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"Esto también pasará"; tenía un diagnóstico terminal y la cura estaba más cerca de lo que creía

A los 24 años le diagnosticaron una insuficiencia renal que se transformaría en una enfermedad crónica terminal. Después de probar un sinfín de tratamientos dolorosos e invasivos, un enorme gesto le demostraría que el amor nos puede devolver la vida
Carina Durn
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15 de diciembre de 2017  • 00:26

En un día de agosto del 2010, Graciela, que pasaba muchas horas diarias sentada en su escritorio, bajó la mirada hasta posarla en sus pies. Al observarlos, no pudo evitar alarmarse: estaban demasiado hinchados. Decidió no darle importancia y se reprochó por no caminar un poco más para escaparle a su sedentarismo insalubre. Pero, con el correr de los días, la retención de líquidos fue en aumento y los edemas comenzaron a generalizarse. Para el 5 de noviembre del 2010, tras realizarse una biopsia laparoscópica, le diagnosticaron Síndrome Nefrótico, un trastorno renal causado por un conjunto de enfermedades. Graciela, que no tenía idea de qué le hablaban, entró en pánico.

El primer tratamiento se lo realizaron en Bahía Blanca con un Nefrólogo jerarquizado. "No hay nada más que hacer", le dijo luego de explicarle que el único camino posible era el de someterse a diálisis para después realizar un trasplante. "Miré incrédula y dije: ¡Sí, las ganas que tengo! ¡Ni loca me hago eso! Y agarré la carpeta y me fui", recuerda Graciela.

Horas más tarde, entre los miedos y la desconfianza, Graciela se sentó en la mesa familiar para conversar el tema con su marido, Ariel. Juntos, tomaron la decisión de irse a Buenos Aires.

Sin resultados favorables

"Con Ariel nos conocimos cuando él tenía 28 y yo 18 años. Yo había terminado el secundario hacia unos meses y él tenía una banda. Nos vimos en un evento en Punta Alta, en donde hacía la coreografía. Después de unos meses, me invitó a tomar un helado y el 25 de marzo de 2005 nos dimos nuestro primer beso. Estuvimos 2 años de novios y nos veíamos sólo los fines de semanas por su trabajo. El 20 de abril de 2007 nos casamos en la base naval Puerto Belgrano; la emoción fue impresionante. Me sentí la mujer más feliz del mundo de sólo saber que íbamos a estar juntos toda la vida. Tenía una absoluta convicción de que él era para mí. Cuando surgió lo de mi enfermedad, entendimos que estábamos dispuestos a ir a donde fuera necesario por el otro", cuenta Graciela, emocionada.

Ya en Buenos Aires, los años 2011 y 2012 fueron duros con tratamientos fortísimos en la Clínica del Riñon. Día a día, el desgaste iba en aumento y Graciela no obtenía ningún resultado favorable, lo que los llevó, finalmente, a tomar la decisión de regresar a Bahía Blanca.

"Allí encontré una nefróloga muy buena que me realizó una biopsia punzante extrayendo varias muestras. El diagnóstico fue Glomeronefritis focal y segmentaria . Con los resultados, comencé de nuevo otros tres tratamientos fuertes a base de corticoides, pero otra vez sin obtener mejoras. Era triste, desesperanzador. Fueron años en los que todo se vio alterado: los horarios de dormir, las comidas, los lugares en los que podíamos estar y, sobre todo, los gastos. Hicimos consultas en otras ciudades y hasta con medicina alternativa, pero decidí seguir con la doctora durante el 2014 hasta que, a principios del 2015, abandoné todo el tratamiento al ver que seguía orinando bien, que los edemas desaparecían y que notaba que mi sistema rechazaba los corticoides", continúa Graciela.

Durante ese precioso tiempo de aparente mejora, decidió enfocarse en su carrera pero, en octubre del mismo año, Graciela comenzó a experimentar un cansancio extremo. Una vez más, un 5 de noviembre, llegó el diagnóstico: Insuficiencia Renal Crónica Terminal; su joven vida, estaba en peligro. "No tardaron mucho en colocarme un catéter provisional en el cuello para dializarme durante tres meses y el 9 de noviembre de 2015 se llevó a cabo mi primera sesión con buena respuesta. El tiempo que le siguió fue sacrificado hasta que, por fin, el 22 de septiembre de este año, comencé con los estudios preliminares para poder realizarme un trasplante y, así, poder ponerme en lista para que en un tiempo se pudiera realizar la intervención", relata Graciela.

Primero el corazón, después el riñón

Fue entonces que el Jefe de trasplante sugirió la posibilidad de realizar la intervención con un donante vivo. "Primero pensamos que podía ser muy difícil encontrar uno en mi familia, porque los requisitos eran muchos y tampoco podíamos contar demasiado con ellos. La realidad es que los quise mantener al margen, porque mi hermana mayor, de 30 años, había fallecido de un cáncer de hígado fulminante y mi familia, y todos, estábamos atravesando por un proceso de duelo. Yo tenía 27", continúa, conmovida.

Y entonces, para la sorpresa de muchos, su marido y gran amor de la vida, se ofreció como donante. Lo normal era buscar y encontrar con éxito uno entre los parientes de sangre y, sin embargo, la compatibilidad no era imposible. Debían intentarlo. Graciela, sintió una oleada de esperanza.

De inmediato, Ariel se sometió al examen y, para maravilla de todos, el resultado arrojó un 98% de compatibilidad, cosa que solo suele darse en gemelos. No podían creerlo.

"Durante la mañana del martes 25 de septiembre, iba caminando a mi casa hablando con mi mejor amigo por teléfono y me entra una llamada del hospital diciendo que la intervención sería el jueves 27 y que teníamos que ingresar el miércoles. ¡Sí!... ¡así de rápido! Esa misma noche, nos pusimos en marcha y viajamos. El jueves tuvimos la intervención simultánea con equipos de cirujanos diferentes en el Hospital Universitario Austral de Pilar. Después de 2 horas de cirugía, todo salió muy bien. Es increíble, hoy mi riñón funciona sin rastros de enfermedad", relata Graciela.

"En estos años 5 años yo fui desafiada a ser fuerte. En ningún momento fue fácil, pero siempre tratamos de encontrar el lado positivo. Con cada pinchazo en diálisis era decirme: "esto también pasará". Hoy me siento afortunada, recompensada, me toca pasar casi a diario por la esquina del centro de diálisis y recuerdo cada vez que fue difícil, cada vez que fui en una ambulancia a internarme; cada vez que cada pinchazo hacía que se infiltraran las venas y el dolor fuera terrible. No es fácil llevar el título de paciente terminal, de llevar el diagnóstico de enfermedad crónica. No creo que nadie esté preparado para enfrentar algo así pero, personalmente, no encontré otra salida más que descansar en la fe y sentir los abrazos de mi esposo, quien al final de la historia termina siendo el héroe. Hace 9 años nos unimos en matrimonio y yo no necesitaba otra prueba de amor, pero toda esta experiencia sirvió para mostrarnos que somos el uno para el otro. Mi esposo, el donante Ariel Sandoval. Primero me dio su corazón y luego me dio su riñón."

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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