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La isla desierta: una obra de Roberto Arlt en manos del Grupo de Titiriteros

Sábado 02 de diciembre de 2017
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LA NACION
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La isla desierta / Autor: Roberto Arlt / Adaptación y dirección: Adelaida Mangani / Elenco: Emmanuel Abbruzzese, Ayelén Allende, Victoriano Alonso, Diego Baez, Ariadna Bufano, Mariana Elizalde, Valeria Galíndez, Francisco Garrido, Bruno Gianatelli, Carolina Graff y Florencia Svavrychevsky, entre otros / Música: Vicentico / Escenografía: Carlos Di Pasquo / Vestuario: Walter Lamas, Alejandra Farley, Katy Raggi y Svavrychevsky / Iluminación: Omar San Cristóbal / Teatro: San Martín / Funciones: sábados y domingos, a las 15 / Nuestra opinión: muy buena

En la oficina contable junto al muelle todo sigue una rutina establecida. Sólo el paso de los barcos que entran y salen del puerto genera alguna alteración. La vista de sus chimeneas por las altas ventanas y el sonido de sus sirenas movilizan la fantasía de los oficinistas. El ritmo de la música de Vicentico se hace eco de paisajes lejanos. Se producen errores contables, surgen chispas vitales, entra en crisis la obediencia al mandato laboral.

Un mundo rutinario con música de Vicentico
Un mundo rutinario con música de Vicentico.

Roberto Arlt llamó "burlería" a la obra estrenada en el Teatro del Pueblo en 1937. El tono es burlón. Una primera lectura del argumento parece sugerir que los oficinistas fueron burlados en sus ilusiones. Otra más profunda insinúa que el trabajo alienado es una burla a la vida. Todo ello está presente en la adaptación y puesta en escena de Adelaida Mangani al frente del Grupo de Titiriteros. Lo opresivo y lo disruptivo se alterna y entrecruza.

El humor aflora también en la relación de los titiriteros con los personajes, a los que no sólo manipulan. También les ofrecen sostén poniendo sus propios cuerpos como escenografía móvil. Por momentos incluso con una movilidad que distrae un poco del accionar de las figuras protagónicas. El dispositivo escénico diseñado por Carlos Di Pasquo opone el estatismo de los empleados atados a sus escritorios a la dinámica que adquieren cuando liberan sus deseos.

Sueños de amores y viajes, de fútbol, aventuras y canto se asoman entre los números y las letras de los libros de contabilidad. Los deseos de los cuatro oficinistas afloran a partir de los relatos de un cadete que asegura haber recorrido mundo. Se arma la fiesta, la fantasía los traslada a la ilusión de una isla desierta.

Pero los jefes avanzan, irrumpen pisando los cuerpos de los titiriteros como aplastan la vida de sus empleados. El abrupto final, que parece cortar tanto la rutina como los sueños, deja abierta la pregunta: ¿vale la pena salir a tomar conciencia de los deseos, aun a costa de perder la seguridad de quien no arriesga? La música de Vicentico sigue sonando?

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