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El SMS cumple hoy 25 años

Fue un día como hoy, pero de 1992, cuando fue enviado el primer mensaje de texto; conocé cómo nació, y por qué usa 160 caracteres

Domingo 03 de diciembre de 2017 • 00:49
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LA NACION
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Un día como hoy, pero hace 25 años, el primer SMS de la historia llegó a un teléfono celular. El celular, un Orbitel 901 (el primer teléfono GSM; un mamotreto de 2 kg de peso) estaba en manos de Richard Jarvis, que trabajaba en Vodafone, la operadora de telefonía móvil inglesa; el remitente, Neil Papworth.

Un Orbitel 901
Un Orbitel 901. Foto: Archivo

Papworth tenía 22 años, trabajaba en Sema Group (una firma francesa de tecnología) y envió el SMS desde una PC ese 3 de diciembre de 1992: el Orbitel 901 que tenía Jarvis era el primer celular capaz de recibir SMS, sí, pero todavía no había ninguno que fuera capaz de enviarlos. Así que usó una PC para mandarle un "Feliz Navidad" a Jarvis.

Merry Christmas

Lo mandó en esa fecha "porque en la oficina de Vodafone estaban festejando la Navidad en forma adelantada", le explicó Papworth a LA NACION hace unos años. "No sé cuál fue su reacción, pero yo tenía alguien al lado que hablaba por teléfono con otra persona que estaba en esa oficina, al lado de Jarvis, y que confirmó que el mensaje había llegado".

Neil Papworth
Neil Papworth. Foto: Archivo

En efecto, junto con el nacimiento del SMS nació la tan molesta costumbre de llamar preguntando "¿te llegó lo que te mandé?", que luego BlackBerry intentó llevar a la obsolescencia con el acuse de recibo de los mensajes (aunque ahí nació la práctica de "clavar el visto", pero eso es otro tema).

Papworth fue algo parco en su mensaje: "Merry Christmas" son 15 caracteres, contando el espacio. Le quedaban otros 145 para saludar al resto del equipo, o desearle un feliz año, o algo. No necesitaba firmar el mensaje, porque no había otra persona capaz de enviar un SMS: no había duda de que era él el remitente.

Recién al año siguiente, en 1993, se envió un SMS de un celular a otro en una red comercial. Los libros de historia dicen que fue Riku Pihkonen, un estudiante de ingeniería haciendo una pasantía en Nokia. Hoy, un cuarto de siglo después, hay más de 5000 millones de personas que tienen la posibilidad de hacer lo mismo.

Por qué 160

¿Y por qué 160 caracteres? La explicación requiere, como todo, algo de perspectiva. La primera llamada del mundo desde un celular la hizo Martin Cooper en 1973 en Estados Unidos; la primera red comercial comenzó a funcionar en 1979 en Japón. A principios de la década de los 80s las telefónicas europeas comenzaron a construir sus redes y a dar servicio de telefonía móvil (en ese entonces, una locura: permitía hablar por teléfono fuera de casa o de la oficina), en un mundo que recién se asomaba a las computadoras: la PC es de 1981; la Commodore 64 llegó al mercado en 1982.

La leyenda dice que en 1984, el finlandés Matti Makkonen tuvo una idea (en una pizzería, como corresponde a las grandes ideas): usar el sistema de señalización interna de la infraestructura de las redes de telefonía móvil -analógica-, que estaba ociosa el 90% del tiempo, para algo: en ese entonces lo único que podía hacerse con un celular era una llamada de voz. La idea de Makkonen, que murió en 2015, fue bien recibida, y el grupo que estaba entonces intentando estandarizar las diferentes tecnologías de redes móviles en Europa puso manos a la obra.

