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Ya no importa si hubo suerte: ahora hay que jugar (y ganar)

Viernes 01 de diciembre de 2017 • 12:23
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MOSCÚ - Islandia en el debut, Croacia para medir el nivel, Nigeria para seguir escribiendo una historia en común. Moscú y San Petersburgo con una escala intermedia en la exótica Nizhny-Novgorod. El sorteo del Mundial nos devolvió a la ilusión cíclica que regresa cada cuatro años. Y ya no importa si hubo suerte, que la hubo. De lo que se trata ahora es de jugar. Y de ganar.

Lo dejó clarísimo Diego Maradona, en un nuevo alarde de antidiplomacia, esta vez desde el mismo escenario del sorteo con las bolillas aún calientes y vibrando. "Creo que el grupo de Argentina es bastante accesible por los equipos que le tocaron. La Argentina tiene que mejorar, no puede jugar tan mal como lo está haciendo".

Excesivamente contundente para el momento y el lugar, sí. Pero no se puede negar que, una vez más, Maradona puso el dedo en la llaga. Porque la travesía ya es larga, demasiado larga.

Si el Brasil orgulloso de haber tenido a Pelé asombraba a las puertas de Estados Unidos 94 porque llevaba 24 años sin títulos mundiales desde aquel hito que fue México 70, la Argentina que enarbola a Maradona llegará a Rusia 2018 con un recuerdo, el de México 86, que tiene ya 32 años. No hay vuelta que darle: es una generación y media que vive de imágenes tan eternas y épicas como inevitablemente desgastadas por el paso del tiempo.

Desde la gloria en el Azteca, la selección sumó grandes momentos, aunque siempre coronados por frustraciones que más de una vez se interpretaron como confabulaciones externas y no como errores propios.

En Italia 90 la "culpa" fue de Edgardo Codesal, pero sobre todo de una selección remendada y sin poder de fuego ante una Alemania que pagaba su deuda apenas cuatro años después.

En Estados Unidos 94 nos cortaron las piernas, aunque dos décadas más tarde resulta difícil negar que en realidad nadie le cortó nada a la Argentina de Maradona: fue todo voluntario y autoejecutado.

De Francia 98 queda el recuerdo de una distracción en el final de un partido que iba al alargue en cuartos y una imagen para la vergüenza, la del jugador que, cuando ya todo está escrito, descarga la frustración con un cabezazo al arquero rival.

En Corea/Japón 2002 no tuvimos casi tiempo de soñar, todo se terminó cuando recién empezaba. Quince años más tarde ese Mundial se sigue jugando: no podemos creer lo que pasó.

De Alemania 2006 recordamos que Messi nunca dejó la butaca y nos preguntaremos siempre qué hubiera pasado si entraba a jugar. Los alemanes sigue aliviados hoy, porque en aquel entonces le tenían pánico a los "bajitos" argentinos.

De Sudáfrica 2010 nos queda que a los alemanes (sí, otra vez) no se les "cayó una idea", aunque les sobrara para acertar cuatro goles en el arco argentino de la selección de Maradona.

Y de Brasil 2014 (¡otra vez Alemania!) queda una final más que digna y pareja. Fue justo que ese partido lo ganara Alemania, pero también lo hubiera sido que lo ganara la Argentina.

Los títulos del 78 y el 86 son imborrables para la selección y el país. No se los quita nadie. Pero es la hora de la Argentina del incomparable Messi, y de eso es tan consciente el "10" como lo es Jorge Sampaoli, el hombre que pretende hacer lo que ya hicieron César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo.

"La Argentina no viene a pasear, venimos a ser campeones, ¿no?", lo apuraron ayer a Sampaoli durante una charla informal en el hotel Crowne Plaza de Moscú.

El técnico podría haber respondido con una larga perorata y anteponiendo prevenciones, al fin y al cabo los 32 años sin títulos no son su responsabilidad. Pero Sampaoli hizo algo mucho más sencillo: le dio la razón a su interlocutor. Y, con ese simple gesto, aceptó la enorme responsabilidad que todo un país futbolero cargó sobre sus hombros.

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