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El significado de la Navidad

Iván de Pineda

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LA NACION
Domingo 24 de diciembre de 2017
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Foto: AFP

En unas horas comenzará la Navidad, uno de los días más importantes del año y que sirve de punto de confluencia para los seres queridos.

En un rato iremos al lugar convenido o recibiremos a nuestros invitados. Seguramente y como todos los años correremos detrás de todos los detalles que nos faltan resolver y capearemos el calor estival con ánimo festivo, prepararemos una buena mesa, con platos tradicionales y nos aprestaremos al infaltable brindis con los mejores augurios.

Mientras nuestro termómetro sigue subiendo, rogando que baje llegada la tarde, hacemos los últimos llamados de felicitaciones, salutaciones y agradecimientos mientras a nuestro alrededor la urbe se va despojando del murmullo constante de una gran ciudad y un increíble y apaciguante silencio se cierne sobre las esquinas y cuadras que tanto conocemos.

Todos y cada uno de nosotros nos prepararemos para los rituales propios que hemos transitado por años, ya sea que nos toque vivir esta fecha en familia, con amigos o, como muchos de nuestros queridos compatriotas, trabajando.

También se nos vendrán a la mente incontables momentos y recuerdos que atesoramos y cuidamos.

Mientras escribo estas líneas puedo cerrar los ojos e irme un poco más de treinta años en el tiempo a mi querida Madrid, para verme sentado en la conocida y amada alfombra del living familiar, sentado al lado del gran orejón donde mi abuela solía sentarse, rodeada de retratos familiares de antaño, siempre cariñosa y locuaz, con mis hermanos revoloteando alegremente con sus regalos y lanzándole miradas llenas de amor y agradecimiento a mi madre por tener en mis manos el libro que tanto había esperado.

Afuera el frío arreciaba y se podían ver a través de las grandes ventanas las luces tenues de la calle del barrio de Salamanca, moviéndose producto del viento invernal, mientras pasaba ávido las páginas del volumen regalado sin imaginarme que dentro de poco iniciaría una de las grandes aventuras de mi vida, que comenzó una vez llegado a estas latitudes un par de meses más tarde.

Como previamente hemos compartido a través de esta columna, tal vez no sea importante donde estemos, porque donde está nuestro corazón está nuestra Navidad.

Ya sea festejando en Japón al grito de kurisumasu omedeto y comiendo pollo frito (curiosa tradición japonesa) o esperando la llegada de los 13 jólasveinar si estamos en la tierra del hielo y fuego, Islandia, esos seres misteriosos que aparecen en esta época del año.

Acaso caminando por el increíble mercado navideño de Colonia, en Alemania, o probando una deliciosa picana boliviana en el Altiplano rodeado de espectaculares vistas.

Ya sea observando el manto blanco de nieve que se extiende sin fin en el norte de la peninsula escandinava o descalzos y con los pies sobre la arena de alguna región septentrional dispuestos a darnos un refrescante chapuzón.

Y qué decir si nos encontramos en nuestra maravillosa geografía argentina: allá en el norte, tierra de la pachamama y la altura, en la exuberancia de la selva misionera, en la transparentes aguas de los Esteros del Iberá, en las sierras cordobesas, en esa especie de mar que es la planicie pampeana, en la majestuosa Patagonia o en la ciudad más austral del mundo, el espíritu navideño nos llenará los corazones y nos hará conectar y rememorar algunos de los momentos mas felices de nuestras vidas.

Sin olvidarme de recordar el importante motivo por el cual nos reunimos esta noche, les deseo a todos ustedes, queridos lectores, una muy feliz Navidad. n

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