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Jorge Almirón se va de Lanús después de haber grabado su identidad

El DT dirigirá este domingo por última vez al granate, ante Vélez; una filosofía que llegó a los jugadores y marcó una etapa fantástica

Domingo 03 de diciembre de 2017
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PARA LA NACION
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Jorge Almirón
Jorge Almirón. Foto: Archivo / Mauro Alfieri

Diferente en los modos y las formas, Jorge Almirón se convirtió en un revolucionario de perfil bajo. Un técnico con señas propias a la hora de exponer sus ideas y, fundamentalmente, para convencer a un plantel de alinearse en ese camino a seguir. Gestos ampulosos, gritos desbordados y conductas estridentes no forman parte de su repertorio; apenas si hubo algunos saltos en el momento más caliente de la histórica serie con River por las semifinales de la última Copa Libertadores. Líder de tono sereno, genera que los jugadores se involucren a partir del abanico de herramientas que les ofrece para resolver las distintas situaciones de un partido. Deja una modélica figura de la concepción futbolística que asume. Lo consiguió en Defensa y Justicia en el ascenso, lo ratificó en Godoy Cruz y aunque no pudo imponerlo en Independiente lo consolidó en su mayor expresión en este Lanús que mañana dejará tras el partido frente a Vélez. La caída en la final ante Gremio lo impulsó a tomar la decisión, que hizo pública en radio La Red.

"Tengo mis convicciones de juego bien claras. Sin ser caprichoso, no traiciono la idea en la que creo, porque considero que todos los equipos pueden jugar bien", le había dicho a LA NACION en su llegada a Lanús, en enero de 2016. Y esa premisa fue arrolladora en su primer torneo: hizo del granate un gran campeón al ganar con holgura su zona y luego pulverizar a San Lorenzo en la final. No fue el único mano a mano en el que destronó a un grande. También ganó la Copa Bicentenario ante Racing y la Supercopa Argentina frente a River. Así, la Copa Libertadores de ninguna manera se presentaba como un utopía, sino como un movilizante desafío. "No alcanzó pero estoy agradecido al grupo de jugadores que tengo. Hemos dado todo para ser campeones de América", dijo al anunciar su alejamiento del club.

Con un vínculo de cercanía con los futbolistas -aunque de inquebrantable firmeza en las pautas de conducta- generó altos rendimientos individuales para desarrollar un juego colectivo de enorme fortaleza. El círculo más virtuoso que se puede generar en este deporte. Pulió cada pieza para la programada fluidez del conjunto. Iván Marcone aseguró que le cambió la carrera. De Lautaro Acosta hizo otra vez un jugador de selección. A Esteban Andrada lo rescató de su préstamo en Arsenal para volver a mostrar al arquero en el que alguna vez se había fijado Barcelona. También recuperó a Alejandro Silva. A Román Martínez le devolvió la determinación de su elegancia. Sacó lo mejor de la juventud de José Luis Gómez y de la veteranía de Maximiliano Velázquez, laterales esenciales en su concepción. Y demostró no ser obstinado, porque José Sand no era un centrodelantero que se ajustara a sus preferencias, pero ambos terminaron por convencerse mutuamente.

Anunció la formación para enfrentar a Gremio antes del viaje a Porto Alegre. Para la vuelta tampoco ocultó que la única variante sería el ingreso del defensor Marcelo Herrera por el suspendido Diego Braghieri. Anticipar la alineación es una de sus costumbres. Muestra el mazo sin descubrir las cartas. En la baraja está la planificación minuciosa, el esfuerzo sin concesiones, el estudio clínico del rival, el aporte de la tecnología en el deporte de alto rendimiento. Y en Lanús encontró un grupo receptivo a esa filosofía.

Su germinación como entrenador fue en México, un fútbol marcado por la premisa de Ricardo La Volpe de iniciar cada jugada desde el propio arco con pases cortos. El volcánico DT que influyó en Josep Guardiola lo dirigió en Atlas, y Almirón tomó para siempre esa innegociable salida por abajo. Un estilo que no estuvo exento de zozobras en Lanús, pero que grabó una identidad continuada en las rotaciones de la zona media y un ataque ancho de coronación por el centro.

La valía de Jorge Almirón como entrenador no necesita más pruebas; independientemente de las frustraciones, ineludibles en un juego en el que nadie gana siempre. A los 46 años alcanzó la madurez desde el equilibrio que mantuvo en un crecimiento de pasos tan firmes como trascendentales.ß

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