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En la Tasca de Iñigo

Domingo 17 de diciembre de 2017
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LA NACION
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La calle estaba repleta, un gentío colmaba las estrechas vías del centro histórico de Donostia, en San Sebastián. Era una tarde-noche un poco fresca de comienzos de la primavera, pero esto no iba en detrimento del maravilloso espectáculo urbano que se desarrollaba a mi alrededor. A lo largo de cada una de estas calles una cantidad impresionante de bares, tascas y restaurantes recibía a lo más granado del público local, sumado a esto la gran cantidad de visitantes venidos no sólo de las diferentes provincias vascas, si no de toda España y el mundo.

La algarabía se sentía en el aire. Noche de viernes y comienzo del fin de semana en una de las grandes capitales gastronómicas, donde la profusión de estrellas Michelin y las generaciones de buena mano y ductilidad sin precedentes en el arte culinario nos invitaban a sumergirnos en lo más variado de la cocina local.

Había citado a un grupete de amigos y amigas en las escalinatas de la preciosa Basílica de Santa María del Coro, construida a finales del siglo XVIII, muestra clara del estilo barroco y con marcados elementos del churrigueresco y neoclásico.

Las luces que iluminaban el frente de la iglesia proyectaban sombras sobre el cruce de las calles 31 de Agosto y Mayor.

Al fondo y sobre la misma calle que desemboca en la fachada de la basílica se encuentra la Catedral del Buen Pastor, el edificio religioso más importante de la ciudad, creando un importante eje sobre algunas de la calles de Donostia y uno de los paseos más lindos.

Con el equipo completo, bajamos lentamente los escalones y comenzamos a rumbear por el entramado de la parte vieja, y nos contagiamos del tremendo ambiente a nuestro alrededor, con ese viento marino que corre libremente por todos lados mezclado con los olores y sabores que cambian a cada paso.

Las estrellas se ven más brillantes que nunca, ya que los tonos rojizos propios del atardecer van dejando lugar al azabache de la noche.

Sin lugar a duda, todos decidimos ir a saludar a Iñigo, genial y locuaz propietario de uno de esos lugares al que cuando uno va una vez, se piensa en automáticamente en regresar.

Menos mal que ya estaba avisado que íbamos y con mucho arte y generosidad nos había guardado una pequeña esquina del mostrador principal de su establecimiento, que desbordaba de gente.

Todos y cada uno de los clientes, con mucha inteligencia, se adueñaron de un pequeño rincón o baldosa. La barra... Dios mío, que lugar. Sobre ella se despliegan los inconfundibles, maravillosos y universales pintxos y montaditos. Cada uno mejor que el de al lado, rebosantes de vida y listos para satisfacer al mas exigente epicúreo.

Gildas, txangurro, bacalao, olivas, gambas y más... Les aseguro que quedé al borde del éxtasis.

El vozarrón de Iñigo se escucha como si comandara un barco mercante. Del euskera al español y viceversa. Chapuceando en francés e italiano y haciéndose el que entiende el alemán.

Su vista contó cada uno de los Pintxos como si su cerebro tuviese la capacidad de un Einstein. Tal fue el control de la situación que no le impidió hacer chistes y reírse con los habitués de toda la vida, una verdadera cofradía.

Y nosotros allí, en nuestro pequeño rincón acodados en la barra y recibidos por nuestro querido anfitrión al grito de ¡ongi etorri, chavales! Ya preparado con un botella de fresco Txacoli en mano y haciendo el gesto de: venga, niños, no seáis tímidos.

Y como si nos sumergiéramos en una verdadera bacanal o fiesta dionisíaca, comenzamos a llenar nuestros platos y nuestros corazones.

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