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Una Navidad sin regalos (materiales)

Miércoles 13 de diciembre de 2017 • 12:10
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Los regalos más hermosos y significativos que podemos intercambiar durante las fiestas no se venden en ningún shopping, no se consiguen por Internet, es inútil buscarlos en cualquier tienda de lujo. Se llaman, como los nombra Elisabeth Lukas - psicoterapeuta y escritora vienesa, discípula de Víktor Frankl - comprensión, respeto y amor.

Si pudiéramos recordar esto, si nos atreviéramos a vivirlo así, acaso no necesitaríamos correr desesperadamente en los días finales del año de tienda en tienda, de shopping en shopping, azuzados por aguijoneos publicitarios, como poco creíbles Papás Noel que buscan regalar porque "hay que regalar", en gestos automáticos que tienen que ver más con una obligación impuesta desde afuera que con una necesidad interior. Como postre, muchos de esos regalos, que se reciben con un "gracias" de circunstancias, se cambiarán la semana siguiente por algo "mejor" o más "útil". Cosa que jamás ocurriría si nos regaláramos los unos a los otros comprensión, respeto y amor.

Para poder hacer esta entrega, hace falta tener un verdadero registro del otro (el familiar, el amigo, el conocido circunstancial, e incluso el desconocido). Prestarle atención, detenerse en él, observar su semblante, sus sentimientos y darse cuenta de que hay un parentesco entre sus emociones y las nuestras, que podemos reconocerlas. Eso se llama empatía.

Para que estos tres regalos sean posibles resulta necesario agregarle un cuarto, imprescindible. Tiempo. Cuando regalamos tiempo, regalamos vida, porque, como bien afirma el filósofo español Carlos Hernández, somos tiempo y, por lo tanto, el tiempo es el regalo supremo.

Sería absurdo e imposible hacer esto a las apuradas en las dos últimas semanas del año. Se trataría apenas de un remedo, de una simulación. Las tres joyas, según las llama Lukas (y la cuarta que agrega Hernández), deben intercambiarse permanentemente a lo largo de los días del año, al punto de convertirse en un modo de vida. Así se construyen vínculos trascendentes, a través de los cuales cada vida deja una huella en otra. Así se explora el sentido de estar vivos y de estar juntos, no solo en el espacio, sino principalmente en el tiempo de nuestras vidas.

Sanar la adicción al consumo

En la sociedad de consumo, en la que a menudo poseemos más de lo que necesitamos, la costumbre de ofrecer regalos sirve mayormente a intereses comerciales, dice Lukas en su bello libro La felicidad en la familia. Y recuerda: "Los obsequios inmateriales no son, de ninguna manera, superfluos, sino de gran valor". Y se lamenta de que no resulten tan frecuentes como debieran.

Quizás regalar lo inmaterial (si nos olvidamos de hacerlo durante el año que termina podemos prometerlo, y cumplir, de ahora en más) obligue a pasar por un síndrome de abstinencia mientras sanamos de la adicción al consumo. Pero valdrá la pena. Podrá devolverle a la Navidad y al Año Nuevo el espíritu hace largo tiempo perdido y permitirá que brindemos por un año en el que supimos encontrarnos, comprendernos, aceptarnos, respetarnos y amarnos cada día, sin ansiedad, sin urgencias, con presencia. Regalándonos vida.

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