Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Una cachetada al planeta sin tener en cuenta los riesgos

Jueves 07 de diciembre de 2017
0

WASHINGTON.-Inédita para un presidente norteamericano, la decisión de Donald Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israel fue la última -y, quizá, más peligrosa- bofetada al mundo, y otra reafirmación de su osadía y temeridad para imponer su visión, cueste lo que cueste, sin importar los riesgos.

Afecto a subir la apuesta, Trump ha desplegado una política exterior arraigada en una doctrina del repliegue sin sopesar consecuencias o advertencias, siempre con un mismo denominador común: le dio la espalda al resto del planeta, para el deleite de su "base" y sus propios intereses.

Tal como ocurrió al abandonar el acuerdo climático de París -Estados Unidos es, hoy, el único país afuera-, o la alianza del transpacífico, o el acuerdo nuclear de Irán, Trump ahora hizo oídos sordos, otra vez, a los consejos de presidentes, el Papa o los "globalistas" o moderados en la Casa Blanca, o el Departamento de Estado.

Como antes, poco pesaron, ahora, las advertencias que llegaron desde Estambul, París, Roma, El Cairo, Riad o Amán. O las Naciones Unidas o Washington. No lo detuvo siquiera el peligro de una nueva intifada.

Trump siente que llegó a lo más alto del poder en la capital más poderosa del mundo como un outsider enviado a llevarse puesto al sistema.

Sus críticos se toman la cabeza con cada volantazo, pero, quienes lo respaldan, sus seguidores, ven coraje y valentía para romper el statu quo, y brindar nuevas soluciones.

"Prometí mirar los desafíos del mundo, con los ojos abiertos y un pensamiento muy fresco. No podemos resolver nuestros problemas haciendo las mismas suposiciones fallidas y repitiendo las mismas estrategias fallidas del pasado", definió, al abrir su discurso.

"Viejos desafíos exigen nuevos enfoques", justificó.

Bajo el mantra de "Estados Unidos, primero", esa mirada fresca parece seguir, como premisas, el camino de debilitar el multilateralismo y destruir el legado ya no sólo de su antecesor, el demócrata Barack Obama, sino de décadas de política exterior.

Disenso

Ahora, al evitar un reconocimiento explícito a las aspiraciones palestinas en Jerusalén, Trump socavó otro consenso global: la llamada "solución de los dos Estados", que prevé preservar la ciudad como capital de palestinos e israelíes.

Por eso la movida causó escozor en el mundo árabe y en las potencias occidentales, y fue recibida como un hito histórico por el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, cuyo gobierno ha sumido a Israel en el aislamiento.

Trump y Netanyahu se mueven en solitario, pero, de nuevo, poco parece importarles.

Trump no busca romper sólo por destruir. Trump quiere dejar su huella. Quiere un nuevo acuerdo climático, un nuevo Nafta con México y Canadá, poner de rodillas a Irán y cerrar, entre palestinos e israelíes, un "acuerdo definitivo", que ahora parece más lejano que nunca.

Otros líderes invirtieron años -sino décadas- en dar pasos para encontrar soluciones y resolver problemas. Así llegaron el acuerdo de París o el acuerdo nuclear de Irán, tras eternas horas de diplomacia. Ninguno brindó una respuesta final, pero marcaron avances, y han sido los dos grandes logros del último tiempo del multilateralismo.

Trump denosta esos esfuerzos. Basta, como recordatorio, una frase que dejó, al hablar del "sistema", cuando aceptó su candidatura presidencial: "Sólo yo puedo arreglarlo".

En esta nota:
Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas