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Todo lo que nadie ve: cuando lo invisible acecha

Sábado 02 de diciembre de 2017
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LA NACION
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Todo lo que nadie ve / Dramaturgia y dirección: Javier Rodríguez Cano / Intérpretes: Julián Fuentes y Lourdes Invierno / Dirección de arte: Gustavo Maggi / Realización de escenografía: Federico Falasco / Diseño de luces: Christian Gadea / Realización de objetos: Lorena Pavesi / Sala: Vera Vera (Vera 108) / Funciones: viernes, a las 21 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy bueno

Julián Fuentes y Lourdes Invierno: un hijo y su madre, la debilidad
Julián Fuentes y Lourdes Invierno: un hijo y su madre, la debilidad.

"Fuera de vos no tengo nada", se oye decir a uno de los dos personajes que construyen esta pieza ni bien los espectadores se acomodan en sus butacas. Esa frase quedará suspendida en el aire y servirá, sin dudas, para generar el clima de opresión y necesidad que viven estos seres.

Las actuaciones rígidas de un comienzo se contraponen con las que vendrán después; es que se trata de un hijo y una madre encerrados que, cada tanto, para pasar el rato, recitan y actúan algunos pasajes teatrales. Por eso esa frase inicial que corresponde ni más ni menos que a La gaviota, de Chéjov, funcionará como una base ideal en donde se apoyará luego la trama. O más bien la relación de madre e hijo porque esta obra va a hacer foco en este crudo vínculo que se ha forjado más bien por debilidad.

Un hijo, una madre y una ausencia. El padre ha muerto y ellos, ahogados en un penar profundo, temen que algo le ocurra al otro y su mundo, entonces, se desvanezca. Así se aman, no desinteresadamente, sino por falta. Es que no se tienen más que a ellos mismos y esa carencia los inhabilita. Por eso, él la mantiene encerrada, una posible solución para que esté a salvo y entonces mantenerse a salvo a él mismo. El hijo sale, trabaja y vuelve a esa casa que los asfixia, pero los contiene.

La puesta muy cuidada recrea miméticamente, hasta el más mínimo detalle, el cuarto que supo ser de un matrimonio y que ahora le pertenece sólo a ella.

Un cuarto empapelado que muestra el impiadoso paso del tiempo. Una cama en el centro de la escena y algunos objetos dispersos hablan mucho más que las palabras. El silencio y la omisión se hacen carne en ese espacio. Una habitación convertida en cárcel, una casa convertida en halcón de recuerdos y una relación que sofoca a la vez que los mantiene a flote.

Habrá que mirar bien a esa madre, interpretada con dulzura y con profundidad por Lourdes Invierno, para entender el dolor que sufre, su vida desmoronada, hecha trizas por un pasado que atormenta. Empequeñecida y cabizbaja expone la fragilidad. En cambio él es alto, fuerte, pero sólo en apariencia; esconde su inmadurez, su incapacidad de vivir sin ella. La dirección de Javier Rodríguez Cano cuida todos los detalles que construyen esa díada indivisible.

Mientras que ellos buscan el modo de subsistencia, las hormigas comen de a poco la casa, la estructura, el esqueleto, y las rajaduras de punta a punta que recorren todos los zócalos indican mucho más que lo que ellos son capaces de ver. Lo invisible, todo lo que nadie ve, acecha.

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