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Cómo Woody Allen echa leña al fuego

El argumento de su nuevo film -se estrena en enero- trae nuevamente a un primer plano la sobresaltada biografía del director que, en medio de la tormenta por el caso Weinstein, apuesta por seguir su instinto en un camino políticamente incorrecto

Domingo 24 de diciembre de 2017
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PARA LA NACION
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AMORES ROTOS Ubicada en Coney Island, La rueda de la fortuna propone una relación de un hombre con una mujer (¿demasiado?) joven
AMORES ROTOS Ubicada en Coney Island, La rueda de la fortuna propone una relación de un hombre con una mujer (¿demasiado?) joven. Foto: LA NACION / Gentileza

No me crie directamente adentro de un parque de diversiones, pero casi. Coney Island ya estaba un poco en declive cuando yo era chico. Antes de que yo naciera, se supone que era magnífico, y uno podía ver sus luces a kilómetros de distancia cuando estabas sobre el océano Atlántico. Me pareció que era una atmósfera muy buena, muy colorida para una película, porque tenía todo ese brillo y el mundo de fantasía, y los juegos emocionantes para asustarse, todo eso. No deja de sorprenderme que la gente viviera ahí, en medio de todo eso, y criara allí a sus hijos. Siempre lo amé y siempre le pedía a mi padre que me llevara, y él me llevaba, aunque nunca le gustó". El que dijo esto es Woody Allen, en una de las pocas, pero elocuentes entrevistas que dio para la promoción de La rueda de la fortuna (Wonder Wheel), que se estrenará en el país la primera semana de enero. Ambientada en ese universo, en esa especie de artificio (pero absolutamente real) que es Coney Island en los años 50, su nueva obra estaba destinada a evocar, entre sus seguidores de siempre, el recuerdo de películas tan celebradas como Annie Hall (y su inolvidable Alvy Singer, criado prácticamente debajo de una montaña rusa) o Días de radio. También está quien encuentra los ecos deliberados de una de sus películas más recientes y exitosas, Blue Jasmine, porque vuelve a incorporar, como en aquella, elementos de Tennesse Williams (y otros dramaturgos contemporáneos). Pero tanto entre quienes la celebran o la denostan -desde su estreno mundial, como cierre del New York Film Festival a mediados de octubre pasado-, aparecen recuerdos un poco más complejos: el de su nunca clausurada saga de escándalos personales vinculados a su relación con Mia Farrow y sus hijos.

Para entender cómo La rueda de la fortuna trajo nuevamente a un primer plano la sobresaltada biografía personal de su guionista y director conviene conocer un poco su argumento. Su protagonista es Ginny (Kate Winslet), una mujer al borde de los 40, frustrada en su sueño de ser actriz y en su vida matrimonial, empleada de un local de venta de camarones, que cree encontrar una pequeña esperanza de fuga a las miserias de su vida en el joven universitario y aspirante a dramaturgo Mickey (Justin Timberlake), que se gana la suya como guardavidas en la playa, y con quien se convierten en amantes. Esto es hasta que llega a Coney Island -escapando de la mafia- la hija del marido de Ginny, quince años más joven que ella (interpretada por Juno Temple), y cautiva casi sin querer al muchacho. Salvando las muy significativas diferencias de edad entre Woody Allen y su nuevo álter ego -Mickey lleva adelante el relato hablándole directamente al espectador, un poco a la manera de Alvey Singer, y Timberlake hace lo que la crítica estadounidense encontró como otra nueva imitación del director a la que han sido tradicionalmente propensos sus protagonistas masculinos-, esta línea argumental, en la que un hombre cambia a su amante por la hijastra de ella, necesariamente lleva a pensar en el caso de Mia Farrow y Soon Yi Previn. Y por supuesto que no llama la atención como una torpeza de su autor, una zancadilla del inconsciente, sino como una propuesta deliberada, acaso no destinada tanto a provocar al periodismo y a la opinión pública como a reafirmarse en sus convicciones. "El corazón tiene sus propios jeroglíficos", propone en la película Mickey, y parece estar parafraseando al propio Woody cuando dijo "el corazón quiere lo que quiere", en directa alusión a su polémico romance con la hija adoptiva de quien había sido durante años su pareja, además de su actriz y musa en trece películas.

El caso Weinstein y lo que vino después

Respecto de esos "jeroglíficos del corazón" que menta Mickey, Allen dijo en relación a La rueda de la fortuna algo que podría aplicarse a buena parte de su obra: que los torbellinos emocionales que a veces enloquecen a sus personajes son, como en las tragedias clásicas que ha citado a menudo de modo más o menos explícito, los mismos que marcan la historia de la humanidad. "Por supuesto que es algo que ha permeado a la raza humana en buena medida, y tenemos que resistirlo porque, cuando se sale de control, es una locura", dice el director, que acaba de cumplir 82 años. "Pero cuando se trata de asuntos del corazón, la gente se va a los extremos todo el tiempo (...) Hace esas elecciones morales, particularmente en dos tipos de asuntos: negocios y asuntos del corazón. Las personas hacen cosas que no tolerarían en otras áreas de la vida, pero en esas. Todo vale en la guerra y en el amor. En el amor y en los negocios."

Por supuesto que hay una cuestión de timing en todo el asunto y en la lectura que se hace de la película y de sus vueltas argumentales. La función de clausura del festival de cine de Nueva York que se convirtió en la primera gran exposición del film tuvo lugar, azarosamente, una semana después de que The New York Times publicara el ya célebre artículo detallando décadas de sospechas y acusaciones de acoso sexual sobre Harvey Weinstein, el poderoso productor que desde los 90 se consolidó como una de las improntas más fuertes de la industria (y produjo muchos films de Allen desde entonces). El caso habilitó decenas de denuncias y desencadenó un alud de denuncias de abuso sobre muchos otros productores, directores y actores, como Kevin Spacey y el fundador de Pixar, John Lasseter. Entre las voces que se pronunciaron tempranamente sobre el caso estuvieron las de varios de los directores que trabajaron de manera muy cercana con Weinstein, como Tarantino, y el propio Allen, quien dijo: "Todo el asunto de Harvey Weinstein es muy triste para todos los involucrados. Trágico para las pobres mujeres que se vieron involucradas, triste para Harvey, porque su vida está muy desarreglada". Más tarde, Allen aclaró en en la revista Variety: "Cuando dije que me sentía triste por Harvey Weinstein pensé que estaba claro que lo decía porque es un hombre triste y enfermo. Me sorprende que haya sido tratado de otro modo. Para que no haya ninguna ambigüedad, esta declaración aclara mi intención y mis sentimientos".

PROTAGONISTA "He tenido una experiencia extraordinaria con ambos", dijo Winslet cuando le cuestionaron su trabajo con Allen y también con Polanski
PROTAGONISTA "He tenido una experiencia extraordinaria con ambos", dijo Winslet cuando le cuestionaron su trabajo con Allen y también con Polanski. Foto: LA NACION / Gentileza

Aunque se trata de un asunto muy diferentes -el de los abusos sexuales como un producto posible, habilitado por un componente machista y profundamente desigual en la estructura de poder de la industria del cine, y su caso personal y familiar-, era inevitable que en este contexto se reflotara el tema y la carta abierta publicada en el The New York Times con la que en 2014 Dylan Farrow acusó a su padre adoptivo Woody Allen de haber abusado de ella cuando era pequeña. El director negó todas las acusaciones. "Ya he dicho todo lo que tenía que decir acerca de esa tonta situación en el Times -reiteró el año pasado, en ocasión de la presentación para la prensa de su película Café Society en Cannes-. Yo he seguido adelante y es algo en lo que nunca pienso. Yo trabajo, hago mis películas y espero que a la gente le gusten". Sin embargo, en la ceremonia de apertura de esa misma edición del festival francés, el director se convirtió en el blanco de algunos chistes más bien pesados del maestro de ceremonias, el comediante Laurent Lafitte: "Has filmado varias de tus películas acá en Europa, y sin embargo ni siquiera fuiste condenado por violación en los Estados Unidos", una clara alusión a la situación más o menos inversa de Roman Polanski, quien abandonó Norteamérica en 1978 tras declararse culpable de haber tenido relaciones sexuales con una menor (al día de hoy no puede ingresar a los Estados Unidos).

Una vez más se trata de un dilema tan antiguo como aparentemente insoluble, que es el del arte versus el artista: ¿debe juzgarse una obra por las convicciones personales o los datos biográficos de su autor? Lo que viene complejizando un poco la lectura de la nueva película de Allen es que ha elegido hablar de lo que su personaje/álter ego da en llamar "los jeroglíficos del corazón", de una manera que reenvía sugestiva, muy directa, públicamente, a su biografía personal.