Matti Makkonen
Matti Makkonen. Foto: Archivo

A su ritmo, claro: les tomó buena parte de la década llegar a un estándar para definir el SMS imaginado por Makkonen y otros ingenieros de la época (Makkonen siempre insistió en que fue una idea grupal). El protocolo inicial del mensaje de texto lo definieron, en gran medida, el alemán Friedhelm Hillebrand (otro de los pioneros, aunque en su libro sobre el SMS dice que no hubo pizzería involucrada) y el francés Bernard Ghillebaert, que hicieron la primera propuesta del estándar en 1985. Hillebrand decidió probar, en una máquina de escribir, cuántos caracteres necesitaba para mandar mensajes que -suponía- podían ser los que la gente fuera a usar. Con dos líneas y media de texto, consideró, entraba una cantidad de información razonable: 160 caracteres.

Quienes clamen por más espacio o pregunten por qué no definió un número más generoso (200, o 250, o 500 caracteres) deben recordar que los teléfonos de entonces tenían pantallas muy pequeñas; que la memoria, y los procesadores, eran carísimos. Y que los mensajes se enviaban por los canales de señalización de la red, que no estaban preparados para el procesamiento masivo de información: no eran servidores de datos. Los mensajes se iban guardando, para su procesamiento, en un equipo que debía almacenarlos... así que debían ser cortos, para que el almacenamiento no fuera caro, para que el procesamiento no fuera complicado y para que su lectura (y escritura) no tomaran un siglo en un teléfono en el que la pantalla y el teclado no estaban pensados para textos largos.

Friedhelm Hillebrand
Friedhelm Hillebrand. Foto: Archivo

Revolución en descenso

Así, el SMS nació como muchos de los grandes cambios en tecnología: como un proyecto secundario, robando un poco de hardware de aquí y de allí. Y luego explotó, popularizado por los jóvenes, que con la aparición de las tarjetas prepagas para cargar crédito en el teléfono, en el último lustro del siglo pasado, encontraron una alternativa más económica (y silenciosa) para la comunicación que las llamadas. Y que recuperaron -probablemente sin saberlo- ideas que se habían implementado en el siglo XIX con los telegramas para abreviar palabras y aumentar la cantidad de información en esos 160 caracteres: ese argot de palabras sin vocales, q, k y demás que hoy, con el texto predictivo de los teléfonos, con los mensajes de audio, con los emoji, sigue mutando.

El SMS ya no es lo que era: resulta algo obsoleto para mucha gente, y molesto: como el mail, el spam hace de las suyas en ese territorio, y visitamos el cliente de SMS cuando no queda otra (se cae Whatsapp, por ejemplo).

Hablando de Whatsapp: hoy, con un quinto de los usuarios, procesa más de 60 mil millones de mensajes a diario, contra los 20 mil millones de SMS que, se estima, circulan cada día por el mundo. Y a eso hay que sumarle los demás mensajeros (incluyendo Facebook Messenger y WeChat, cada uno con casi mil millones de usuarios; FaceTime, Skype, etcétera)

En la Argentina, los números no dejan duda: según Claro, en su red circularon 25.943 millones de SMS en los teléfonos de 15 millones de usuarios durante todo 2008; en 2011 llegaron a 32.586 millones (con casi 20 millones de usuarios; el número es para todo el año) y siguieron creciendo; pero a partir de 2014 los números se desplomaron y en 2016 fueron 4678 millones (la sexta parte); la red de Movistar cursó, ese año, 3900 millones en total. Hoy, según Personal, un usuario de su red recibe unos 3 SMS al día en promedio.

Un Nokia 1011, de 1992: el primer teléfono digital para las redes GSM, y el primero en ser capaz enviar y recibir SMS
Un Nokia 1011, de 1992: el primer teléfono digital para las redes GSM, y el primero en ser capaz enviar y recibir SMS.

La condena del éxito

Se le atribuye a Chris Gent, el fundador de Vodafone, la afirmación de que "el SMS es lo más cercano a la ganancia pura jamás inventada": un éxito fenomenal para las operadoras. Pero esa enorme popularidad fue también la condena del mensaje de texto: obligado por su condición de estándar, por tener que funcionar con todos y con todo, pensar en algo que lo reemplazara estuvo fuera de discusión por mucho tiempo. De hecho, el SMS hoy sigue siendo idéntico al que definió Hillebrand hace tres décadas.

