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Alejandra Flechner: "Hay gente que quiere llegar a lugares cristalizados; yo no"

Con las obras Tarascones, que repone en enero, y La madre del desierto, en cartel, confirma que es una de las actrices más interesantes de la escena; del Parakultural al teatro "serio"

Martes 05 de diciembre de 2017
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LA NACION
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Del grupo de humor ochentoso Gambas al Ajillo a la actualidad pasaron muchas cosas, pero la esencia es la misma
Del grupo de humor ochentoso Gambas al Ajillo a la actualidad pasaron muchas cosas, pero la esencia es la misma. Foto: LA NACION / Fernando Massobrio

"Hay gente que quiere llegar a lugares más cristalizados, yo no; de eso me escapo. Me gusta más el efecto jabonoso de algo difícil de agarrar".

Quien habla con esa voz tan particular es Alejandra Flechner (o la Negra Flechner, como se la conoce). De joven fue una de las indepilables del Parakultural con aquel grupo de culto que fue Gambas al Ajillo (1986-1994), en los más diversos antros de aquellos tiempos tan traumáticos como expansivos. Verónica Llinás, María José Gabin, Laura Market y la Negra impusieron en humor liberador de un "talento descomunal", dixit Alejandro Urdapilleta.

Desde aquel momento, Flechner hizo esto o aquello y siempre en esto o aquello dejó y sigue dejando una marca de una personalidad arrolladora, sea en montajes de Miguel Guerberof, en unas apariciones del mítico programa De la cabeza, rokeándola con Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez, en temporada con Enrique Pinti, filmando una película en medio de la crisis de 2001 junto a sus compinches Alejandro Urdapilleta y Puma Goity o como la enfermera de Una visita inoportuna, de Copi, junto a su admirado Jorge Mayor. También fue Juana Azurduy y fue la única mujer de El método Grönholm, y fue Zulema Yoma, y fue Eva Perón, también de Copi ("digamos que hice de Benjamina Vicuño", apunta con ese sarcasmo que la caracteriza).

Por su reciente actuación en Tarascones (junto con otras fieras de la escena, como Paola Barrientos, Eugenia Guerty y Susana Pampín) ganó varios premios. No sería extraño que sumara algún otro por su actual trabajo en La madre del desierto, de Nacho Bartolone, y junto a otro animal de la escena como es Santiago Gobernori, vestidos ambos por el genial Endi Ruiz.

En plan de sobreactuaciones, Tarascones, que el 12 de enero se repondrá en el Picadero, es la única producción de la escena pública que superó la famosa grieta: fue programada por la anterior gestión del Cervantes y reprogramada por la actual. "En verdad, la cosa fue así -explica esta mujeraza de charla fluida y belleza criolla-. Hace tiempo, Gonzalo Demaría [autor de la obra] me cuenta que estaba escribiendo un texto y que para un personaje pensaba en mí. Al tiempo, me llaman del Cervantes para proponerme hacer algo ahí, lo cual me interesó porque nunca había trabajado en esa sala. Les sugerí la obra de Gonzalo, se la mandé y quedó perdida en la Internet. Al tiempo se dio. Estrenamos en la anterior gestión del teatro, a cargo de Rubens Correa, y repusimos con el lanzamiento de la gestión de Alejandro Tantanian. Yo hacía el chiste de que éramos como el hijo del matrimonio anterior [se ríe]. En el Cervantes hubo cambios, muchos. Hacia afuera, se ve en lo que hace a la línea curatorial y en el interior también se nota el cambio. Más allá de estas cuestiones, lo importante es que ahí labura gente muy valiosa que ama lo que hace".

Su interpretación en La madre del desierto, de lo mejor del año
Su interpretación en La madre del desierto, de lo mejor del año. Foto: Mauricio Cáceres

-Tus últimos tres trabajos en teatro fueron Salón Skeffington, con puesta de Silvio Lang, junto a Iride Mockert; Tarascones, con dirección de Ciro Zorzoli, y La madre del desierto, de Bartolone. Con diferentes matices, todos son propuestas por fuera de ciertas normas de lo teatral.

-Digamos que vengo ladeada, como en una falsa escuadra hacia lugares que siento como propios.

-¿Acaso no es una de tus marcas?

-Digamos que sí..., no me gusta dejarme capturar, soy medio escapista, medio Houdini. Soy actriz, trabajo con continuidad (algo que no les pasa a muchos). Sé que uno puede pasarse la vida de brazo en brazo como un hermoso bebe que cada vez es menos hermoso porque es más viejo, pero no. Sé que el mundo del espectáculo tiene sus limitaciones y muchas veces replica los prejuicios que uno combate a diario como persona. Si arranqué como "la graciosa" podría haberme quedado conduciendo programas, pero no me cuadraba. Cuando siento que algo puede quedar fijo, me agarra cosa. De todas maneras, dejémoslo muy en claro: no tengo armado un discurso sobre esto.

-Podrás no tenerlo, pero sí es claro como marca tuya de creación a lo largo de los años.

