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Molly Bloom por tres, en Buenos Aires

Hugo Beccacece

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PARA LA NACION
Domingo 17 de diciembre de 2017
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James Joyce por tres. El jueves de la semana pasada se presentó en el Auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional la versión de Ulises (Edhasa), la monumental novela de James Joyce, traducida y anotada por Rolando Costa Picazo.

El primero en hablar fue el director de la Biblioteca, Alberto Manguel, que calificó la traducción de su colega en la Academia Argentina de Letras de "ingeniosísima" y la comparó con la traducción que hizo Borges de la última hoja del libro de Joyce; es decir, la que cierra el monólogo interior de Molly, la mujer de Leopold Bloom, el Ulises moderno. Ese fragmento traducido se publicó en la revista Proa en enero de 1925 y es citado por los borgesianos-joyceanos con la devoción de un texto sagrado. Manguel leyó esa página de Joyce-Borges con voz sonora y el ritmo pausado que es el suyo.

Fernando Fagnani, de Edhasa, se refirió al complejo trabajo de Costa Picazo y subrayó el hecho de que ésta es la única edición anotada en español. Con respecto a este punto, Santiago Kovadloff, el tercer orador, destacó que las notas, más de seis mil, son casi otro libro y reflexionó sobre el hecho de que todo hombre es un traductor que busca vanamente la expresión exacta de sus pensamientos. Costa Picazo agradeció, trazó una breve biografía de Joyce y, por último, leyó en su propia traducción del fragmento final del monólogo de Molly Bloom. Su lectura tuvo el ritmo preciso e implacable de un metrónomo.

Cuando terminó, se produjo la sorpresa. En el programa, se anunciaba que Marilú Marini leería unas páginas de Ulises. Marilú, entre risas de disculpas, dijo: "Estoy un poco nerviosa. Soy una actriz y como actriz obedezco a los autores, a los directores y a los editores. Ven esta carpeta (la mostró). Me la mandó la editorial. Es lo que debo leer: el mismo fragmento de la traducción de Costa Picazo que él acaba de leer y que incluye el leído por Manguel. La casualidad. Molly Bloom por tres". El público se rio y escuchó las mismas palabras, devenidas otras, en una versión asombrosa. Marini "inventó" lo imposible: una entonación y un volumen de voz que representaban el susurro íntimo e imaginario del monólogo interior, del pensamiento que fluye en silencio. Además, cambió de continuo el ritmo de lo que decía. Y como Molly está en la cama, al lado de su esposo, Marini desplegó en su canto la sensualidad, la modorra, el abandono, la entrega del cuerpo. Cuando pronunció los sucesivos "sí" del final, lo hizo en un crescendo que era una afirmación triunfal de deseo.

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En el Salón Dorado del Teatro Colón, se presentó Buenos Aires, capital del espectáculo de Mimi Böhm y Fabio Grementieri (Ediciones Larivière), un libro notable por el registro de los espacios destinados al entretenimiento (teatros, cines, salones, dancings, cabarets). Más de setecientas imágenes entre fotografías, dibujos, afiches y proyectos arquitectónicos ilustran esa historia: documento y, a la vez, lujoso álbum de los templos del ensueño porteño.

Los autores abarcan desde la colonia (el teatro de La Ranchería, a fines del siglo XVIII) hasta los dos últimos ejemplos de arquitectura destinada al entretenimiento, el Centro Cultural Kirchner y la Usina del Arte. Naturalmente hay un capítulo dedicado al Teatro Colón y otro a los cines Ópera y Gran Rex, pero cada habitante de la ciudad puede buscar en las sucesivas imágenes y en los textos los cines y teatros de su barrio, muchos de los cuales han desaparecido, transformados en supermercados o edificios de departamentos. Por supuesto, están los cines de Lavalle y los teatros de la avenida Corrientes.

Cuando se hojean las páginas de este volumen es casi imposible que la curiosidad documental no vaya acompañada de un vahído de nostalgia. Edgardo Cozarinsky, en un ensayo muy personal, Palacios plebeyos (2006), brindó un testimonio del mismo tipo limitado a los cines. Böhm y Grementieri abarcaron también dancings, clubes nocturnos y cabarets; de los meros nombres de Les Ambassadeurs, Armenonville, Chantecler, Marabú, se desprende el irresistible perfume pecaminoso de la década de 1930.

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