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Dos amantes amarrados por la literatura

Víctor Hugo Ghitta
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24 de diciembre de 2017  

Estamos en una cena entre amigos, compañeros del trabajo, en una mesa larga que, como siempre sucede, nos confina a conversar apenas con las dos o tres personas que tenemos al lado. En el comienzo de la comida, después de curiosear el libro que traigo conmigo - Berta Isla, la espléndida novela de Javier Marías-, Ana me cuenta que a menudo su madre le lee a su padre en voz alta. Nunca los ha visto en esa situación que la conmueve -la emoción crece en ella mientras procura recrear esa escena apenas intuida-, porque en cuanto llega a la casa para visitarlos los dos se esmeran en atenderla, en prodigarle cariño y también algún que otro amoroso reproche, que para eso al fin y al cabo son sus padres. Escucho el relato con emoción contenida, procuro inventarme detalles, traspongo la tela delgada que me separa de los dos lectores enamorados, del mismo modo en que cuando nos disponemos a leer rasgamos el velo que enmascara una historia inventada.

Ana me está leyendo la historia de sus padres. Da cuenta de los pormenores de esos encuentros como quien evoca un sueño vago a la mañana siguiente de haberlo tenido, o quizá un poco antes del despertar, en esa bruma en que se confunden el sueño y la vigilia, cuando el durmiente adormilado no consigue saber dónde concluyen uno y otro y se desliza en esa zona indeterminada con tanto placer como inquietud. Imagina entonces que, salvo cuando las hostilidades del frío los ahuyenta del jardín de invierno, es en ese rincón de la casa al que se accede desde el dormitorio donde su madre le lee a su padre las noticias del día o un libro, quizás algún fragmento de los clásicos griegos a los que él ha admirado y leído tanto, los dos sentados en sus sillones, ella inclinada sobre el libro que sostiene con las dos manos y él con el mentón apoyado en un puño y los ojos semicerrados, como quien se pierde deliberadamente en una niebla espesa y se entrega a la ensoñación.

Ana se emociona mientras imagina a sus padres en ese ritual doméstico, más conmovida a medida que también ella se interna en su propia niebla. Ve a dos personas mayores que se han amado durante tantos años, ahora amarradas por la literatura, los dos solos en la casa sin ruidos. Su padre escucha la voz de su esposa prestando atención a los acontecimientos, pero acaso sin darse cuenta de que esa es la misma voz que hace muchos años lo enamoró para siempre de la mujer que ahora le lee y que en otro tiempo -un tiempo remoto que, sin embargo, parece hoy cuando se tienen muchos años- llevó a su oído las palabras de un amor joven y encendido.

El padre octogenario de Ana ha leído obstinadamente desde que era niño, pero en los últimos tiempos no ha tenido la concentración ni la paciencia suficientes como para leer a solas o simplemente anda distraído sólo Dios sabe en qué pensamientos, de manera que su mujer ha decidido hacerlo por él, como ocurre tantas veces con aquellas cosas que los hombres, de tanto en tanto, debido a la fatiga o a cosas peores, declinamos hacer. Lee con paciencia, lenta y minuciosa en la pronunciación, levanta cada tanto la vista del libro para comprobar que el interés de su marido no ha disminuido. La voz es el lazo que los une, los retiene el uno junto al otro; la voz es intimidad y cobijo. A veces ella lo observa con curiosidad, tratando de entrever si durante la lectura los dos imaginan la misma escena, porque no importa que sean las mismas las palabras y los mismos los hechos, cada lector sueña siempre una historia diferente. Es el milagro de la literatura.

Ana imagina entonces que después de la cena sus padres se retiran al dormitorio. En la penumbra del cuarto que se abre al jardín de invierno, bendecidos por los resplandores de la luna, si hubo suerte esa noche, quizá comenten el destino de algún personaje, se adentren otra vez en esas vidas imaginarias de violentas disputas entre poderosos o amores afiebrados, hasta que lentamente, no más decirse buenas noches, empiezan a distanciarse del estado de vigilia y se abandonan al sueño.

Me gusta pensar que, al cabo de una vida juntos, algunas noches se sueñan a sí mismos, los dos solos en el jardín de invierno o en el living de la casa si deben protegerse de las inclemencias de las temperaturas más bajas, ella leyéndole en voz alta y él escuchándola con los ojos entornados, reencontrándose con esa voz que lo cautivó hace tantos años y que cada noche regresa para volver a enamorarlo.

PLAYLIST

Mientras escribí este texto escuché: Las cuatro estaciones, Vivaldi, London Symphony Orchestra, Claudio Abbado, Gidon Kremer (violín)

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