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Pedro Abaca: "Aprendí a leer y a escribir a los 57, ahora puedo defenderme"

Trabaja en la calle vendiendo rollos de papel a los taxistas en Córdoba. Esta semana cumplirá su sueño: recibirá su título como egresado de primaria

Lunes 11 de diciembre de 2017
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Pedro Abaca se las rebusca para ganarse la vida. A los 62 años, trabaja en la calle vendiendo a los taxistas los rollos de papel para el ticket de los viajes. Y cuando llueve, para conseguir un ingreso extra, les ofrece paraguas a quienes el agua agarra desprevenidos en la Plaza San Martín de la ciudad de Córdoba, donde vive.

Pedro (en el medio), junto al director y su docente preferida
Pedro (en el medio), junto al director y su docente preferida. Foto: LA NACION

Allí, por recomendación de un amigo, conoció el Hogar de Día María Justa de Moyano, donde a la hora del almuerzo les brindan un plato de comida a él y a otras 90 personas en situación de vulnerabilidad social.

Pero este lugar no sólo lo ayudó a calmar el hambre, sino que también le dio una nueva oportunidad: aprender a leer y a escribir, una cuenta pendiente que había dejado inconclusa en 2° grado y que decidió retomar a los 57 años.

Las dificultades económicas que atravesó durante su infancia y un accidente que sufrió más tarde en la cabeza fueron las principales trabas que interrumpieron el camino de su escolaridad. Pero la vida lo sorprendió con otra posibilidad.

"Yo no sabía leer ni escribir y quería aprender muchas cosas. Antes me daban una dirección en un papel y no entendía, me perdía. Ahora puedo defenderme y estoy más tranquilo. Por ejemplo, veo un cartel en la calle y lo leo. Y si tengo que hacer las compras o firmar un documento, también me sé manejar", dice Pedro, que hace dos semanas terminó la primaria gracias a una escuela que funciona dentro del hogar María Justa, perteneciente a la Municipalidad de Córdoba.

En total, este año cursaron allí 12 adultos mayores (el más grande tiene 84 años). La institución está abierta todos los días del año y ofrece a las personas en situación de calle talleres culturales y recreativos, además de asistencia psicológica.

Llevar la bandera

Pedro también fue elegido abanderado por su compromiso y por su asistencia a clases. Esto implicó hacer malabares para trabajar y estudiar al mismo tiempo.

"Tenía que dejar mi trabajo para venir a clases y tomarme dos veces el colectivo, que está muy caro. Cuando llovía, me acercaba al hogar y le pedía permiso a la maestra para vender los paraguas. Ella siempre me decía que sí", cuenta Pedro, y confiesa que al principio le costó mucho volver a estudiar.

Pero todo se hizo más fácil gracias al apoyo de los profesionales que trabajan en la institución, entre ellos su docente, Mercedes Cuevas, y la asistente social.

"Todos los adultos mayores a los que enseño vienen de experiencias de vida muy difíciles. No tuvieron elección y encuentran acá una oportunidad. Me genera una alegría enorme que logren terminar, que se puedan manejar mejor en la vida, desde leer una receta del médico hasta escribir su número de documento", cuenta Cuevas.

Según la docente, los adultos mayores tienen otro entusiasmo, esfuerzo, compromiso y ganas.

En este sentido, Pedro agrega: "Tuve la suerte de encontrar este lugar porque me ayudaron mucho. Estoy muy contento y agradecido". Para él, su docente significó un sostén fundamental tanto dentro como fuera del aula: estuvo presente para acompañarlo al médico y hasta para ir a hacer un trámite en el banco.

Además, este hombre se siente agradecido por la ayuda que le brindaron sus compañeros del hogar, también en situación de vulnerabilidad, que muchas veces le dieron una mano a la hora de hacer la tarea. En los tablones de madera del comedor, antes o después del almuerzo, algunos le dictaban, otros le leían y hay quienes lo asesoraban con las sumas y restas.

Por eso, cuando se enteraron de que pronto se realizaría un acto de fin de curso para celebrar el logro de su amigo, enseguida dijeron presente. "¿Cómo nos lo vamos a perder si él también es un poco nuestro alumno?", asegura Pedro que dijeron.

El día del festejo, juntos disfrutaron del show de folklore y tango que se hizo en su honor. También estuvieron presentes su mujer y nietos, que pasaron al frente cuando recibió su diploma.

Hoy, una de sus metas es arreglar su casa en Villa Las Violetas. "Ya compré un tarro de pintura y el mes que viene voy a comprar el otro que me falta", cuenta entusiasmado.

Y concluye: "Nunca me imaginé que iba a terminar la primaria a mis 62. Ya le dije a la señorita Mercedes que el año que viene me siga dando deberes para hacer en mi casa, así no me olvido de lo que aprendí".

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