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House of Cards no tiene traducción: ¿por qué no hay ficciones políticas en la TV?

A diferencia de lo que ocurre en los ciclos norteamericanos, el público local parece preferir observar el funcionamiento de los vericuetos del poder desde una perspectiva histórica

Sábado 23 de diciembre de 2017
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LA NACION
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Furriel fue candidato presidencial en Entre caníbales
Furriel fue candidato presidencial en Entre caníbales.

El Jed Bartlet que interpretaba Martin Sheen en The West Wing era un presidente norteamericano tan perfecto que hasta podía darse el lujo de cometer equivocaciones. Para Aaron Sorkin, el creador de la serie, la coincidencia con la realidad de lo que ocurre en los entretelones del poder era fundamental. De allí la necesidad de conseguir para que protagonizara aquella historia a un personaje de carne y hueso, alejado de las maquetas de cartón pintado que suelen construir los especialistas en marketing político.

Los autores de las series norteamericanas imaginan para sus políticos escenas en pasillos y despachos de la Casa Blanca, del Capitolio o del Pentágono, y se permiten armar con libertad las características de sus mandatarios, exponiéndolos a situaciones que no los dejan muy bien parados. En general la repercusión del público en gran parte del planeta ante estas propuestas suele ser buena: ciclos como House of Cards, la primera serie original de Netflix, centrada en el manipulador matrimonio conformado por Frank Underwood (Kevin Spacey) y su esposa, Claire (Robin Wright), o Scandal, de Sony, son populares a nivel global. En nuestro país la situación es diferente. En primer lugar son muy pocas las ficciones locales que se asomaron al ámbito de la política. Y cuando lo hacen, el tema no se planta con firmeza en el medio de la escena, sino que es apenas un telón de fondo o un ingrediente más de la trama. ¿Será que lo que ocurre en el día a día en los despachos de la Casa Rosada, el Congreso y los tribunales carece de interés para el público argentino? ¿O es que la política ejerce algún tipo de presión para evitar ser retratada desde la pantalla?

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Pablo Culell, director de contenidos de Underground, considera que a nuestra realidad política no le faltan situaciones interesantes, pero al televidente argentino le interesa ver la política con la perspectiva que le da la distancia histórica entre los hechos relatados y la actualidad. "Tenemos casos políticos apasionantes en el país, pero no siempre el público tiene ganas de ver representado en una ficción aquello que está viviendo y que lo agobia. Prefiere verlo desde la parodia o el humor o mirarlo en los programas de periodismo político", agrega el productor.

Para Mario Segade, autor de El puntero, la serie en la que Julio Chávez interpretaba a un dirigente del conurbano bonaerense, que Pol-ka produjo para Eltrece en 2011, el motivo debe buscarse en el hecho de que las series norteamericanas corren con la ventaja de lo que significa en el imaginario global el presidente de los Estados Unidos: el hombre más poderoso del plantea. "Es muy diferente el interés que puede generar la figura de la persona que con solo apretar un botón puede desatar una guerra nuclear que cualquier otro mandatario", dice el guionista.

Coincide con Culell en que la política genera interés local cuando el programa basa sus contenidos en hechos históricos de la Argentina. La visión de ambos especialistas respecto de esta cuestión es muy atendible, más teniendo en cuenta que surge de la experiencia de su labor. Sin embargo no hay que perder de vista la posibilidad de que el temor a centrarse en la política resida en no alejarse de los géneros más exitosos de la TV abierta.

Entre caníbales, la telenovela que emitió Telefé en 2015, fue una de las pocas ficciones que tomaban la política como eje. Estaba ambientada en los despachos de un intendente ficticio que se postulaba para la presidencia de la Nación, con libros de Juan José Campanella y actuaciones de Joaquín Furriel, Natalia Oreiro y Benjamín Vicuña. La realización estuvo hecha con altísimos estándares de calidad. La dinámica propia de los despachos estatales y los de la lucha partidaria fueron el aditamento de una historia cuyo centro pasaba por la venganza de un ultraje en el pasado y un argumento romántico en el presente. Los resultados de rating no fueron los esperados y la cantidad de episodios del proyecto se recortó a la mitad, de 120 a 60 capítulos.

