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La Dolfina: hacer lo que haga falta para ganar siempre...y ganar casi siempre

El equipo es una máquina de triunfos a la medida de su fundador, Cambiaso, siempre dispuesto a innovar y cambiar lo que sea con tal de levantar copas; un ciclo que tiene al menos dos años por delante

Domingo 03 de diciembre de 2017 • 22:53
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Foto: LA NACION / Soledad Aznarez

Adolfo Cambiaso es -o más bien fue- ahijado deportivo de Gonzalo Pieres . El "Maradona del polo" de los ochentas construyó el último tercio de la escalera del desconocido muchacho de Cañuelas hacia la cúspide. Compartieron siete temporadas argentinas y muchos éxitos, y una vez retirado su padrino polístico, Adolfito iba a ser el líder de Ellerstina , el equipo de la familia Pieres. Gonzalo le pidió que jugara con su hijo de 17 años, Gonza, la Triple Corona del año 2000, y hasta hubo presentación del conjunto ante la prensa.

Meses después, en el circuito de Palm Beach, a Cambiaso no lo convenció el nivel del adolescente. Le pidió a Pieres cambiar la formación, mientras el chico ganaba un año más de maduración. El "no" de Gonzalo fue terminante y su ahijado abrió la grieta: se marchó de Ellerstina. Era cantado que algún día el crack jugaría por su propio club, con su nombre y su camiseta. Pero a los 25 años, decidió desplegar las alas en ese momento, con pocos caballos propios y un conjunto armado de apuro.

Así de voraz es la mentalidad de Adolfo Cambiaso. No tolera años de transición: donde él juega, hay que ganar. Es cierto que por muchos años, hasta 2012, se permitió un respiro en Tortugas y Hurlingham -Palermo era innegociable-, pero no en el polo profesional del exterior. Desde 2013, ese margen ya no existe. Con Milo Fernández Araujo como director técnico y tres genios del polo, Juan Martín Nero, Pablo Mac Donough y David Stirling, como compañeros, La Dolfina va por todo. Y se adueña de casi todo.

Una de las primeras alineaciones de La Dolfina
Una de las primeras alineaciones de La Dolfina.

No siempre fue así. Ni siquiera cuando en sus primeros cuatro años tuvo un dream team. Cambiaso salió de Ellerstina junto a su compadre Bartolomé Castagnola y su amigo Sebastián Merlos; Juan Ignacio Merlos era la pieza que encajaba perfecta en el hueco de Gonzalito Pieres. El equipo usaba el Abierto de Tortugas como preparación, se encendía en el de Hurlingham (tres conquistas) y sufría las finales de Palermo: siempre favorito, ganó una sobre cuatro. Tenía talento y era anfibio para el juego (se manejaba bien en polo abierto y en polo cerrado), pero la caballada no era suprema, los éxitos fueron menos que los esperados y el cuarteto de tres amigos y un hermano terminó sufriendo con la sintonía humana. Cuestión de onda entre sus integrantes. "Faltó un Abierto más", piensan hoy sobre ese ciclo.

Cambiaso barrió el tablero para 2004. Emigraron los Merlos y llegaron un protegido de él, Santiago Chavanne, y un experimentado con quien se había triplecoronado una década antes, el mexicano Carlos Gracida. El experimento salió muy mal: La Dolfina no llegó ni a una de las tres finales en una temporada en la que incluso fue perdiendo rendimiento. La única en que no alcanzó la definición de Palermo en sus 18 años.

Para 2005, otra vez borrón y cuenta nueva. Cambiaso eligió a otro viejo conocido exitoso, Mariano Aguerre, y Castagnola seleccionó a un muchacho en ascenso, Lucas Monteverde, que sería el encargado del trajín en el medio. Menos taqueo y estética deportiva, más oficio y marca. La fórmula funcionó... principalmente donde querían Adolfito y Lolo, Libertador y Dorrego. Ahí La Dolfina se potenciaba, con un estilo que le daba rédito en los momentos calientes de los partidos cruciales: Cambiaso con la bocha, zigzagueando por la cancha, y el resto abriéndole camino. Los torneos anteriores eran, en general, más de disgusto que de placer. Y así, después de un duro 13-19 a manos de Ellerstina en Hurlingham en el primer choque oficial de 80 goles en la historia, la situación interna se tensó. Todo terminó bien en Palermo, donde Aguerre hizo el gol de oro con el que cerró sus cinco años en La Dolfina, una época muy prolífica para él, pero de incomodidad familiar por enfrentarse con sus cuñados Pieres en el conjunto archirrival.

