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Una contractura mal diagnosticada casi la deja sorda y en silla de ruedas

Todo empezó con fuertes dolores en los brazos, peregrinó por distintas guardias y especialistas hasta que llegó el diagnóstico que cambiaría para siempre su vida: "Somos mucho más fuertes de lo que pensamos", asegura

Jimena Barrionuevo

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PARA LA NACION
Viernes 08 de diciembre de 2017 • 00:37
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¿Cuál es el momento exacto en que la vida de una persona cambia para siempre? Cecilia Gonnet lo supo cuando cumplió sus tres décadas de vida. Estaba segura de sí misma, tenía una vida "normal" a su criterio: estudiaba, trabajaba y hacía todo lo que estaba a su alcance para llegar con los tiempos entre entregas, parciales y residencia. Era su último cuatrimestre, le quedaban tan solo un par de materias para recibirse de Profesora en Educación Especial y todo su esfuerzo estaba focalizado en eso.

Hoy Cecilia tiene 36 años y logró recuperarse a fuerza de empeño y determinación
Hoy Cecilia tiene 36 años y logró recuperarse a fuerza de empeño y determinación.

Pero una mañana unos dolores muy fuertes en los brazos la despertaron de su merecido descanso. "Sentía que se me retorcían los músculos; era un dolor raro, difícil de explicar, nunca antes lo había sentido. Me tomé un analgésico, me di una ducha y a otra cosa", recuerda. Pero el dolor persistía y luego del fin de semana decidió pasar por la guardia para que la revisaran. "Es una contractura", le dijeron. Una semana después el cuadro había empeorado. Ya no se podía levantar de la cama porque se mareaba, la única forma en la que no sentía ese malestar era acostada. "Síndrome vertiginoso producto de la contractura", le diagnosticó otro médico que la atendió.

Los mareos cedieron pero a los pocos días un nuevo síntoma le dio la señal de alerta. Cuando caminaba, sentía que arrastraba una de sus piernas y empezó a perder sentido de la audición. Esta vez fue directo al servicio de traumatología de la clínica donde se atendía. "Andá a ver a tu médico de cabecera, esto no es traumatológico", le indicaron. Las cosas para Cecilia se ponían cada vez más difíciles. Era Semana Santa, muchos habían decidido tomarse unos días fuera de la ciudad y, como si eso fuera poco, unas intensas tormentas inundaron Buenos Aires. Finalmente pudo dar con su médica y cuando la vio no lo dudó: "¡a la guardia de neurología, te vas ya en taxi !". Para ese momento el dolor en los brazos había desaparecido pero aún persistía la renguera. Punción lumbar, electromiograma, de ahí en más kinesiología y controles cada 15 días. Y así siguieron los días de Cecilia: trabajo, facultad, residencia, kinesiología..

A la izquierda, Cecilia antes del diagnóstico. En el centro y a la derecha, internada y en plena rehabilitación
A la izquierda, Cecilia antes del diagnóstico. En el centro y a la derecha, internada y en plena rehabilitación.

Fin y principio

Al terminar el cuatrimestre, Cecilia se sentía francamente en mejoría y logró, después de mucho esfuerzo recibirse. Estaba feliz pero a los pocos advirtió un poco preocupada que no se podía parar en puntas de pie o abrir el broche de pelo para peinarse como a ella le gustaba. Fue nuevamente a la guardia. Era un 27 de agosto de 2013 y recuerda cada detalle de ese día.

"Entré caminando y escuchando pero a los cuatro días no podía moverme y estaba sorda por completo: me tenían que bañar, dar de comer, dar vuelta en la cama por la noche. Así pasó un mes de internación. Nadie sabía lo que tenía. Me vieron neurólogos, hematólogos, clínicos, especialistas en otorrinolaringología. Me hicieron tomografías, resonancias, infinitos exámenes de sangre y nadie daba con un resultado. Mientras, yo estaba ahí, acostada, sin poder moverme y sin escuchar. Por mi cabeza pasaban una y otra vez las miles de veces que, agotada de cansancio, había deseado estar tirada en la cama sin hacer nada. Qué ironía porque ahí estaba yo, con la vista en el techo sin poder moverme mirando las caras de los médicos que estaban desconcertados", explica.

Días más tarde llegó el diagnostico: vasculitis linfocitaria autoinmune del sistema nervioso. Y con el diagnostico llegó el tratamiento, la internación domiciliaria y la rehabilitación. Pero ya era tarde, el sistema nervioso periférico de Cecilia se había dañado severamente. "Ya en casa, seguía sin poder moverme, pasé el cumpleaños más triste de todos. Mi mamá dormía conmigo y me giraba por las noches para evitar escaras, me sentaba en una silla de ruedas, me bañaba, me daba de comer", dice angustiada.

Aunque no era lo que se esperaba, poco a poco Cecilia se fue recuperando. "Pero pasados los sesis meses el neurólogo me dijo: es muy probable que no vuelvas a caminar. Ahí el mundo se me vino abajo. ¿De qué hablaba? ¿Me iba a quedar sorda y en silla de ruedas? En ese instante tomé conciencia de lo que realmente me estaba pasando. Quedé aturdida y no hice más que llorar por semanas".

Hasta que un día dijo basta y decidió poner todo su empeño para estar cada vez mejor. Además de todos los especialistas sumó a su rehabilitación acupuntura, osteopatía, psicólogo y la invalorable ayuda de Miguel, un kinesiólogo cubano. "Un día vino a casa me evaluó como nadie lo había hecho y me dijo vamos a trabajar juntos y tú vas a poder. Y simplemente eso era lo que yo necesitaba oír. A partir de la semana siguiente empezó a venir 7:30 de la mañana con esa energía característica de los cubanos y me decía y me repetía hasta el cansancio, ¡vamos chica, tú puedes!".

Así fue que Cecilia logró salir adelante. Miguel además le improvisó un gimnasio en su casa: una madera que encontró en la calle, se convirtió en la tabla de equilibrio; una baranda en el pasillo y una roldana con una soga para trabajar brazos fueron los elementos que ayudaron a Cecilia en su recuperación. Primero pasé de la cama a la silla de ruedas, después caminé con andador, luego con bastones canadienses, después bastón y ahora sólo uso unas valvas en los pies porque me quedaron secuelas". Al principio Cecilia caminaba por el pasillo del PH, después hasta la esquina de su casa, la vuelta manzana y, cuando estuvo mejor, hacía con Miguel el recorrido en colectivo hasta donde ella trabajaba. Trabajó con él dos años y siguen en contacto. Cecilia quedó con hipoacusia pero con audífonos escucha lo necesario como para poder ejercer su profesión.

"Si alguna vez me hubiesen dicho que esto me iba a pasar hubiera pensado que no lo soportaría.y acá estoy. Muchas veces me preguntan qué enseñanza me dejó todo esto: que somos mucho más fuerte de lo que pensamos, y que las cosas malas también le pasan a la gente buena y confirmé que la familia y los amigos son lo más importante", asegura emocionada.

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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