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Desayunar en Tiffany's, de verdad

La joyería abrió un café en su local de Nueva York para sentirse Audrey Hepburn entre alhajas y medialunas

Domingo 17 de diciembre de 2017
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LA NACION
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NUEVA YORK.- El film que inmediatamente aparece en mi mente cuando voy a desayunar a Tiffany por primera vez no es el homónimo protagonizado por Audrey Hepburn, que comienza con ella envuelta en perlas delicadamente mordisqueando una croissant frente a una vidriera y pensando, como confesará después, "nada malo puede suceder aquí". Es, por el contrario, Un día de furia, en una escena radicalmente distinta: cuando Michael Douglas entra a una especie de McDonald's, y como no le dan el desayuno porque este se sirve hasta las 11 y son dos minutos más tarde, saca una escopeta, toma a todos de rehenes y arranca su venganza contra el exasperante sistema americano.

Tengo que aclarar que primero intenté ir a desayunar en horarios prudentes al café que, con bombos y platillos, acaba de inaugurarse dentro de la joyería más famosa del planeta. Y que, naturalmente, no porto armas. Incluso pasé por la puerta de la tienda justo antes de que abriese a las 10, pero había gente afuera desde las 6. Si bien los empleados de la tienda patrullaban la vereda sirviendo chocolate caliente a quienes esperaban en la cola el día más frío de la temporada (en vasos de papel del emblemático color aturquesado de la firma, que todos inmediatamente guardaban de suvenir), decidí volver más tarde. Cerca del mediodía la cosa seguía más o menos igual, pero hice un último intento una hora antes de que cerraran y, tras unos 40 minutos de espera en la sección que vende accesorios para perros (US$ 275 la correa pequeña; la mediana está agotada), conseguí mesa.

Afuera ya estaba oscuro, y los empleados parecían la mar de rígidos. Lauren Durnin, una joven azafata irlandesa que estaba a mi lado había ido a Tiffany tan temprano que me contó que los guardias de seguridad de la Trump Tower aledaña se le habían acercado pensando que era un ladrón. Tuvo que irse a trabajar antes de poder siquiera entrar en la joyería, pero, al volver, si bien los mozos la festejaban como fan adorable -les había traído bombones de Dublín, además-, igualmente le dijeron que ya no había lugar en la lista de espera. Así como ella, a decenas más. La tensión se vivía en el aire. Una chica en total look Gucci lagrimeaba ya que se volvía a Shangái. "En este momento dejamos de aceptar reservas. Vuelvan mañana", decía, con imperturbable acento inglés, el maitre.

CAJAS AZULES

Yo ya estaba sentada, pero imaginaba que, cuando intentase pedir un desayuno -porque, si estaba en Tiffany, era para pedir un desayuno- me iban a decir que estaba (muy) pasada de hora y que tendría que hacer toda una explicación/llanto de cómo lo necesitaba urgente para llegar al cierre de edición de LA NACION revista. Pero se ve que los ejecutivos de la firma vieron la película de Douglas, o bien los tiempos cambiaron mucho, y si bien los mozos sorprendieron, dijeron "por supuesto" y me señalaron el menú con opciones de huevos trufados o tostadas con palta en pan gluten free, para acompañar la tradicional croissant a la Holly Gologhtly (el personaje de Hepburn) que, esa sí, se sirve de rigor con el café.

La apertura del Blue Box, que es el nombre oficial de la cafetería en el cuarto piso de Tiffany -éste en referencia a su espacio compacto y a la famosa caja en la que vienen las alhajas- es parte de una movida importante en términos de innovación para la joyería. Los últimos años fueron particularmente malos. Con los motines contra su vecino Trump, y el despliegue policial y militar alrededor, era casi imposible entrar en la tienda que es el flagship mundial de la marca. Aún para quienes lograran atravesar la zona tomada afuera, el ambiente occupy Wall Street, con gritos y pancartas y periodistas permanentemente apostados, no contribuía a la atmósfera para comprar objetos suntuarios.

Ante la situación, el alcalde de Nueva York, Bill Di Blasio, del ala más de izquierda de los demócratas, se encogió de hombros. "Tiffany y Gucci [la marca italiana que está en la base de la Trump Tower] no están a la cabeza de mis preocupaciones", famosamente declaró.

