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Firme contra cualquier separatismo, la UE mira de reojo

Jueves 21 de diciembre de 2017
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MADRID.- Cada uno a su manera y con su peculiar reclamo de ruptura, primero el Brexit y luego la crisis independentista de Cataluña supusieron una prueba para la solidez de la Unión Europea (UE). Una puja que, al menos hasta ahora, parece haber superado en resistencia.

Ni el proceso de divorcio de Gran Bretaña aparejó una cascada de intenciones similares ni el caso de Cataluña parece llamado a entusiasmar aventuras parecidas. Por el contrario, si algo logró hasta ahora es un viraje del amor al odio en el independentismo catalán que, primero, cortejó hasta la desesperación el apoyo de Bruselas y, cuando eso no se produjo, convirtió el sentimiento en un insulto, sin pudor alguno.

"La UE es un club de países decadentes donde mandan unos pocos y cada vez más ligados a intereses económicos poco transparentes", disparó el ex presidente catalán Carles Puigdemont, en octubre pasado.

Lo hizo luego de darse de lleno contra la pared en su intento de lograr que alguna autoridad del bloque continental apoyara la independencia de Cataluña o, al menos, sus gestiones. Pero ni eso.

Al día de hoy, ni un solo país de los 27 que componen el bloque respaldó la independencia. Esa negativa en banda junto con el rechazo a todo tipo de paraguas entre las autoridades de Bruselas se convirtió hoy, a juicio de muchos, en uno de los mejores argumentos contra aventuras del mismo tono.

"Si alguien busca la independencia de manera no acordada ya sabe lo que le espera. Entre las autoridades del bloque no encontrará ni agua ni pan", dijo a LA NACION José Francisco de la Mata Cortés, analista de temas europeos en el Instituto de Estudios Internacionales, con sede en Valencia (IEIV).

Antes de descalificar a la UE, el derrocado gobierno regional buscó hasta el cansancio que Bruselas respaldara al menos una mediación entre Madrid y Barcelona.

Su pedido, repetido hasta el cansancio, no tuvo eco siquiera en el Parlamento Europeo, donde más de una vez Puigdemont había logrado sortear la puerta de algunos despachos.

Uno de sus grandes errores fue, justamente, la estrategia diplomática con el bloque. Su gobierno se cansó de repetir que la UE jamás los dejaría de lado porque los catalanes "ya son" europeos.

No hubo error más grande. La UE dejó en claro que quienes son europeos son los españoles y los catalanes, en tanto que españoles. Pero no fuera del Estado español.

Desesperado -y despechado-, Puigdemont llegó a proponer un nuevo referéndum para que los catalanes decidieran si quieren seguir dentro de la UE.

La jugada tomó por sorpresa a su propio partido. El PDeCAT no supo qué responder cuando, en Barcelona, sus autoridades tuvieron que dar la cara ante el reclamo de periodistas y votantes para saber si la idea de salir de la UE era efectivamente una propuesta de campaña.

La misma línea de integración con Europa aparece en la fuga de empresas y capitales a partir del proceso independentista. Más de 3000 firmas, entre ellas, dos bancos de primera línea, como La Caixa y el Sabadell, dejaron la región en menos de tres meses. Una estampida sin precedente para la UE.

"Hay que tener en claro que sobre todo en el caso de los bancos, pero no en forma exclusiva, lo que empujó la relocalización fue la intención de no perder el respaldo del Fondo de Garantías de la UE y su mercado", dijo a LA NACION Carlos de la Cuesta, del Instituto de Empresa (IE) de Madrid.

La aplastante negativa de los principales referentes operó como un coro. La alemana Angela Merkel, el francés Emmanuel Macron e incluso la británica Theresa May rechazaron la estrategia del independentismo catalán. Otro tanto hicieron las principales autoridades de la UE. Desde el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, hasta el titular del Parlamento Europeo, Antonio Tajani. "Nadie en la UE podría aceptar" que Cataluña se autoproclame independiente, dijo.

Percepción

"No queremos una UE con un centenar de miembros", dijo el luxemburgués Juncker. El desafío con las elecciones de hoy parece más sereno que hace tres meses, cuando el llamado procés comenzó a acelerar.

Aun con la dosis de inquietud que toda nueva etapa encierra, hasta la percepción del problema parece menos inquietante que en aquel momento, según sondeos en medios europeos.

Para la anécdota queda el contraste entre la primera conferencia de prensa que convocó Puigdemont el 31 de octubre pasado y la que llamó días atrás. En aquella, la respuesta desbordó toda previsión, con el ex presidente devenido figura internacional. En cambio, sobraron sillas en la más reciente, del 6 de diciembre. "Los belgas, poco entusiasmados con el proyecto catalán", tituló días atrás el diario Le Soir, el más vendido en el ambiente francófono de Bélgica, donde se refugió Puigdemont y donde anidan tensiones separatistas.

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