de todo en la viña de la ciencia. Podemos comenzar por recordar a científicos que han dado el (¿mal? ¿buen?) paso hacia el otro lado del mostrador. Empecemos por presidentes, cancilleres y ministros, como el ingeniero nuclear Jimmy Carter, o Chaim Weizmann, primer presidente de Israel y bioquímico (incluso desarrolló una reacción para producir acetona mediante fermentación bacteriana). Más cerca está la doctora en química cuántica Angela Merkel; vaya a saber si los vericuetos subatómicos le sirvieron para entender mejor a Europa. Muchos (¡pero muchos!) presidentes o primeros ministros de Singapur y China han sido matemáticos o ingenieros (y el mismísimo emperador Hirohito de Japón se hizo construir un laboratorio de biología marina en su palacio).

No todo es para enorgullecerse, claro. Allí están la química Margaret Thatcher (que llegó a investigar cristalografía de rayos X con Dorothy Hodgkin, quien luego ganaría el premio Nobel), desarrollando mejoras para la industria del helado, aunque dicen que luego se olvidó un poco de "la industria", y (del lado menos feliz de la historia) también está el ingeniero Osama bin Laden.

Pero algo tiene la química. Y si no, pregúntenle a un tal Francisco, que estudió y trabajó de técnico químico antes de ser llamado por Otros Elementos. No está solo: la presidenta (sí, la) de la iglesia episcopal es una bióloga marina.

Posiblemente el congreso norteamericano sea el de mayor proporción de investigadores e ingenieros: más de 30 congresistas tienen algún pasado científico. Y en tiempos de Trump, muchos hombres y mujeres de ciencia se están entrenando para llegar al poder y dejar de simplemente quejarse (hasta hay asociaciones que los ayudan en el camino, como Acción 314. y adivinen de dónde vienen esas cifras. Políticos, sí, pero no por eso menos nerds).

Quizá la estrella contemporánea de esta ciencia política es el matemático Cédric Villani, genio, medallista Fields (el Nobel de su disciplina), director del instituto Poincaré y flamante diputado de la corte del presidente Macron. Y si hablamos de matemáticos, cómo olvidar al profesor Sergio Fajardo, alcalde de Medellín, gobernador de Antioquia y actualmente precandidato a la presidencia de Colombia (su aventura anterior fue como candidato a vice del también matemático Antanas Mockus. y no les fue muy bien). Se dice que Fajardo cambió Medellín con ciencia, bibliotecas y educación.

En la Argentina, muy pero muy pocos legisladores o miembros del ejecutivo han venido directamente del trabajo en las ciencias exactas y naturales (aunque muy pronto podremos experimentarlo, dado que el ex presidente del Conicet ha resultado electo como diputado). Sí hemos tenido médicos e ingenieros. pero no nos vamos a poner a discutir aquí su carácter científico, ¿verdad?

Otro punto de contacto (o, más bien, de fricción) es el lobby que hacen las sociedades científicas de muchos países con sus legisladores y gestores, para que en una decisión que tiene que ver con ciencia se escuchen sus voces. De nuevo, en nuestro país las academias pocas veces han cumplido este rol -con honrosas excepciones históricas-. Lo mismo sucede con oficinas científicas destinadas a aconsejar a las decisiones de gobierno (con Inglaterra a la cabeza).

De nuevo: no resulta muy fructífero dedicarse a la función pública basados en intuiciones, encuestas o recetas que puedan haber funcionado en otro lado. Una mirada científica puede ayudar, y mucho, a analizar las evidencias, a hacer pequeños experimentos, a entender el mundo desde otro lado. Científicos y políticos, unidos y adelante.

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