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Preguntas que abren posibilidades

"Se puede reconocer que un hombre es inteligente por sus respuestas. Se puede reconocer si un hombre es sabio por sus preguntas". Naguib Mahfouz
Andrea Churba
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5 de diciembre de 2017  • 00:50

Las preguntas son la punta de lanza de nuestra aproximación al mundo, a otras personas y a nosotros mismos. Ante una pregunta, nuestro cerebro se pone en marcha inmediatamente para encontrar respuestas. Como si se tratara de un rompecabezas o un enigma, la búsqueda no se detiene hasta que damos con alguna solución. Sin embargo, no todas las preguntas son útiles para pensar y actuar con eficacia.

De la calidad y la variedad de nuestra indagación depende que podamos percibir más o menos alternativas de acción. Muchas veces, sin darnos cuenta, caemos en maneras automáticas de escanear el entorno que nos predisponen a encontrar siempre las mismas respuestas, o respuestas parecidas. En el modo en que formulamos las preguntas subyacen los supuestos de los que partimos, y es usual que encontremos solo las respuestas que se amoldan para confirmarlos. Valgan como ejemplo las inquietudes que se suscitaron entre los empleados de una empresa de retail local que fue adquirida por una importante compañía global. Algunas personas se preguntaron: ¿Me voy a quedar sin trabajo?, ¿Seré capaz de adaptarme a esta nueva estructura?, ¿Voy a perder poder? Estas conjeturas las dejaban empantanadas en estados de ánimo negativos y limitaban el campo de lo que podían hacer para evitar que sus hipótesis se cumplieran. Otros, por el contrario, encararon el desafío con una perspectiva más amplia: ¿Qué hay de bueno en este cambio?, ¿Qué oportunidades hay para mí/para mi equipo en esta nueva configuración?, ¿Cómo puedo hacer para resaltar el valor de mi experiencia y mis competencias, conservar mi trabajo y seguir desarrollando mi carrera aquí? La flexibilidad en la formulación de las preguntas les permitió percibir que, de hecho, la empresa se había vuelto más grande y más compleja, y que por lo tanto quizás tenían más posibilidades, y no menos, de las que tenían antes. Y aunque sabían que nada de lo que hicieran les otorgaba garantías, el optimismo y el empoderamiento les permitió hacer más probable que suceda lo que deseaban, y generar una transición menos traumática y más feliz.

Para provocar a nuestros cerebros a que encuentren respuestas innovadoras tenemos que cambiar las preguntas que nos hacemos. Por ejemplo, cuestionarnos POR QUÉ no podemos resolver un problema o un desafío, puede mantenernos girando sobre soluciones muchas veces improductivas. Si queremos saltar directamente a las acciones posibles es más útil encabezar la fórmula con la palabra CÓMO: ¿Cómo puedo resolver esto? Preguntar por el CÓMO nos induce a cuestionar nuestros presupuestos, a curiosear y a explorar más allá de lo obvio, de lo razonable y lo predecible. Nos instala en un estado de ánimo positivo y proactivo, ya que da por sentado que la solución existe, y que está en nosotros encontrarla. Simultáneamente abre tras de sí una estela de otras preguntas que, a su vez, nos estimulan a seguir buscando alternativas: ¿De qué otra manera lo puedo hacer?, ¿Qué pasaría si pruebo X?, ¿Y si intento Y?, ¿Qué pasaría si hago lo contrario a lo que la lógica me indica? También es muy interesante observar lo que sucede cuando incluimos el plural en la formulación de estas mismas preguntas: ¿Cómo PODEMOS pensar/ resolver / actuar? Al establecer la colaboración como supuesto, se aleja la tentación de resolverlo solos, se rompen los silos y se hacen visibles los puentes y las coincidencias. Un simple cambio en la estructura de la pregunta tiene el potencial de transformar una cultura.

En un contexto vertiginoso, donde casi todo está en duda, sería imposible y necio suponer que alguien puede tener todas las respuestas. Es más, la ilusión de certeza nos puede llevar a seguir mirando el presente y el futuro con lentes del pasado. Lo que sí podemos hacer es refinar nuestras preguntas para volverlas más estratégicas. Por eso es tan importante que nos cuestionemos periódicamente qué y cómo estamos preguntando. ¿Estamos liderando nuestro propio foco y el de otras personas con las preguntas adecuadas? Esta manera en que estamos preguntando, ¿abre o cierra posibilidades? ¿Es motivadora? ¿Es empática? Para dominar el arte de preguntar bien, al principio quizás nos demande un esfuerzo de atención extraordinario escapar a la inercia de los enfoques habituales. La práctica sostenida va a ir consolidando el hábito de buscar siempre una pregunta más bella, como llama el experto en innovación Warren Berger en su libro A More Beautiful Question: The Power of Inquiry to Spark Breakthrough Ideas (2014), a "una pregunta ambiciosa, aunque realizable, que puede comenzar a modificar la manera en que percibimos o pensamos algo, y que puede ser útil como catalizador para producir el cambio".

El entorno es mucho más rico en posibilidades de lo que puede parecer a primera vista. Hay miles de datos y oportunidades que están esperando a recibir una pregunta adecuada para iluminarse. Hacer preguntas bellas está al alcance de todos, sin distinción de títulos ni jerarquías. Una organización que cambia sus preguntas y estimula a su gente a cambiarlas pavimenta su camino de evolución con sabiduría.

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