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Rutinas que confirman la vida

Domingo 03 de diciembre de 2017
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PARA LA NACION
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Foto: Enríquez

Cuando lo único permanente es el cambio, cuando la novedad se impone sólo porque es novedosa (si se permite la redundancia), casi nada permanece. Desaparecen también las referencias y las señales que, tanto en los caminos como en la vida, cumplen una importante función orientadora. En los tiempos líquidos, que tan bien definió el sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), no hay oportunidad para la consolidación de ideas, relaciones o proyectos que permanezcan en el tiempo, que creen memoria e historia, que trasciendan. Todo se licúa y se disuelve en la correntada. Una rutina es entonces una herejía, porque equivale a repetición, a retorno, a permanencia. Termina convirtiéndose en sinónimo de aburrimiento. Y en la versión 3.0 de los pecados originales figura el aburrimiento.

Pero el sol sale cada día, la luna llena se ve cada veintiocho días, cada 21 de septiembre se inicia la primavera, las mareas suben y bajan con puntualidad desde hace millones de años, todas las noches dormimos y todas las mañanas despertamos, generalmente en la misma cama, además el tren o subte que esperamos siempre llega y siempre nos transporta, retornamos a nuestros lugares favoritos y siguen ahí, cada vez que tocamos el interruptor se enciende la luz. Nadie diría que algo de esto es aburrido. Son rutinas. Repeticiones. Cosas que hacemos o cosas que esperamos y cuya verificación nos tranquiliza. Porque las rutinas no inmovilizan el tiempo, sino que certifican los rumbos, nos aseguran que seguimos vivos.

A mediados del siglo XVI, se incorporó a nuestro idioma la palabra "rutina", tomada del francés routine, que a su vez viene del latín route (ruta). La rutina es eso, una hoja de ruta. En su ensayo Ya no es como antes, en el que estudia los cambios en las formas del amor, el psicoanalista italiano Massimo Recalcati dice que el amor se revela nuevo en la eterna repetición de sí mismo, como ocurre con la naturaleza a través de sus ciclos. Las rutinas pueden ser repeticiones mecánicas o pueden ser rituales que preñamos de contenido a través de gestos, actos y palabras que se repiten. Depende de cómo se viven.

La rutina de llegar a casa y saber que encontraremos a nuestro ser o nuestros seres queridos, que nos contaremos las peripecias del día, la rutina de la cena o el encuentro mensual o quincenal con los amigos, la rutina de celebrar el cumpleaños, la rutina de planear y organizar las vacaciones, todas las rutinas pueden ser vividas como epifanías, pequeñas celebraciones de la continuidad de la vida, de los vínculos, de los caminos elegidos. Rituales existenciales. "No hay nada malo en los rituales; de hecho, se inventaron para hacer más llevaderos los momentos difíciles, delicados", escribe el premio Nobel de Literatura sudafricano J.M. Coetzee en su novela Desgracia.

Darse cuenta de esto tiene un requisito previo: el de vivir despierto, abandonar el automatismo de la velocidad, de la carrera urgente hacia ninguna parte. Para que una rutina se establezca como ritual existencial se necesita paciencia, presencia, compromiso, cooperación, contacto, atención. Mudarse del tiempo como flecha al tiempo como espiral, que pasa una y otra vez por los mismos lugares, que nunca son los mismos porque cambia la distancia y la altura. Como cambiamos todos, aunque seamos los mismos. Razón por la que el poeta granadino Luis García Montero, marido de la novelista Almudena Grandes, pudo escribir: "Son extrañamente hermosos todavía, estos labios de hace ahora tres años y pareciera inédito el gesto de tu beso, este llegar aquí cada vez más tranquilo, con la serenidad del que tiene por cómplice a la vida y su rutina". Amén.

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