Este caso no encaja en lo que sostiene Culell, ya que en la serie no aparecían hechos concretos vinculados a nuestra historia reciente, sino ciertas prácticas "non sanctas" que se encuentran incorporadas a los usos y costumbres de nuestros políticos. Pero a su vez esta estampa del accionar de los dirigentes locales sólo actuaba de telón de fondo en un relato de traiciones, venganza y deseos. La política aparecía allí como el contexto un tanto sofisticado de una trama en la que mandaba el melodrama.

House of Cards, políticos sin escrúpulos en la Casa Blanca
House of Cards, políticos sin escrúpulos en la Casa Blanca. Foto: Netflix

Otra gran diferencia que destaca Segade es la capacidad de producción con que se cuenta en Hollywood, que hace palidecer a los recursos de las ficciones locales. "En House of Cards te meten en la Casa Blanca de verdad. Ves en acción, como si estuvieran en sus ámbitos reales, a personajes que representan a los que manejan el poder global en serio. Eso genera un verosímil muy grande, inalcanzable para nosotros", compara. A lo que agrega el vaticinio paradójico de la serie de Netflix (que culminará en 2018 con una sexta temporada abreviada, protagonizada por el personaje de Wright, tras ser despedido Kevin Spacey luego de múltiples acusaciones de acoso sexual) que hará sombra a las series que quieran seguir su senda. "Con House of Cards pusieron la vara tan alta y consiguieron algo tan bien hecho que no veo la forma de que puedan hacer algo más sobre el tema", sostiene, categóricamente.

No es posible saber si el vaticinio de Segade se cumplirá o no, pero sí que la tradición norteamericana es muy amplia y no se limita a The West Wing y House of Cards. Otra serie de notable factura que mostró y desnudó las internas políticas de los Estados Unidos fue Boss, en la que Kelsey Grammer encarna a un inescrupuloso alcalde de Chicago que sufre una enfermedad degenerativa. Ocultando su enfermedad, el personaje se involucra en el proceso de elección de su sucesor.

En Scandal (disponible en Netflix), Kerry Washington es una cotizada relacionista pública, experta en manejo de crisis, que debió dejar su cargo en la Casa Blanca tras tener un romance con el presidente de los Estados Unidos (Tony Goldwyn), pero que continúa involucrada a lo largo de las temporadas con los manejos políticos de esa administración. El personaje está basado en Judy Smith, la jefa de prensa de George W. Bush.

Sin presión

En nuestro país, la tradición presidencial es escasa. Como antecedente, no muy cercano, se puede recordar El Hombre, una miniserie de 13 capítulos de 1999, en la que Oscar Martínez interpretó al presidente de nuestro país. La historia ponía más énfasis en los conflictos de la vida familiar del personaje que en los problemas vinculados al desempeño de su cargo. Otro título enrolado en este subgénero es Milagros en campaña, miniserie escrita por Jorge Maestro y Sergio Vainman, ganadora de uno de los concursos de fomento a la producción televisiva del Incaa, que emitió Canal 9 en 2015. La protagonista era Viviana Saccone como una asesora de imagen capaz de cualquier cosa con tal de imponer políticamente a su candidata. La serie contó con cameos del ex jefe de gabinete Aníbal Fernández y del periodista Marcelo Zlotogwiazda, como un detalle de color, dado que luego el peso del argumento se encarriló en los conflictos de la vida amorosa de la protagonista.

Tanto Culell como Segade niegan que existan presiones desde el lado de los posibles inspiradores de las ficciones. "Siempre puede haber resquemores, de acuerdo a cómo se trate el tema -dice Culell-. Por lo pronto, ni con este gobierno ni con el anterior que yo sepa hubo problemas. Aunque no sé qué podría suceder si la política se metiera de lleno en las tramas". No se puede dejar de mencionar lo que pasó con La Leona, la telenovela protagonizada por Pablo Echarri y Nancy Dupláa, que tenía como contexto una fábrica recuperada por sus obreros y en la que se exponían conflictos sociales y políticos similares a los del pasado reciente. El programa lucía a flor de piel algunos resquemores de los que dividen aguas en la opinión política de nuestra sociedad, la consabida "grieta".

Culell advierte que lo que pasó con aquella novela no debe ser perdido de vista a la hora de analizar por qué la política no es un género frecuente en las ficciones argentinas: "A nosotros, en Underground, hoy no nos interesa tocar temas políticos de manera directa. Se puede hablar de la realidad metafóricamente, o desde otra perspectiva y que la gente haga su propia lectura", señala.

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