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El exilio en Bélgica de Puigdemont: entre el misterio y fines de semana en una lujosa casa prestada

El ex presidente catalán se las ingenia para mantener en máxima reserva sus movimientos
Claudi Pérez
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24 de diciembre de 2017  

Carles Puigdemont
Carles Puigdemont Fuente: Archivo - Crédito: Nicolas Maeterlinck/DPA

SINT-PAUWELS, Bélgica.- Los esquimales tienen docenas de nombres distintos para nombrar la blanquísima nieve del Ártico: los belgas deberían hacer algo parecido con el plomizo cielo grisáceo que cae sobre sus hombros.

Sint-Pauwels, a medio camino entre Amberes y Gante, es uno de esos pueblos anodinos bañados de gris. Apenas 4500 habitantes, un molino precioso, algún que otro restaurante, cuatro tiendas, la arquitectura habitual de las comarcas de Flandes, incluso el inevitable y simpático cartero en bicicleta. Esas cosas.

Junto a una de las calles principales, una sorpresa: un sendero de tierra rodeado de hayas conduce hasta una villa formidable con más de dos hectáreas de jardín. La casa -suelo de piedra, techos altos con molduras, decorada con elegancia y con dinero- está en venta desde hace años. Los casi 900.000 euros que cuesta deben haber espantado a los potenciales compradores. La vivienda está vacía y su propietario, un empresario flamenco próximo al alcalde de Amberes, el polémico Bart De Wever, se la cede graciosamente los fines de semana a un invitado ilustre: el ex presidente catalán Carles Puigdemont .

El día a día del exiliado líder separatista en Bélgica es un misterio. Apareció viendo un partido de fútbol (Getafe vs. Girona, club del cual es hincha) en un bar de Bruselas. Disfrutó de una ópera sobre el conde duque de Olivares, nada menos, en Gante. Se tomó un café con un amigo en un bar cercano al Parlamento Europeo; pasó por hoteles de Bruselas y Brujas; se sacó fotos en casas particulares en medio de una cena. Puede que haya vivido en Lovaina, pero nunca está lejos de la capital belga, protegido por los nacionalistas flamencos de la N-VA.

Y fin de las pistas: Puigdemont, que vela con celo por su seguridad física y jurídica, se las ingenió estupendamente para estar presente en unas elecciones regionales que volvieron a darle aire. Pero en su vida privada el ex presidente se convirtió en un reflejo de Harry Houdini, el célebre escapista.

Varios canales de la televisión española intentaron seguirlo, pero sin éxito. Nadie sabe quién ni cómo paga su estancia, y está claro que en Cataluña a nadie le importó la vida lujosa y de amistades peligrosas que pueda llevar Puigdemont en Bélgica.

Cada tanto surge una pista falsa sobre su paradero en Bruselas, generalmente en los barrios más acomodados de la capital. Pero el único rastro fiable hasta ahora es el que dejó algunos fines de semana: su vecina en Sint-Pauwels, enfermera, afirma que el ex presidente suele llegar con una comitiva de autos con matrícula española.

Rastro

Fuera de esa vecina nadie parece haberlo visto, pero todo el pueblo da la misma indicación: para seguir su pista hay que ir a un restaurante casero, el Blablabla. Su propietario, Oellie Van Remoortere, confirma que el ex presidente catalán acudió al establecimiento con su familia -que lo visitó un par de veces y pasará la Navidad con él- y varios amigos.

Van Remoortere destaca "su carácter afable", tiene fotos con Puigdemont delante de un cuadro extravagante, da algún detalle extra sobre sus gustos culinarios y poca cosa más. Fuentes municipales confirman esta historia y los estrechos lazos del propietario de la casa, el industrial Walter Verbraeken, con los nacionalistas flamencos y en especial con De Wever.

A media tarde, en la majestuosa Villa Zandstraat sólo hay un equipo de jardineros en plena faena. La casa está cerrada a cal y canto. Por las ventanas apenas se vislumbran los amplios espacios que adornan los fines de semana de Puigdemont en Bélgica.

En Sint-Pauwels, en pleno corazón de Flandes, todo el mundo conoce al personaje: se habla de la represión policial durante el referéndum separatista del 1° de octubre, del ex presidente y los ex consejeros huidos a Bélgica, de las elecciones catalanas y de cómo afecta todo ese lío a un país que también está partido en dos. Pero no hay rastro de la comitiva del líder separatista.

"Si quiere verlo, mejor vuelva el fin de semana", recomienda el cartero subido a una vieja bicicleta. Puede que no sea tan fácil: después de las elecciones del jueves pasado, Puigdemont aspira a cambiar las altísimas hayas de Sint-Pauwels y la hospitalidad flamenca por los frondosos naranjos y la arquitectura renacentista del Pati dels Tarongers, en pleno palacio de la Generalitat. Eso, si las alianzas poselectorales y sobre todo su situación procesal se lo permiten.

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