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Caprichos, bronca y frustración pueden estimular cambios muy productivos

Grandes acciones e inventos nacieron de sentimientos que no fueron reprimidos,sino que sirvieron de motor para la transformación de una determinada realidad

Domingo 03 de diciembre de 2017
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LA NACION
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Eduardo Galeano cuenta en su libro Los hijos de los Días el nacimiento del cine. Como se sabe, Galeano fue tan historiógrafo como poeta, lo que abre infinidad de perspectivas. Recuerda que la primera exposición de la novedad en la pantalla fue en 1895, producida por Louis y Auguste Lumière, en el Grand Café de París. Filmaron la salida de trabajadores de una fábrica de Lyon. Sala llena: 35 espectadores. Entre estos se encontraba George Méliès, el gran innovador de la embrionaria cinematografía. "Quiso comprar la cámara filmadora", relata Galeano. "Como no se la vendieron, no tuvo más remedio que inventar una".

Se abren así dos hechos significativos. En primer lugar, preguntarse por qué eligieron los hermanos Lumière esas escenas para presentar los resultados de su invento. El film dura menos de un minuto, pero no cabe duda de que es uno de los momentos de mayor movimiento en la sociedad humana de la época. Se abre el portón y se distribuyen hombres, mujeres, y hasta alguna embarazada hacia diferentes rumbos. Por la vestimenta pueden diferenciarse los operarios de los administrativos y hasta un perro, curioso, se instala para disfrutar del espectáculo. No hay trucos ni efectos especiales. Son innecesarios porque esa gente, alguna presurosa, otra más tranquila, lo dice todo. Es el trabajo como centro de la vida.

Por otro lado, no cabe duda de que Méliès fue un prototipo de emprendedor de fines del siglo XIX. Aunque no hay épocas predeterminadas para serlo, a principios de nuestro siglo el oficio tiene buena prensa, por lo que no vale la pena insistir en las ventajas del entrepreneur, cayendo en el lugar común y maniqueo de que "serás emprendedor o no serás nada". Hay quienes tienen capacidad y vocación para iniciar un negocio y otros que no. Tan simple como esto.

Vale la pena rescatar, sin embargo, el valor motorizador de la rabieta. De la bronca, como decimos en nuestras tierras. Cualquiera que se sienta impedido de hacer aquello que lo entusiasma o desea tiene dos caminos: la resignación o la búsqueda de sendas alternativas. No contamos con estadísticas, pero es muy probable que la mayoría de los inventos y creaciones en general tengan su raíz en la furia. Por lo tanto, no deberíamos desperdiciar aquellos sentimientos, aparentemente negativos porque nacieron fuera del ámbito de amor y paz.

Quedarían descartados los caprichos, pero también aquí hay una muy delgada línea que separa los caprichos de las convicciones. Es difícil identificarlas con claridad e inmediatamente. Podría decirse, con sorna, que Colón era un caprichoso que, por seguir su intuición, terminó descubriendo un Nuevo Mundo, aun cuando no llegó a enterarse. ¿Y San Martín? ¿A quién podría ocurrírsele, en esa época, cruzar los Andes con todo un ejército y sus pertrechos?

La lista podría ser larga, con cientos de ejemplos parecidos. Entonces, desde el punto de vista del management, no deberían descartarse así nomás aquellas objeciones e insistencias de las personas a cargo. Y aquí sí podríamos abrir paso a un lugar común: el valor de escuchar sin prejuicios. Después de todo, el mecanismo es muy simple y se puede desarmar. Si todo lo que me sugieren, sea que me caigan simpáticos o no, quienes lo hagan, pasa por el filtro de hierro de las propias creencias, se corre un riesgo muy alto.

Cualquiera que deba administrar el trabajo de otros es, en sí mismo, quien puede activar los mayores obstáculos. Así surge el coaching, señalando otros caminos posibles. Para Méliès, su mejor coach fue la bronca.

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