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Bacterias al rescate

Santiago Bilinkis
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31 de diciembre de 2017  

Fuente: LA NACION - Crédito: Alma Larocca

Me gustaría empezar esta columna haciéndote una pregunta: ¿Qué creés que hay más cantidad en tu cuerpo, células tuyas o células no humanas? Si la pregunta te resultó un tanto extraña, la respuesta te resultará mucho más extraña aún. En este momento en tu cuerpo hay muchísimas más células que no te pertenecen. La explicación está en el enorme número de microbios, mayormente bacterias, que viven sobre tu piel y en tu interior. Como muestra, basta decir que ¡en este instante hay más bacterias en tu boca que personas en el planeta!

Durante décadas, las bacterias se cobraban nuestras vidas como causantes de enfermedades infecciosas que no éramos capaces de curar. Eso fue así hasta que Sir Alexander Fleming descubrió la penicilina en 1929 y, en la mayoría de los casos, pasamos a ganar las batallas. Pero hasta el día de hoy las bacterias siguen gozando de muy mala prensa y los humanos las combatimos de manera permanente, sea a través de antibióticos consumidos de manera directa, en la carne de animales que comemos, o a través del uso de desinfectantes.

La ciencia está empezando a mostrar que tal vez hemos pasado algo muy importante por alto: la enorme mayoría de las bacterias no solo no son nocivas para nosotros, son indispensables para la vida. Nos ayudan en tareas como la digestión, generan señales químicas que avisan a nuestro cerebro cuándo es momento de tener hambre y hasta eliminan a otros microbios que podrían hacernos daño. No es de altruistas que lo hacen. Después de todo, nosotros somos su hábitat y ellas simplemente cuidan el lugar donde viven.

El microbioma es el conjunto de microorganismos que habita en una persona. Y mientras todos los humanos somos 99,9% idénticos genéticamente entre sí, nuestros microbiomas pueden ser casi completamente diferentes. Y sus características pueden tener mayor impacto en algunas enfermedades que nuestro ADN.

En un experimento revelador, investigadores le administraron a un grupo de ratones la flora bacteriana intestinal de humanos obesos y a otro grupo la de personas delgadas. Recibiendo la misma alimentación, el primer grupo subió 30% su peso. Con sólo analizar el microbioma, se puede predecir con 90% de precisión si una persona es o no obesa. Y actualmente se están explorando posibles conexiones con otras condiciones, como la depresión o el autismo.

Si sos impresionable te recomiendo saltar al párrafo siguiente. Porque mientras el ADN es (casi) imposible de modificar, el microbioma sí puede ser cambiado. Y el método que se está probando no es otro que el. (¡Perdón! ¡Te avisé!) trasplante fecal.

Los tratamientos actuales con antibióticos son, en la mayoría de los casos, efectivos para matar a las bacterias que nos enferman. Pero en el proceso hacen un daño sustancial al microbioma saludable, con consecuencias que recién están empezando a estudiarse. Y también contribuyen a la generación de cepas resistentes que representan una de las mayores amenazas a la salud pública en las próximas décadas. Quizás algún día sean un recurso extremo, como usar una bazuca para matar una paloma.

En cualquier caso, estos nuevos descubrimientos parecen augurar una era en la que dejemos de ver a las bacterias simplemente como un enemigo a combatir y empecemos a jugar en equipo con ellas. Una era en la que seamos muy cuidadosos en el uso de antibióticos y desinfectantes para así cuidar nuestro microbioma y en la que el más desagradable de los desechos humanos quizás sea una herramienta clave para poder modular nuestra flora bacteriana y así mantener la salud.

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