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Acerca de la altura del aire

Ariel Torres
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6 de diciembre de 2017  

El perro está afuera, en la galería, y mira hacia adentro con los ojos desorbitados. Tiembla. Tiembla tanto que el castañetear de sus dientes puede oírse desde el otro lado del ventanal. Sé lo que eso significa. Salgo al jardín.

Hacia el noroeste el cielo está encapotado, pero luminoso. El resplandor lastima los ojos. Sin embargo, hay algo extraño entretejido con el aire. Algo frío y equívoco que proviene del sudeste.

Me doy vuelta. Ahí está. Arrastrándose cerca del suelo, como una bestia informe de un mundo ajeno o demasiado antiguo, la tormenta avanza en silencio, con sus lentas trombas de acero que parecen las piernas de un cíclope y que soplan un hálito frío y equívoco. Miro alrededor. Ni un pájaro. Ni un ruido.

Me llaman por teléfono.

-¿Está todo bien ahí?

-No sé si bien -respondo-. Interesante, diría.

Mi interlocutor está a menos de 5 kilómetros en dirección al sudeste. Añade:

-Acá diluvia.

-Ya lo creo -le digo, y sólo entonces mis oídos consiguen percibir el retumbar intimidatorio. El perro estará ahora escondido en algún rincón de la casa, incapaz de comprender lo que ocurre y, a la vez, más diestro para percibir los truenos remotos y los cambios en el aire, de pronto raro y artero.

Me quedo observando la tempestad un largo rato. Pero no se acerca. Está rotando, llevándose su sonido y su furia hacia el río. Está a escasos 4800 metros, pero aquí no cae ni una leve llovizna. Ni siquiera hay olor a tierra mojada. Nos va a pasar de costado. No va a llover.

No todavía.

Luego de media hora, el aire vuelve a cambiar, las hilachas frías se desvanecen y las ratonas y las golondrinas de ceja blanca que han anidado en mi galería asoman sus cabecitas inquietas, listas para regresar a su incansable jornada insectívora. El perro sale de nuevo a corretear por el jardín para ladrarles a los patos, los teros, los coipos, los gordos gavilanes caracoleros -que le responden con sus ásperas risitas burlonas, que son en realidad una advertencia- y, por supuesto, a todo cánido que surque el horizonte.

Sale incluso el sol. Pero es turbio el crepúsculo, dubitativo. Cuando se hace de noche, la sombra del monstruo se recorta ominosa contra el resplandor aguachento del oeste, trazando una órbita ineluctable.

Luego el domingo regresa a su eje y sale un guiso de lentejas que es casi una obra de orfebrería y que compartimos con una amiga y acompañamos con un cabernet que ha tenido cinco años de paciencia. En medio de la charla, casi a la vez, el perro y yo miramos hacia afuera.

-Ahí está -observo, y corro a la galería, mientras el perro huye a su refugio imaginario en el rincón más lejano de la casa.

Afuera la lluvia es inmensa, rectilínea, impiadosa. De ninguna manera parece una cortina. Es un laberinto de agua que le da al mundo un aspecto ilusorio, como si estuviera diluyéndolo, como si todo se hubiera convertido en una lánguida acuarela abandonada a su suerte.

Se calumnia a las llanuras, se las tilda de monótonas. Qué ceguera irreverente. Las llanuras existen para que nos demos cuenta de la formidable altura del cielo.

Al día siguiente, temprano, salgo al jardín. Los retazos despedazados del diluvio circulan bajo, como monjes oscuros en una procesión rumbosa, pero errática. Altos e inmóviles, unos cirros blanquísimos los vigilan. Todavía más distante se ve el sutil adorno de unos cirrocúmulos que son, tal vez, un leve encaje de cristales de hielo en el mero borde del mundo.

Para eso existen las tierras llanas. Para enseñarnos que en el cielo se construyen castillos que empequeñecen toda obra humana. Y que esa atmósfera que nos parece descomunal es a la vez una delgada y frágil película de aire que no deberíamos seguir atormentando. Porque el aire es uno, y todo vuelve.

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