Las ventas bajaron considerablemente (un 14% en el período clave de las fiestas de fin del año pasado), y el café es el puntapié inicial para volver a traer al tránsito de a pie que, aun en la era de internet, es fundamental para una joyería.

Otros cambios, aprovechando que, con Trump ya en Washington, la zona está más tranquila, incluyen un rediseñado espacio con su línea de accesorios para la vida cotidiana, en el mismo piso que Blue Box. Se supone que estos deberían contribuir a que la gente vaya (o que cierta gente vaya), a Tiffany ya no sólo para ocasiones especiales. Hay un yo-yo a US$ 300, una lata para café a 1500; un sorbete a 350; bloques para construir a 1500; una regla, escuadra y transportador a 1275; la caja de curitas a 600, y a 650 las paletas de ping pong.

Pero, además, se supone que, junto con el flamante café estos objetos son parte de una renovación conceptual. "Reflejan la experiencia del lujo contemporáneo", declaró Reed Krakoff, el nuevo director creativo de Tiffany & Co, quien definió a la búsqueda como "hacia lo experimental y experiencial" y "una ventana al nuevo Tiffany".

Las campañas publicitarias también están tratando de mostrar a Tiffany como una marca cool. En reemplazo del modelo de belleza serena tradicional y anónima de sus campañas históricas, ahora van con celebrities como Lady Gaga, Lupita Nyong'o, Zoe Kravitz o la DJ St. Vincent; todo, obviamente, tras el santo grial del público joven.

En ese sentido, el Blue Box Café parece encaminado en la dirección correcta. Durante mi tardío desayuno vi poca gente de más de cuarenta años. Pero, a la vez, había algo de encanto perdido. "Vienen todos por la marca, pero debo ser de los pocos de mi edad que asocian la posibilidad de desayunar aquí con la película", me dijo Lauren, la fan irlandesa a quien le pedí que me acompañara en mi mesa ante la mirada aún más extrañada del staff.

DE NOSTALGIA, NI HABLAR

Lauren es azafata y lleva el pelo elaboradamente recogido con look retro, maquillada como para la icónica adaptación de 1961 de la novela de Truman Capote. Hubo también algunas mujeres con el famoso LBD (little black dress, o vestidito negro) de Hepburn en la película, más los grandes anteojos y el portacigarrillos que puede comprarse allí. Pero la mayor parte de las mesas estaban ocupadas por chinos jóvenes con el look de glamour low key del momento: mucho tapado camel hair y zapatillas blancas, con carteras y demás accesorios donde sí, literalmente, brillaban las marcas caras. De nostalgia, ni hablar. Cuando los veía sacarse selfies, me ofrecía de fotógrafa y charlaba un poco. Ni la novela ni la película les despertaba ningún interés o emoción, pero sí, definitivamente, la marca Tiffany y por eso estaban allí.

También había un grupo de rusas rubias que parecían modelos, que me confesaron que habían enviado a su chofer a hacer la cola, y que habían pasado por la parte de alta joyería. Y un grupito de estadounidenses muy de vieja guardia neoyorquina. Me explicaron que hay ciertos objetos en Tiffany -como las hebillas con monograma para el cinturón de hombres- que tradicionalmente compraron allí y seguirán haciendo. Todos llevaban bolsas de compras.

Yo también me fui con una bolsa. Después de lamentar con mi ahora amiga Lauren que no pusieran "Moon River" (la música del film, compuesta por Henry Mancini y que ganó un Oscar), me di cuenta de que tenía que irme corriendo sin haber terminado mi tostada con palta y una selección de pequeñas frutas que parecían un cuadro modernista. Ya dispuesta a jugarme el todo por el todo, pedí si me lo envolvían en un doggie bag para llevar. De vuelta, hubo cierta cara de sorpresa, pero imediatamente me lo prepararon. Eso sí, la bolsa era una de papel marrón común. Para la que es aturquesada y que impresiona tanto, los US$ 30 del desayuno completo todavía no son suficientes, pero en el nuevo Tiffany todo puede cambiar.

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