Se fue el multicampeón y arribó el uruguayo David Stirling, una debilidad de Cambiaso. No fue bueno ese 2010, que además incluyó la Triple Corona para Ellerstina. Pero el ingreso de Nicolás Pieres al equipo negro para 2011 cambió la historia del clásico.

Para que ingresara el menor de los tres hermanos, debió irse alguien: Juan Martín Nero. Enterado del reemplazo, Cambiaso fue tan rápido como en la cancha y convocó al trenquelauquense. Pablo Mac Donough no quiso seguir en Ellerstina y pronto recibió desde Cañuelas una propuesta. Y así, con tres ex hombres de La Z, se constituyó este La Dolfina avasallante.

A Adolfito le vino de perillas el movimiento, por más que resultó difícil y amargo distanciarse de Castagnola, su compañero de siempre y hasta cuñado. Tras años de asumir la presión del liderazgo y de recibir los golpes y raspones que conlleva ser el dueño de la bocha en un conjunto, Cambiaso descansó en sus nuevos compañeros y se dedicó a ser uno más en el juego. Uno más de cuatro superdotados, claro. Y cuando apareció Fernández Araujo, sobrevino el clic mental: La Dolfina, de nuevo un dream team, era demasiado equipo como para exigirse a fondo sólo en Palermo.

Y aparecieron la casi paliza a Ellerstina en la final de 2011 (16-10), los 40 goles de handicap, las tres Triple Corona consecutivas, los cinco Argentino Abierto en fila, la enorme ventaja en el historial del clásico (27-13). Con una sola derrota en La Catedral: el 12-10 en la definición de 2012. ¿Se quedó Ellerstina? No es el de 2010, está claro, pero más bien subió La Dolfina. Hasta las nubes.

La Dolfina, nuevamente campeón en Palermo
La Dolfina, nuevamente campeón en Palermo. Foto: LA NACION

Tiene talento en cantidad. Si hasta Pelón Stirling, el que se suponía el limitado en cuanto a destreza, es hoy un hábil taqueador, que sería superfigura en cualquier otro cuarteto. Onda sobra: juntos, los cuatro disfrutan, se llevan muy bien, un poco por personalidades y otro tanto por trabajo de Milo, el único mérito que se arroga el DT de perfil bajo. No hay estrellatos entre ellos; cada partido hay una figura distinta. La voracidad por triunfar tiene consecuencias: se hace todo con profesionalismo y se invierte mucho en caballada, sea en criar, en comprar o en clonar. Y los clones, con Cambiaso como pionero, han demostrado que funcionan. Tener replicadas varias veces a Cuartetera y a Lapa no puede ser sino una ventaja.

Con todo eso, Cambiaso, Stirling, Mac Donough y Nero dominan el polo desde 2011, cuando se reunieron los cuatro. Se tutean con la historia. No muestran signos de desgaste personal, aunque, por supuesto, las victorias facilitan todo. Sí hay un primer indicio de incidencia de la presión ("cada vez cuesta mucho más conseguir todo esto que viene realizando La Dolfina", admitió Mac Donough) y vale recordar que el gran Juan Carlos Harriott (h.) se retiró casi en plenitud por el hastío de la presión, por pasar a tener más por perder que por ganar. Por lo pronto, La Dolfina se prometió a fines del año pasado jugar tres temporadas más, así que quedan por lo menos dos. A los 42, Cambiaso mostró que tiene físico para rato, porque en los últimos tiempos lo ha cuidado más entre hábitos fuera de la cancha (más preparación y tratamientos) y menor desgaste en ella. No podrá repetir muchas veces lo de la final de anteayer -recibió varios tacazos y caballazos, no malintencionados pero sí imprudentes o fortuitos-, pero sí rendir sus 10 goles, que dentro de unos días mantendrá por 23er año seguido.

Así las cosas, los demás van a tener que subir más, porque de una temporada a otra La Dolfina no parece perfilarse hacia una pérdida de poderío. La máquina de ganar amenaza seguir produciendo victorias. E historia.

La Dolfina, nuevamente campeón en Palermo
La Dolfina, nuevamente campeón en Palermo. Foto: LA NACION
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