-Está bueno eso de "marca de creación". Porque uno, como intérprete, no es un Playmobil de un director y un texto. Yo, con La madre del desierto, armé la cosa en medio de una crisis con el afuera, con ese sospechar que si el mundo te guía los caminos algo no cierra. Es que, a la larga, los actores somos como medio patéticos. No dejamos de ser un cuerpo ofreciéndose, y eso, con el tiempo, se puede poner un poco difícil. Por eso a veces terminás viendo a grandes actores haciendo payasadas que siempre son dignas desde la perspectiva de la necesidad de trabajo.

-Te habrá pasado.

-Me pasó en la vida, no sólo en la actuación. Pero, llegado un momento, ciertas crisis me hicieron pensar que si salí de un lugar que era de "arreglárnoslas entre nosotras", me refiero al tiempo de las Gambas, ¿por qué no seguir en esa? No soy de quedarme a vivir en un determinado lugar, necesito como droga dura arriesgarme. En medio de ese proceso junté material para armar algo, fui a ver una obra de Nacho [Bartolone] y quedé impactada con su escritura poética. Pensé en él, no lo conocía, di vueltas, lo busqué en Facebook y le mandé un mensajito onda "hola..., soy tal... y bueno...". Nos juntamos, terminó apareciendo la idea de trabajar alrededor del mito de la difunta Correa, apareció el Cervantes y terminamos estrenando en la sala Orestes Caviglia, la misma en la que había hecho Tarascones. A veces pienso que terminé como alquilando la Caviglia para darme los gustos [se ríe con ganas]. En verdad, me gusta el diálogo con otras generaciones y con tanto mundo en común. Pensá que Nacho tiene 33 años y que cuando yo tenía esa edad nos estábamos despidiendo de las Gambas...

-En esos tiempos terminaban la función y se iban a hacer la trasnoches en Búnker, Pinar de Rocha o donde sea... ¿De ahí viene esa necesidad vital de crearte tus mundos?

-En mí, y en nosotras, tiene que ver con sentirme como una persona anómala, que no encaja. No encaja y ni quiere encajar. Así es como llegué a ser actriz, pero después de estudiar música...

Una figura de salón Skeffington
Una figura de salón Skeffington.

-Y danza, y teatro, y flamenco...

-¡Y kung fu con espada y todo! [hace el gesto] Escapándome de una cosa y otra encontré lo mío. Me gusta comerme el viaje sin saber adónde voy, me gusta sentir que con cada obra soy una nueva actriz. Tiene algo de punk ochentoso, pero me gusta la emoción fuerte, la víscera tirada al suelo y el trabajo de intercambio. No soy exitista.

-No siendo exitista, pienso en el último ACE que ganaste por tu actuación en Tarascones. ¿Cómo te sienta esa situación del reconocimiento, de la foto del éxito?

-Mirá..., más allá del mimo, hay varias cosas. Premios tengo: Martín Fierro, Estrella de Mar...

-¿Los tenés guardados?

-Sí, pero nada a la vista.

-¿Dónde están, en un placar?

-Sí... digamos que soy una premiada del clóset [nueva risotada a la Flechner]. Los tengo en un placar del comedor, abajo, entre velas, cables... Siempre pensé que los premios hablan más de quienes los entregan que de quienes los reciben. También me hacen preguntar el motivo de esa cosa tan perversa de que te elijan frente a una cámara para ver tu cara de ganadora o de perdedora. Es una situación de mierda para la cual, para colmo, te tenés que poner linda. De todas maneras, hay circunstancias. Los premios que ahora recibió Tarascones están buenos porque nos sirven en un momento en el cual estamos volviendo como cooperativa al Picadero. Distinto fue cuando, hace poco, me dieron el Trinidad Guevara. Ahí entendí lo que realmente es un premio que implica una remuneración. ¿Ves? Ese no lo guardo en el placard. ¡Me voy con él bajo el brazo a comprar un kilo de churrasco!

Tarascones, la obra con la que vuelve al Picadero
Tarascones, la obra con la que vuelve al Picadero. Foto: Gustavo Gorrini

En su libro

Las indepilables del Parakultural

"En las Gambas Gauchas la Negra ya estaba en la plenitud. Su gaucho emulando la imagen de un Gardel for export, pero con cara de Patora con bombachas bordadas de flores y recitando el Martín Fierro, era una síntesis perfecta. Te ponía los pelos de punta. Resultaba increíble escucharla, parecía como si realmente estuvieras viendo a un gaucho en una peña folklórica. Provocaba emoción en medio de la ironía" - María José Gabin

Publicado en su cuenta de Facebook

"Alejandra Flechner es la actriz múltiple que engancha varias generaciones. Ninguna actriz argentina de más de 50 años puede devenir la multiplicidad que ella actualiza en escena: de gestos, movimientos, sonoridades, quiebres, alteraciones, ritmos, voces, afectos, figuras... Atravesada por mil fuerzas, es la actriz plebeya que está con las travas; con los maricas; con las feministas activistas; con los/las pibes/as". - Silvio Lang

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