Y si es cierto que durante los últimos veinte años, Woody ha sido a menudo fustigado por la calidad despareja de sus películas, en parte eso pareció deberse a que los críticos le reclamaron que muchas de sus obras más nuevas no estuvieran a la altura de sus clásicos, que, entre los años 70 y los 80, no han sido pocos. Por eso mismo es que incluso quienes juzgaron ya que Woody no volverá jamás a ser el mismo de Manhattan o Annie Hall (a la que él mismo considera sobrevalorada en relación a películas más recientes, como Match Point o Medianoche en París), reconocen que acuden una y otra vez a ver sus estrenos casi infaliblemente anuales. En su nota innegablemente negativa para The Daily Beast, el periodista Kevin Fallon reconoce que "como cinéfilo, uno regresa a cada nueva película de Woody Allen, nostálgico de la magistral narrativa de sus días de gloria. Como crítico, y más allá de las acusaciones que se hayan hecho en su contra, uno regresa porque sus películas siguen siendo, para mejor o peor, eventos culturales".

En el caso de La rueda de la fortuna, incluso sus mayores detractores aprecian ciertos detalles absolutamente genuinos de la memoria emocional de un artista que le dedicó a la ciudad de Nueva York muchas de sus mejores ideas, y que se crio muy conectado con el lugar y la época que describe. Y, por supuesto, su capacidad para convocar grandes colaboradores, en particular el director de fotografía, el legendario Vittorio Storaro -que hace un prodigio con la iluminación- y el director de arte Santo Loquasto, que despliega en la Coney Island ya en decadencia, pero aún mítica de los 50, todo lo que es posible desplegar en términos escenográficos. Y también, claro, a su actriz principal, Kate Winslet, que trabaja por primera vez con Allen (estuvo por hacerlo en Match Point, pero se lo impidió su maternidad demasiado reciente), que ofrece una actuación por la que ya se la considera informalmente precandidata a los próximos Oscar, y que, cómo no, también sufrió el haber estrenado esta película de este director en medio de una temporada marcada por el fantasma del caso Weinstein.

CON JUNO TEMPLE "Los personajes femeninos son mucho más interesantes que los masculinos", dijo Allen
CON JUNO TEMPLE "Los personajes femeninos son mucho más interesantes que los masculinos", dijo Allen. Foto: LA NACION / Gentileza

En la elección de Winslet se cruzan dos historias entrelazadas: la de los recientes casos de abuso, y la de la pugna de las mujeres por ocupar un lugar más sólido en la industria del cine, tanto a través de un reparto más equitativo de puestos decisionales clave, como de la disponibilidad de papeles para mujeres que no respondan a un estrecho canon de belleza y juventud. En ese sentido, todo el mundo reconoce que pocos autores han escrito tantos personajes femeninos interesantes como Woody Allen a lo largo de una obra que lleva casi medio siglo. Él mismo rastrea el origen de su propensión natural a escribir mujeres en su relación con Diane Keaton. "Todos tenemos un componente masculino y femenino -dijo él en una entrevista reciente-. Y creo que nunca conté esta historia: al principio, cuando empecé a hacer películas, nunca pude escribir para mujeres. Yo era la estrella y escribía para hombres, siempre. Pero entonces empecé mi relación con Diane, y vivimos juntos durante un par de años y estuve loco por ella todo ese tiempo, y seguimos siendo amigos a lo largo de todas nuestras vidas. Yo la admiraba tanto, todo lo que tuviera que ver con ella, que empecé a escribir pensando en ella. Diane es alguien que ilumina una habitación cuando entra en ella, ilumina la cuadra; la manzana. Empecé a escribir para mujeres por Diane. Y empecé a ver distintas perspectivas a través de sus ojos y a disfrutarlo mucho. Y me encontré con que los personajes femeninos son mucho más interesantes que los masculinos."

A Winslet, estrenar La rueda de la fortuna en medio del escándalo de los abusos sexuales le valió a tener que responder sobre su decisión de trabajar con un personaje cuestionado como Allen y que le recordaran que hace no tanto trabajó también con Roman Polanski, en Un dios salvaje, la adaptación de la obra de Yasmina Reza. Justo ella, le reprocharon, una voz imponente en la industria e inspiración para muchas otras actrices. Ella contestó: "Por supuesto que una piensa acerca de todo este asunto. Pero, al mismo tiempo, yo no conocía a Woody antes de trabajar con él y no sé nada acerca de esa familia. Como la actriz en la película, tenés que distanciarte un poco y decir: no sé nada, en serio, ni siquiera si es verdadero o falso. Habiendo pensado en este tema, lo hacés a un lado y simplemente trabajás con esta persona. Woody Allen es un director increíble. Y también lo es Roman Polanski. He tenido una experiencia de trabajo extraordinaria con ambos. Y esa es la verdad".

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