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El camino es espinoso, pero el peor rival somos nosotros

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 03 de diciembre de 2017
El Grupo D de Rusia 2018
El Grupo D de Rusia 2018. Foto: AFP

Argentina no puede jugar tan mal como lo está haciendo", manifestó Maradona un par de minutos después de terminado el sorteo para el Mundial. Su declaración resume la conducta de los argentinos con nuestra selección de un tiempo a esta parte: somos autodestructivos, conspiramos entre nosotros, nos ponemos más obstáculos que nuestros rivales. Y es por eso que pensando en el exigente torneo que nos espera me parece imprescindible empezar por este punto antes de analizar a quienes nos han tocado.

Me gustaría saber por qué extraño misterio en la Argentina cargamos con el mandato de tener que ser campeones del mundo, eliminando cualquier matiz entre esa opción y todas las demás. Acá es campeón o nada, campeón o fracaso.

Los futbolistas somos plenamente conscientes de lo que significa la victoria, sabemos lo difícil que resulta atravesar una competición y ganarla, conocemos la delgadez de la línea que separa el triunfo y la derrota. Pero habría que informárselo a la gente para evitar que se hable con tanta liviandad sobre el asunto.

Se tiende a creer que ganar es sencillo y que errar un gol en una final resulta gracioso. Todo es comedia y demostrarles a los demás qué vivos somos, pero el jugador lo siente. Por algo Lionel Messi amenazó con abandonar el equipo o Gonzalo Higuaín pidió no ser convocado, incapaz de superar burlas, decepciones y maltratos.

Los comentarios que tratan a un jugador de "segundón y fracasado" entran con él a la cancha y se convierten en su enemigo. Es una mochila adicional que empuja a olvidarse del juego y embarcarse en el ganar como sea, esa "ofensiva irrespetuosidad", como la denominó César Luis Menotti, que desautoriza a quien pierde e invita a pensar que aquellos que no ganamos somos unos tarados.

Este Mundial será muy particular para la Argentina por ser el último para una camada de futbolistas que vienen arrastrando frustraciones, y habrá que ver cómo gestiona cada uno la confianza en sí mismo, cómo limpian sus cabezas y saltan sus vallas internas. Y también cómo colaboramos los que estamos afuera, sin dejar de cuestionar ni de criticar pero con el respeto como límite.

Ahora sí hablemos de los rivales. El grupo presenta sus dificultades y después, si se cumplen los vaticinios, el camino promete ser espinoso, con Dinamarca (o Francia), España y Alemania en el horizonte.

El escollo inicial será Islandia. Todo debut en una competencia presenta sus complicaciones e inseguridades porque uno no sabe bien cómo se encuentra, no conoce su medida real. Esta vez nos espera un país sin tradición, pero que ha hecho una gran inversión en infraestructuras deportivas para, por ejemplo, entrenar incluso en los meses de más frío; y un equipo sin cracks, aunque no por ello sin fortalezas. Sólo que debemos buscarlas por otros lados. Están en el conjunto, en la solidaridad y la disciplina; y en el sentimiento de pertenencia que implica representar a una nación pequeña para la que todo es ilusión, retos y la inmejorable sensación del descubrimiento. Va a ser un partido duro. Por ellos, por nosotros, por el contexto, por ser el primero.

Croacia siempre ha sido una selección amenazante y con muy buenos jugadores. En ese sentido no hacen falta más credenciales que mirar su medio campo. Rakitic, Modric y Kovacic, hombres con carácter y experiencia, acostumbrados a jugar en la élite, conforman el esqueleto de un equipo que lo tiene todo.

Con Nigeria nos hemos visto mucho, hasta en amistosos. Y si bien el último (caída por 4-2 en Krasnodar, hace apenas un mes) no puede tomarse como medida, sí demuestra que si no se llega a ese partido bien afirmado el resbalón es posible.

Tenemos por delante siete meses para conocer a los rivales, pero antes de mirar a los demás el momento debe ser nuestro. Para afianzar y perfilar el equipo, para buscar los intérpretes y armar las pequeñas sociedades, para encontrar ese tercer volante que acompañe a Messi.

Es el tiempo de pensar menos en el pasado o la historia (ya nadie gana con la camiseta en un Mundial) y más en el presente y el futuro; más en el juego y menos en destruir lo que vamos creando. Creo que con Jorge Sampaoli se ha dado un prometedor puntapié inicial pero no puede ni debe reinar la impaciencia. Y quien tenga algo para decir debería hacerlo con un argumento noble y sin tirar frases a la ligera.

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