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Apunte de viaje: café y música en Venecia

Nuestro sommelier tuvo su gran momento de cafecitos y orquestas en la Piazza San Marco, la joya adorada por Napoleón.

Jueves 21 de diciembre de 2017 • 00:00
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LA NACION
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Ilustración de Nicolás Bolasini
Ilustración de Nicolás Bolasini. Foto: Brando

El salón más bello de Europa. Así le decía Napoleón. Aun al aire libre, y custodiada por un león alado que es inútil ante la invasión de las palomas, la Piazza San Marco conserva el aire aristocrático de los duques. En este lugar, obsesionado por la tradición y el pasado, todo está al revés: si en vez de asfalto hay agua, el piso no debería ser de baldosas sino de parquet, para poder organizar un baile ducal con pompa y circunstancia. Siempre húmeda, la única plaza de Venecia es la primera en inundarse cuando sube la marea del Adriático y acá se dice que algún día una marea alta será la última: como toda ciudad que vive con la amenaza del desastre cercano, el fatalismo combina algo de resignación y algo de sabiduría zen. Si un problema tiene solución, ¿para qué preocuparse? Y si un problema no tiene solución, ¿para qué preocuparse?

El rocío y la niebla empañan las ventanas y el piso (que no es parquet) parece recién encerado, un desafío para los mozos que cargan bandejas, tazas y platitos en equilibrio acrobático. La plaza está rodeada de cafés y uno puede pasarse la tarde yendo del Lavena al Florian, del Florian al Quadri y de vuelta al Lavena. "Supongo que piensan que tres bandas tocando al mismo tiempo en la misma plaza tiene que ser un auténtico jaleo", escribió Kazuo Ishiguro, último ganador del Nobel, en su maravilloso cuento El cantante melódico: "Pero la Piazza San Marco es lo bastante grande para permitirlo. Un turista que se pasee por ella oirá apagarse una melodía mientras sube el volumen de otra como si cambiara el dial de la radio". Aunque ésta es la ciudad donde Vivaldi nació, Monteverdi vivió, Wagner murió y Stravinski fue enterrado, el repertorio de las orquestas de los bares está compuesto por esas canciones que los yanquis, siempre tan prácticos, definieron como easy listening: fáciles de escuchar. En el Lavena suena un valsecito; en el Quadri, una pieza de Beethoven para principiantes; y en el Florian, una versión edulcorada del tango

A media luz, que a tantos kilómetros de casa despierta mi nostalgia de porteño aunque esa canción diga poco de mí y de mis costumbres. El paredón de la Procurazione crea una acústica perfecta en el centro de la plaza y hay un punto exacto, el que marca una baldosa específica, donde se puede apreciar el silencio casi absoluto, como si aquella radio se hubiera quedado sin pilas.

En el Florian, que es el café más antiguo del continente, el ristretto viene acompañado por un grano de café bañado en chocolate y envuelto en papel de fantasía, servido en taza de porcelana blanca y junto a una jarrita de acero inoxidable con agua helada. Si es cierto que el espectáculo de la contemplación es impagable, gasto contento los doce euros del café más caro de mi vida, seis por el ristretto y otros seis por el derecho a oír las canciones de la orquesta: no es una fortuna si uno tiene en cuenta que está alquilando por una hora un metro cuadrado del salón más bello de Europa.

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