El SMS es un estándar abierto: casi cualquier teléfono hecho después de 1993 es compatible. Pero eso obliga a la industria a ir con pies de plomo: cambiar algo podría hacer que se rompa la compatibilidad con lo anterior. Un teléfono 2G de hace 20 años no tendría problemas en enviar y recibir SMS hoy con el mismo resultado que un iPhone X de mil dólares. El correo electrónico sufre limitaciones similares, aunque desde el vamos fue siempre más flexible, y el software se encargar de esconder los parches.

Las aplicaciones de mensajería instantánea modernas, en cambio, no tienen esa limitación: pueden evolucionar al ritmo de sus usuarios. Hoy cualquier mensajero que se precie permite enviar mensajes extensos, fotos, audios, videos, archivos, hacer videollamadas, etcétera. A la vez, imponen una restricción: Whatsapp no es un estándar abierto ni funciona en cualquier dispositivo. Hoy no es posible, por ejemplo, hacer una nueva plataforma móvil (por buena que pueda ser) y crear un cliente de Whatsapp propio: es la compañía la que decide dónde estará presente y, así, marca el pulso de la industria. Y lo hace pensando en su propio éxito, antes que en el bien general.

¿No pudo la industria hacer algo así? ¿Mejorar lo presente? Sí: lo intentó con el MMS, por ejemplo, que permitía enviar fotos y GIF animados de un celular a otro. Pero aplicó la mirada analógica (exprimir el servicio al máximo y cobrarlo carísimo; pensar en términos de feudos y regiones) mientras al mundo le estaba pasando por encima la aplanadora digital, aquella que postula que las distancias dejan de importar, y que enviar un mensaje, o ver un sitio, debe tener siempre el mismo costo, sin importar dónde esté el usuario y dónde el servicio.

Hoy nos resulta trivial hacer una videollamada con alguien que está del otro lado del mundo. Recién en 1995, es decir, dos años después de que el SMS se ofreciera como un servicio comercial, fue posible enviar un mensaje de texto a un teléfono de otra compañía. Ni hablar de la idea de los SMS ilimitados, o que se pudieran enviar a cualquier número del mundo al mismo costo que uno local: eso requirió un cambio de mentalidad fenomenal.

El mensajero es el medio

En 2005 nació el BlackBerry Messenger, el primer mensajero instantáneo para móviles. La suerte estaba echada. No habría vuelta atrás. Pero la industria intentó actualizar el SMS con la creación, en 2008, de los Rich Communication Services, o servicios de comunicación enriquecida que, esperaban, reemplazarían al SMS por algo más flexible y con mayores prestaciones: uno de sus hijos fue Joyn, un mensajero móvil estandarizado, que llegó... en 2012.

Dato de color: fue en 2008 que el ucraniano Jan Koum viajó por el mundo; entre otros países pasó por la Argentina y se encontró con que enviar y recibir SMS con sus amigos internacionales era un engorro. Así, en 2009 comenzó, junto a Brian Acton, a desarrollar un mensajero instantáneo basado en los números de teléfono (y no en nombres de usuario) para generar la lista de contactos. Y aunque en 2011 le djo a LA NACION que no creía que el Whatsapp fuera a reemplazar al SMS, hoy para mil millones de personas cumple exactamente esa función.

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Mientras, el SMS -que sigue siendo una forma de comunicación importante para mucha gente, sobre todo en países o zonas donde la conectividad es deficiente- encontró un nicho donde sigue siendo vigente: el de las comunicaciones no humanas, donde es posible aprovechar la infraestructura ociosa y el modesto hardware necesario para que una máquina avise a un proveedor que se está quedando sin stock, para que una vaca avise por dónde anda en el campo, para que un colectivo indique en qué parte de su recorrido está, aunque transmitiendo su posición tomada por el GPS, y no con el mensaje de texto "estoy llegando", tan clásico y tan mentiroso, en muchos casos, que hizo popular el SMS.

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