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Melancólica y conmovedora

Viernes 08 de diciembre de 2017
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PARA LA NACION
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Intensidad interpretativa
Intensidad interpretativa. Foto: Paola Evelina

El refugio de los invisibles / Idea y dirección: Catalina Briski / Intérpretes: Manuel Fanego, María Kuhmichel, Ramiro Cortez, Mariela Bonilla / Músico: Tomás Melillo / Escenografía y vestuario: Estefanía Bonessa / Iluminación: Paula Fraga / Sala: Centro Cultural Borges, Viamonte 525 / Funciones: viernes, a las 21 / Duración: 50 minutos / Nuestra opinión: muy buena

El refugio de los invisibles trata de los refugiados, aquellas personas condenadas a vivir a la deriva. Sin tierra a la que llamar patria, avanzan en una geografía indeterminada de la que son expulsados una y otra vez. Más que nada, la puesta se vale aquí de los cuerpos para dotar de una dimensión poética un tema doloroso. A modo de danza-teatro, es una obra que pone también en primer plano la sólida mano de la directora, bailarina y coreógrafa Catalina Briski.

Casi vacío, el escenario sólo cuenta con una cama marinera destinada a albergar a toda una familia. Revisten carácter simbólico los personajes, el espectador completa la idea de una familia y sus jerarquías por las disparidades en la anatomía y las relaciones que se establecen entre ellos, pero no hay ningún asidero en la palabra para armar este sentido. Incluso, cuando se habla, aquí lo que aparece es una lengua incomprensible, distinta a los momentos donde cantan parte del repertorio anarquista latinoamericano. Como si la proclama de no tener Dios, patria ni amo fuese tomada con otro sentido posible, una elegía proveniente de la soledad absoluta. Aquí los personajes son símbolos que refieren al destino de pueblos enteros, que buscan mantenerse unidos en la diáspora. Tiene un lugar relevante la iluminación, que semantiza el espacio desde los cortes con un seguidor que atraviesa la penumbra para dar cuenta de un fragmento que refiere, también, a una identidad en retazos, sin posibilidad de armar un relato completo. Todo da esa idea de algo incompleto, que se está buscando armar, pero que a su vez se muestra difícil. La música en vivo, producida desde el interior de la escena, acompaña el clima de melancolía. Es una pieza que conmueve en su austeridad, con cuadros breves que comprimen situaciones complejas y que encuentra una dimensión estética siempre bella y original. La deriva de los cuerpos utiliza a menudo mecanismos de inversión de las lógicas de causa y efecto.

La parte de la danza no remite a la ilusión de un cuerpo ingrávido a la manera clásica. Antes bien, cada elevación vuelve con violencia al piso y esa fuerza, que atraviesa los cuerpos, los dota de una sensación de estar siempre un poco fuera de cualquier espacio o tiempo concreto, hay algo que trasciende la coyuntura y que se carga en los actores. Los intérpretes suman intensidad dramática a la minuciosidad de la coreografía, no son movimientos para parecer bellos, sino que portan un sentido que va más allá y que el espectador completa sin que la obra deba explicar de más. En un sólido grupo, se destaca la potencia de María Kuhmichel.

Ver en escena actores que se agotan, que entregan todo y suman contenido a la belleza formal, es algo que debe agradecerse. El teatro afirma aquí su especificidad, sólo los cuerpos vivos y cercanos son capaces de viabilizar este mensaje de esta manera. Es una historia que nos atraviesa en un país formado por migrantes, por esos que buscaron, en medio de grandes privaciones, mantener siempre vivos los pequeños rituales: compartir la comida, un cigarro, los sueños, la música, los bailes.

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