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De reencuentros, duelos y despedidas

Víctor Hugo Ghitta
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10 de diciembre de 2017  

Mi padre murió hace diecisiete años. He debido preguntárselo a mi hermana esta mañana, porque he borrado el día de su muerte en el vano intento de que nunca haya ocurrido, como si esa desmemoria deliberada pudiese ayudar a que ese episodio permanezca en la niebla del olvido. Sí recuerdo, en cambio, la última vez que estuve a su lado, si es que era mi padre aquel cuerpo delgadísimo -la sombra apenas de su cuerpo, lo que queda de la carne vencida cuando el alma se ha ido a otra parte- cubierto con una sábana blanca. Una enfermera llegó algunos minutos después de que yo me parase junto a la camilla en el cuarto del hospital, sin atreverme a descorrer el velo que disimulaba a mi padre muerto, o que demoraba el instante en que yo habría de aceptar que mi padre estaba muerto. Me pareció que el silencio era hondo. Era de madrugada. La habitación desnuda, reservada para esos trámites en un lugar apartado, nos aislaba de los ruidos que suelen asemejarse a un estruendo cuando dormimos y la ciudad se despereza. O quizá no había silencio, sino que el mundo para mí había desaparecido. La mujer tomó un extremo de la sábana y lo descorrió con cuidado.

-Tómese el tiempo que precise -dijo mientras apoyaba su mano en uno de mis hombros. Creí ver que sonreía con ternura, como se le sonríe a un niño que siente que ha quedado para siempre a la intemperie.

Vi entonces un rostro enjuto de piel blanquísima, muy fina, y en esa delgadez inesperada que era su rostro carcomido por el cáncer me llamó la atención la nariz afilada que emergía de la tiesa máscara mortuoria. Sólo cuando lo vi (y en las sucesivas repeticiones de esa imagen inaudita que durante mucho tiempo me asaltó noche y día pese a mi resistencia a aventurarme a ese recuerdo), supe que había comenzado lo que solemos llamar "el duelo" y que no es más que una larga, penosa e imprescindible despedida.

En la antesala de esa imagen, aun cuando los médicos ya nos habían dicho que no había nada por hacer para evitar lo inevitable, la muerte era tan sólo una idea. Sentí con cierta perplejidad que el calvario de la angustia que rodeó la enfermedad comenzaba a disiparse cuando tuve delante de mí el cadáver de mi padre. Era una mezcla de estupor y alivio. Hasta entonces nunca había precisado recordarlo. Esa mañana, la mañana de su muerte, empezó a vivir en mi memoria.

Recordé esa escena cuando le escuché decir entre lágrimas a la esposa de uno de los tripulantes del ARA San Juan que precisaba ver el cuerpo de su marido, estuviese vivo o muerto. Dieciséis días después de que el océano pareció haberse devorado el submarino (hoy han transcurrido ya veinticinco), a esa mujer desconsolada le resultaba intolerable la idea de que el hombre al que había estado unida casi toda una vida hubiera desaparecido, el único estado de las cosas que se le antojaba peor aun que la muerte. Sólo la aparición del cuerpo, si es que sucede alguna vez ese milagro, podría traerle alguna reparación a su dolor, quizá consuelo. Sólo entonces será capaz de comenzar a hacer el duelo de esa pérdida devastadora. Hasta tanto eso no ocurra, un hilo muy delgado seguirá atándola a la esperanza de reencontrarlo, aunque ese anhelado reencuentro ocurre todas las noches cuando el hombre al que sigue amando se le aparece entre sueños. Soñarlo es su modo de seguir esperándolo.

Cierto azar (Dios ha estado jugando otra vez a los dados) quiso que, el martes pasado, familiares de los soldados caídos en Malvinas recibiesen la confirmación de que los restos de los combatientes sepultados sin nombre en el cementerio de Darwin pertenecían a sus hijos, hermanos o esposos. Han pasado 35 años, un tiempo suficiente para creer en que ya jamás retornarán, y sin embargo, durante este tiempo extenuante, muchos de ellos siguieron peregrinando por la áspera geografía patagónica con la esperanza de encontrar a sus seres queridos en un hospital remoto o en algún rancho aislado donde los hubiera llevado la desmemoria o la locura.

Ahora que tienen nombre sus tumbas en ese camposanto del fin del mundo, irán a orar por sus almas allí donde reposan los cuerpos, sin importar que estos sean apenas polvo o cenizas: las palabras amorosas aleteando en los labios, la murmuración de quien pretende que aquel que ha dejado este mundo en cierto modo seguirá vivo mientras viva en su recuerdo.

PLAYLIST

Mientras escribí este texto escuché:

Requiem, Fauré; The Paris Conservatoire Orchestra, André Cluytens; Victoria de los Ángeles, Dietrich Fischer-Dieskau

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