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Esos perdedores, los zombis

Martes 05 de diciembre de 2017
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"Estoy preparada", piensa la muchacha que jamás ha acampado, que fuma 20 cigarrillos al día, que poco sabe de gimnasios o manejo de armas o conducción de automóviles. "Estoy preparada", piensa, mientras empuja la valija de rueditas abarrotada de utensilios de supervivencia: latas, abrelatas, luz de emergencia, borceguíes. Fuera de casa ruge el apocalipsis zombi y ella, que se pasó la vida entre películas, libros, muñequitos y los múltiples relatos acerca del monstruo más torpe y letal de la historia, siente que ya es hora de enfrentarlo. Reza "como quien cree en algo", toma las llaves, abre la puerta y sale. "Al quinto paso, el grito, el bicho y el charco de sangre. Sanseacabó", culmina el relato, y uno imagina a su autora, Guadalupe Treibel, sonriendo al escribirlo.

Treibel es periodista, escritora, orgullosa y declaradamente nerd. Tiene un humor negro, negrísimo. Cierto gusto por lo gore. Y una mirada -y palabras- delicadamente sutiles. ¿Se pueden escribir historias de zombis como si se hicieran elegantes piezas de porcelana? Desde luego que sí, nos dicen los textos de Treibel: cuentos que arman el mosaico de un Armagedón global y porteño a la vez, y forman parte de un libro que está en proceso y que quizás se llame Z. Tendrá ilustraciones de Juan Bobillo, y basta ver las que ya están en marcha para terminar de entender el registro juguetón, paradójico aunque finalmente respetuoso del género, que tiene todo el proyecto: terrorífico, mas no apabullante; con una especie de resolana, algo de cómic, acuarela difusa, parodia discreta.

Mientras tomamos un café en un bar que bien podría ser escenario de alguno de sus episodios, Guadalupe, siempre de humor contenido, un poco se conduele por su monstruo favorito. "Es un bicho acotado -sonríe-. No tiene nada a favor". Y, sí. No hay en el zombi ni el glamour del vampiro ni la visceral sensualidad del hombre lobo; ni siquiera el terror estilizado de un alien. Las hordas de muertos vivientes siempre fueron repulsivas, bastante tontas, risiblemente mecánicas. "Es como querer al perdedor", insiste Treibel.

Y recuerda que, en el origen, los zombis poco tenían que ver con el imaginario de ciudades devastadas y gente atrincherada en supermercados o shopping centers que tan bien conocemos hoy en día. El mito nació en Haití, ligado al terror de los esclavos a vivir eternamente en esa condición. Ese fue el tono con que lo recuperó el cine de los años 30, en películas como la sugerente Yo caminé con un zombie, de Jacques Tourneur. Tuvieron que llegar el trepidante final de los años 60, un director llamado George Romero y una película, La noche de los muertos vivos, para que el zombi se transformara en esto que conocemos hoy. "Romero lo convirtió en un monstruo moderno -continúa Treibel-. Creó el canon". Y ese canon -el virus de origen incierto, la peste, las múltiples variantes del grupito refugiado en el centro comercial, el terror al contagio, el canibalismo- es lo que vuelve gustosamente predecibles todas estas historias. Como el cuento contado una y mil veces, en los relatos de zombis todos sabemos lo que va a pasar.

Es esa simpleza, asegura Treibel, lo que más le gusta del más llano de los monstruos. Y la plasticidad con la que terminaría encarnando las pesadillas de una época. En sus cuentos introdujo mujeres; muchas, como para resarcirse de tanta historia donde a las chicas lo único que les tocaba era gritar y huir. Aunque sus heroínas son tan frágiles como el monstruo mismo. Por caso, capaces de enfrascarse -en un encuentro feminista convocado en plena expansión de la plaga (y armadas "hasta las muelas del juicio")- en la discusión sobre la dimensión sexista del término zombi. "El ser humano también es un ser bastante ridículo", concluye ella, apuntando al centro de sus cuentos encantadoramente terroríficos, secretamente empáticos.

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